“Cuando me dicen que soy líder o que soy conocida, siento vergüenza, incomodidad. Yo de niña era bastante tranquila, más bien tímida de hecho. Disfrutaba más de colgarme de un árbol, patinar, subirme a una bicicleta, que andar jugando con muñecas y barbies. Me gustaba mucho andar a caballo. Pero ahora me da mucho susto […]

  • 19 julio, 2018
Foto: Verónica Ortíz

“Cuando me dicen que soy líder o que soy conocida, siento vergüenza, incomodidad. Yo de niña era bastante tranquila, más bien tímida de hecho. Disfrutaba más de colgarme de un árbol, patinar, subirme a una bicicleta, que andar jugando con muñecas y barbies. Me gustaba mucho andar a caballo. Pero ahora me da mucho susto y eso es algo que quiero trabajar. Lamentablemente, uno con los años empieza a tener aprensiones. Me gustaría disminuir y trabajar mis miedos para poder liberarme, retomar cosas que antes disfrutaba y que ahora les tengo mucho respeto. Por ejemplo, sufro con las alturas y cuando vuelo. Antes no me sucedía. Y me toca viajar harto. Cuando me pasa, rezo y respiro… Hace cuatro años comencé a ir a unas terapias que me han ayudado bastante. Se llaman EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing), que consisten en controlar los movimientos oculares y así manejar la angustia.

Con Benjamin (Walton) nos conocimos en Valle Nevado en 2001, cuando yo tenía 21 años y recién terminaba mi carrera de Psicología en la UDD. Su primo había rematado en una gala en beneficio de niños, un viaje para venir una semana a esquiar a Chile. Nos enamoramos y nunca más nos separamos. Él hablaba unas diez palabras en español y mi inglés no era el más fluido, pero con diccionario en mano, logramos comunicarnos bien.

Me propuso matrimonio en abril de 2006. No fue fácil para él hacerlo, porque soy súper apegada a mi familia y él se tenía que volver a Estados Unidos: por la fundación familiar (WFF) había responsabilidades que asumir.

Nos comprometimos a que cuando los niños tuvieran cierta edad, volveríamos a Chile.
Benjamin es 100% una persona outdoor, de aire libre, que busca estar lejos de la ciudad. Y yo soy de ciudad. Entonces tuvimos que transar dónde vivir. Así llegamos a Denver, que tiene dos millones de habitantes y que tiene cerros y montañas al lado.

Al principio fue súper duro. Y quedé embarazada inmediatamente. A los tres meses tuve principios de pérdida y fue muy traumatizante. Se estabilizó el embarazo, pero la angustia no se fue. Por los medios que uno tiene, logramos armar un equipo de expertos que pudo apoyarnos ese tiempo. Nos ayudó muchísimo y pienso que no debiese ser privilegio de algunos. Así, en 2014, nace nuestra fundación Viento Sur en Chile, Zoma Foundation y Zoma Capital, en Estados Unidos. Se preocupan del niño desde la concepción hasta los cinco años. Queremos que los niños sean felices, que tengan éxito y asistir a sus madres.

Después de que nacieron mis hijas, de 9 y 10 años, sentí la necesidad de hacer algo con la psicología. Así entré al DCAC (Denver Children Advocacy Center), donde trabajo como voluntaria ayudando a niños en comunidades hispanas que han sufrido abuso y/o negligencia infantil.

La idea de volver a Chile estuvo desde el momento en que me propusieron matrimonio y hace cuatro años le pusimos fecha. Nos instalaremos en Chile en enero y, a través de nuestra fundación, queremos trabajar estos temas.

Hay varias emociones cuando recuerdo el tiempo del Supertanker. Llevábamos varios años haciendo filantropía en Chile, pero el Supertanker fue una noticia, que con su cuota de polémica, y lentitud de aprobación, fue conocido en todos lados. Y así nosotros nos hicimos conocidos.

Cuando pienso en el Supertanker, tengo sentimientos encontrados. Me quiebro porque veo abandono y negligencia de parte de personas, de las autoridades, que debieron haber estado ahí con la gente. Las personas estaban quemándose. Cuando hay gente que te dice que le salvaste la vida, yo pienso que sí valió la pena”.