• 13 septiembre, 2018

“De la infancia, lo que más añoro son cosas que hoy resultan imposibles: reconocer los recorridos de las micros por su color, ir al estadio en paz conversando de fútbol con los hinchas del equipo rival y que no existiera el puto celular. Que la gente supiera decir perdón cuando se equivocaba y gracias cuando le daban algo (palabras que los millennials ni siquiera conocen), quedar de juntarse en 10 días más con los amigos y saber que llegaríamos sin falta y que nadie estaría a última hora ‘licitando’ el mejor panorama, que ningún imbécil anduviera en bicicleta por la vereda, que no existieran los malditos tambores africanos que terminan por matar cualquier silencio en plazas y parques y, sobre todo, que no existiera tanto subnormal deseoso de “marcar territorio” con sus rayados infames, horribles y ordinarios en los mejores edificios de la ciudad. Los desprecio profundamente y votaría con ganas a favor del fusilamiento sumario. 

Siempre jugué fútbol. Cualitativamente era un tipo normal, sin mucho talento, pero esforzado e inteligente para organizar el juego. Cuantitativamente, en cambio, fui buenísimo, llegando a jugar dos a tres partidos al día. Gracias a eso terminé siendo seleccionado del barrio, del colegio, de la escuela de periodismo y de los periodistas deportivos. Unos cuantos diplomas lo atestiguan. Alguna vez, de hecho, para un sudamericano en Bolivia participé un par de días de los entrenamientos de la Selección Chilena. Les faltaba gente y nos usaron a mí y a un par más de los que estábamos cubriendo el torneo. Locuras del Cabezón Aravena. 

La idea original para ser periodista era que me pagaran por hacer lo que más me gustaba. No tener que poner en cajones distintos los gustos personales y el trabajo. Recibir un sueldo por hacer lo que harías igual, sin plata de por medio, es la mejor ecuación posible: ¿ir al estadio, al cine, a recitales, leer mucho, coleccionar discos, ir al teatro, viajar, hablar de política y que al final de mes te llegue un cheque? Esa es vida. Todos los formatos periodísticos tienen su qué, pero me siento más cómodo escribiendo. No me parece posible ni deseable ejercer el periodismo y no escribir. Las redes sociales suelen ser desagradables, pero también son muy útiles. Para informarse –tras una acuciosa selección previa– y para evangelizar al ígnaro. No todas las opiniones valen lo mismo, tampoco es aceptable pasarse de resentid@, mal educado o mala onda. Si lo haces recibirás siempre tu merecido: bloquead@ altiro. Por huevón. 

No me arrepiento de ninguna de las peleas públicas sostenidas. El 99% han sido ejercicios de justicia. Y las pocas que no, han terminado como corresponde: reponiendo a los embajadores en los respectivos ‘países’. El momento más complejo de mi carrera fue cuando, tras 15 años de exitosa, cómoda y agradable estadía en El Mercurio, dejé sus grandezas (puesto principalísimo y altas responsabilidades, carrera meteórica, secretaria privada, oficina propia con vista al parque) y renuncié para saltar al vacío…que rápidamente se llenó de más libertad, más reconocimiento público, más sueldo y más trabajos. El mejor consejo profesional que me han dado vino de parte de mi amigo Bonvallet: ‘Cuenta siempre la verdad. Quién eres, qué leseras has hecho, cuántas drogas has usado, cuándo y cómo te has caído, a quiénes has engañado: solo así podrás criticar a otros’. Le hice caso, para horror de mi madre. Boto la tensión yendo cuatro días a la semana al gimnasio. También con mucha lectura, silencio, viajes a la playa, más días vacaciones en vez de sueldos enormes, saliendo harto de Chile y, sobre todo, con masajes. Muchos masajes. Todos los que me alcancen por tiempo y plata”.