“El mes pasado, en menos de 10 días, enterré a las dos tías que me quedaban. Ambas estaban muy mal desde hace años. Cuidadas, sí, por el cariño, y amparadas también por el dinero, pero postradas, perdidas en el espacio, disminuidas físicamente, sufriendo. La más cercana me pidió hará unos ocho años, cuando todavía le […]

  • 26 septiembre, 2018

“El mes pasado, en menos de 10 días, enterré a las dos tías que me quedaban. Ambas estaban muy mal desde hace años. Cuidadas, sí, por el cariño, y amparadas también por el dinero, pero postradas, perdidas en el espacio, disminuidas físicamente, sufriendo. La más cercana me pidió hará unos ocho años, cuando todavía le alcanzaba la cabeza para intuir lo que venía, que la ayudara a morir. A mi pesar, tuve que decirle que no podía, que en Chile no había cómo, que si quería viajábamos a Suiza. Pero su deterioro había llegado al punto en que subirse a un avión constituía un calvario. Al amparo de un marco legal, yo habría cumplido su deseo. Estoy absolutamente segura de ello y no lo digo solo ahora cuando todo ya pasó. Lo habría hecho sin titubear, con decisión, con compasión y con infinito amor. 

Este es un tema que me da vueltas. Lo he tenido en las narices y pienso en el futuro. Con la esperanza de vida que estamos alcanzando los chilenos –y que no siempre se traduce en tiempo de calidad–, ya es hora de que empecemos a hablar del derecho a morir con apertura. Porque la vida me parece maravillosa, misteriosa y sorprendente, puedo afirmar sin temor a equivocarme que se trata de mucho más que respirar, comer o mantener un corazón latiente. Puede ser complejo definir qué significa exactamente estar vivo, ya que por cierto es un estado que contiene infinitas subjetividades, pero de seguro el sentido y la dignidad debieran estar entre las palabras imprescindibles.

Tal como el abrirse a la posibilidad de que sean los individuos quienes decidan conscientemente cuándo es el momento de despedirse y cerrar la puerta, también me preocupa qué vamos a hacer con estos 30 años más que nos está regalando la medicina moderna. El tiempo de crecer, formarse, consolidar la familia, fortalecer la profesión, acumular algunos bienes que nos den seguridad, acaba con frecuencia más rápido de lo que pensábamos. En torno a los 50, la pega está hecha y entonces… ¿de qué se va a tratar lo que queda? Siento que esta es una pregunta fundamental. Porque lo que viene no puede ser solo hundirse lentamente en el deterioro ni tampoco seguir haciendo más de lo mismo. El riesgo, como ha dicho la premio nobel Svetlana Alexievich, es seguir cayendo en la banalidad. ¿Vamos a vivir más para tener más ropa, ir más de vacaciones, comer más cosas ricas?

La tercera etapa de la vida debiera ser el momento de ajustar cuentas con lo que auténticamente llevamos dentro. Con lo que de verdad nos importa, más allá de si es útil, correcto o relevante. Con lo que trajimos y luego escondimos, tan ocupados que estábamos de hacernos adultos y de cumplir. Si no dedicamos todo nuestro ser, en este momento, a hacernos nuevas preguntas, a realizarnos en plenitud, a alimentar nuestros anhelos desatendidos y conectarnos con los otros desde el ser más genuino, ¿entonces cuándo?”.