“No justifico en absoluto la violencia, venga de quien venga. Hay que tener la valentía de preguntarnos, políticamente, qué es lo que pasa, por qué existe tanta rabia que se ha expresado de manera brutal estos días. Se hace necesario un pacto político-social que nos ayude a recuperar la buena política, aquella que sintonice finalmente […]

  • 25 octubre, 2019

“No justifico en absoluto la violencia, venga de quien venga. Hay que tener la valentía de preguntarnos, políticamente, qué es lo que pasa, por qué existe tanta rabia que se ha expresado de manera brutal estos días. Se hace necesario un pacto político-social que nos ayude a recuperar la buena política, aquella que sintonice finalmente a los actores y estructuras con la ciudadanía.

Me conmueven las imágenes de violencia, saqueos y de militares en las calles. Trabajo como sacerdote en la cárcel y una de las primeras cosas que los presos me enseñaron fue ‘que los muros son altos, no para que no escapemos, sino para que nadie vea lo que pasa acá dentro’. Después de años de convivir con ellos, puedo decir que tenían toda la razón: la cárcel es un espacio con vidas invisibilizadas. Ante la revuelta social, veo las precariedades e ilusiones invisibilizadas por una política alejada de la vida de la gente y creo que esto me conmueve aún más. Si nuevamente nos vamos a quedar en la eterna discusión política de que la culpa es del gobierno o de la oposición, o en los discursos populistas que campean en el Congreso, vamos a tener una nueva revuelta en poco tiempo más. El estallido se venía incubando desde hace años, y no se trata de gente aspiracional haciendo una pataleta porque no le están cumpliendo las promesas cual niño taimado.

No sigamos subiendo los muros que nos impiden ver y sentir lo que la gente nos reclama. Particularmente el mundo político debiera no olvidarse jamás de esto. El estallido, con su secuela de muerte y destrucción, es el fracaso total del modo de hacer política en nuestro país.

Chile estalló porque se empobreció al máximo el vínculo entre la vida de la gente y el discurso político. No por nada la clase política y los espacios en que ella se articula, tienen una aprobación ciudadana muy baja. La gente no valora lo político como una estructura fundamental ni para la propia vida ni para la del país. Pareciera que los matinales de televisión son más capaces de sintonizar con el día a día de las personas que los partidos. Hago esta afirmación con respeto y con la certeza de que sin una buena política, en sintonía fina con la ciudadanía, es imposible una nación que garantice el desarrollo humano y económico, la dignidad humana y la libertad. La clase política debiera entrar en un tiempo de reflexión para hacerse cargo de su distanciamiento de la gente y dejar la eterna guerrilla de palabras que a muy pocos identifica.

No se trata de desconocer los tremendos logros de nuestro país, y de constatar que hoy la calidad de vida es mejor para todos. Pero no nos podemos medir con varas de los años 80, y tampoco mantener de manera artificial clivajes ideológicos que nos impiden, de hecho, mirar y enfrentar los problemas que precarizan la vida de la gente. ¿Cómo es eso de que la mitad de la fuerza laboral gana hasta 400 mil? ¿Cómo se vive en una población fuertemente tomada por el narcotráfico, cargada de violencia y muerte? ¿Cómo y por qué se eterniza el problema en La Araucanía? Porque, hasta donde entiendo, la última política de los abrazos tampoco funcionó. ¿Cómo se castiga la vida cuando hay que levantarse a las 5:00 am para ir al consultorio, o cuando vas a la Posta Central o al San José y respiras el colapso hospitaliario por todos lados? Fraudes gravísimos en Carabineros y el Ejército, la Iglesia católica sumida en gravísimos delitos de abusos de menores, la muerte totalmente silenciada de los mil niños en Sename, la violencia carcelaria, las pensiones, la crisis en la Fiscalía y las infinitas, insisto, infinitas utilidades de bancos, farmacéuticas, inmobiliarias, etc. Y así nos vamos, unos rezando y otros en guerrilla política, como si así se solucionaran las cosas. No avanzamos con la seriedad, profundidad y rapidez que nos exige una ciudadanía cansada de los abusos y de la indolencia política”.