A diferencia de Zelaya en Honduras, Lugo no intentó cambiar las reglas del juego. Pero aunque se atisban sanciones y un rotundo aislamiento internacional de Paraguay, el ex presidente no será restituido.

La historia reciente del continente contiene un dato indesmentible: este es el ciclo democrático más largo de América latina. Con la excepción de Cuba, en todos los países de América los gobernantes han emergido de la voluntad ciudadana.

Este periodo está asociado además a buenas cifras económicas. Crecieron las economías, se redujeron la pobreza y el desempleo. La región incrementó su fortaleza fiscal y su capacidad exportadora. Aunque seguimos pegados a los recursos naturales, hoy se exporta más, y a mas lugares.

Los conflictos de fronteras disminuyeron, se dirimen en las sedes diplomáticas internacionales y no terminan en graves incidentes militares.

En la actualidad Latinoamérica dispone de la mayor autonomía desde que se iniciaron los procesos de independencia, en el siglo 19. El crecimiento económico, la apertura comercial, la diversificación de las inversiones y de los mercados de intercambio, pero por sobre todo la crítica evaluación de las intervenciones militares en los procesos políticos, en buena medida inspiradas desde los Estados Unidos en el contexto de la guerra fría, son los factores que explican esta nueva realidad continental. Se acabaron los viejos dictadores y las republiquetas sostenidas por la acción de servicios de inteligencia foráneos.

Con la excepción de las Farc, no hay grupos armados operando con voluntad de desestabilizar gobiernos nacionales. La propia influencia de la revolución cubana, más allá de sus fronteras, declinó junto con sus manifiestas debilidades. En la propia isla se observan signos, aunque tímidos, de reforma.
El proyecto democratizador avanzó dejando atrás la tragedia de las dictaduras de la seguridad nacional y los dramáticos ajustes neoliberales, que debastaron los aparatos productivos de la región e indujeron pobreza y marginalidad.

Pero pese a estas estupendas noticias, las democracias emergentes del ciclo democrático aún no han generado instituciones sólidas. Las democracias realmente existentes en Latinoamérica son precarias. Aspectos esenciales del funcionamiento correcto de un sistema político, como la separación de poderes, en especial el respeto a los tribunales de justicia y a la libertad de expresión, incluyendo la integridad física de los emisores de información, son permanentemente puestos en cuestión.

La corrupción es un problema dramático en prácticamente todos los países, pulverizando el Estado de Derecho e impidiendo la competencia política. El crimen organizado en torno al narcotráfico se suma como un nuevo y arrollador problema que afecta a las sociedades y que influye en la vida pública.
La vocación permanente para cambiar las reglas de del juego, para extender periodos presidenciales y competencias para gobernantes en ejercicio y restringir poderes de los órganos fiscalizadores, es una constante desde el Río Bravo al Estrecho de Magallanes.

En contrario y positivamente, lo que se ha acrecentado ha sido la vocación de la opinión pública de todos países para rechazar categóricamente cualquier intento de atacar la democracia. No hay indiferencia ni justificaciones.

Por eso, cuando concurren acontecimientos como los de Paraguay, la condena es unánime e inmediata. El presidente Fernando Lugo era y es a todas luces un demócrata y por tanto su juzgamiento tan imperfecto, por la desprestigiada clase política paraguaya, iba a ser cuestionada. Lugo, en su improductivo estilo, formuló un programa de gobierno orientado a la justicia social. El primero en la historia moderna del país. Con escasas fuerzas de apoyo, su proyecto, que incluía una reforma agraria, ni siquiera llegó a comenzar. Sus casos de paternidad, originados en su condición de obispo y que enfrentó siendo presidente, tampoco ayudaron a incrementar su prestigio.

A diferencia de presidente Zelaya, de Honduras, Lugo no intentó cambiar las reglas del juego. Era un naïf en materia de procedimientos. La naturaleza radicalmente fáctica de la política paraguaya lo expolió de todo su poder antes de que fuera capaz de decir ni pío.Pero aunque se atisban sanciones y un rotundo aislamiento internacional para el Paraguay, el ex presidente no será restituido.

El ideal democrático y los organismos panamericanos responsables de protegerlo tienen muy débiles potestades. La institucionalidad de la OEA, el Mercosur y Unasur están concebidos para combatir cuartelazos, no democracias imperfectas. Tampoco para reformar estados al borde de fallidos, manejados por unas elites incombustibles a las demandas sociales más básicas de sus propias poblaciónes.

Porque la moda actual del continente no es el cuartelazo. Hoy es la hora de caudillos que crecen ante cartas constitucionales carentes de consenso y sistemas de partidos débiles e incapaces de representar con fuerza y estabilidad a la ciudadanía. La única respuesta posible a estas democracias precarias hoy es la tentación mesiánica. Por eso, el paso desde la retórica a una cooperación más efectiva de la comunidad internacional para mejorar las instituciones políticas, en todos los países, es un paso más que urgente de dar.