Empresario.

  • 24 mayo, 2018

Por: María José Gutierrez
Foto: Carlos Succo

“Nací en Viña, estudié en los Padres Franceses. Todas las tardes después del colegio me iba caminando a la Panadería Bloise, que era el negocio familiar, cerca del hospital Gustavo Fricke. Mi sueño siempre fue tener una panadería. Cuando egresé de Ingeniería Comercial en la UAI, quise sumarme, pero mi mamá no me dejó: si estudiaste tantos años, haz mejor otra cosa. Este no es el único negocio que existe, me dijeron.

Me trasladé a Santiago, a un departamento que arrendaban mis dos hermanas grandes –de una familia de cinco, cuatro mujeres y yo– en el metro Tobalaba. Como era el que pagaba menos, me quedaba en la pieza de servicio.

Todos mis amigos teníamos ofertas laborales en empresas grandes y multinacionales. Yo escogí el trabajo menos glamoroso y no me equivoqué: ellos hicieron una carrera corporativa, yo en cambio, como estaba en una compañía chica tenía que hacer de todo y así aprendí a ser empresario.

Trabajé cinco años en Salo y de ahí me mandaron a México, a través de la matriz, que se dedicaba a vender productos en promociones, a abrir la compañía en el DF. Eran los 90 y en Chile estaban muy de moda las campañas promocionales: junta tres tapitas más cien pesos o lleva la caja de cereales más un juguete. Hoy está prohibido hasta que las etiquetas tengan monos animados.

Aterricé en México en plena crisis del ‘efecto tequila’. El cambio estaba a 3 pesos por dólar y al día siguiente valía 9. Estuve seis meses sin vender nada. Le dije a mi jefe: ‘Lo único que te pido es que no me mandes de vuelta sin haber vendido algo, porque va a ser una marca para mí’. Aguanté hasta que di vuelta el negocio y nos fue muy bien. Pero a los tres años, lo único que quería era volver a Viña: quería ser independiente, echaba de menos estar cerca de mi papá, quería que mis hijos crecieran en el mismo ambiente que yo.
Partí con la idea de hacer un restaurante de carnes, un steakhouse. El referente que había era el Cuerovaca. Más que ocupar ese concepto, ocupé el mercado, porque Cuerovaca se quedó en su local y yo con Santabrasa crecí y fui a los mall con una estrategia más agresiva. Fui visionario porque el mundo gastronómico hoy está en los centros comerciales. Llegamos a tener 18 operaciones, aunque tenía propuestas para tener 50. Por eso decidí vender al grupo peruano Wiese. Si bien crecíamos mucho, el mercado te brinda la posibilidad de ir más rápido y se nos hacía difícil con nuestra estructura.

Me crié en un mundo muy cercano al Everton. Mi papá era presidente del club, siempre estaba en los camarines de los jugadores. Mi abuelo, que era italiano, tenía el bar Inglés en Viña y ahí iban los jugadores en los 50. Yo siempre fui hincha, juego fútbol, pero nunca pensé ser futbolista. Siempre soñé con ser presidente del club. Y es lo que hice durante siete años. Con mi presidencia, el club tiene un antes y un después. Ahora soy presidente honorario, que no me obliga a nada, solo tengo una cercanía muy grande con el equipo y la ciudad donde me crié.

Me quedé con 10% de la propiedad de Santabrasa. Además, tengo una importadora de juguetes a supermercados y una empresa de alimentos que elabora marcas propias de saborizantes de leche. Tengo 52 años y seguramente voy a emprender otro negocio”.