• 19 octubre, 2010


Como plantea el autor en su nuevo libro Nuestra hora, en los polos políticos, económicos y financieros mundiales se está instalando la percepción de que América latina ha encontrado su camino. Los grandes flujos de capital hacia la región en meses recientes validan esta visión. Sólo falta que “nos creamos el cuento”.


América latina está cerrando la década más exitosa de su vida independiente. Mientras los ojos del mundo estuvieron vueltos hacia China e India, la región registró las mayores tasas de crecimiento en mucho tiempo. Los principales países de la región adoptaron regímenes cambiarios libres, eliminaron la mayoría de las cuotas y prohibiciones a la importación y redujeron nuestros aranceles desde niveles que estaban entre los más altos del mundo a cerca de 10% en promedio, convirtiendo a nuestros mercados en los más abiertos y competitivos del mundo emergente.

Los resultados están a la vista. Nuestro ingreso promedio regional hoy bordea los diez mil dólares per cápita (PPP). En la última década, decenas de millones de latinoamericanos dejaron atrás la pobreza y pasaron a engrosar nuestra pujante clase media, que ya suma más de trescientos millones de personas. Nuestros índices de desigualdad, tradicionalmente considerado entre los más altos del mundo, también han caído rápidamente. Los pobres del mundo no están en nuestra región, sino en Asia y en Africa. Nos hemos convertido en una región de clase media que se acerca rápidamente al desarrollo.

La economía regional ya es la cuarta más grande del mundo sobre la base PPP, con un PIB cercano a los seis trillones de dólares. Los grandes motores del crecimiento no son los de antes –Chile, Brasil o México– sino que se trata de una dinámica ampliamente extendida. La robusta recuperación de la región tras la crisis que azotó a las economías más ricas sorprendió únicamente a quienes no siguen de cerca nuestros avances. De hecho, no sólo somos más grandes de lo que generalmente pensamos y estamos creciendo rápidamente, sino que nos estamos convirtiendo en un modelo de estabilidad macroeconómica: nuestra disciplina fiscal y las innovaciones regulatorias están sirviendo de ejemplo a las economías más ricas. La estabilidad no es sólo económica, sino también política. Atrás quedaron las dictaduras. La democracia impera en la región como nunca antes. Fukuyama ha dicho que algunas de nuestras elecciones son más transparentes que las estadounidenses.

Aun así, ¿cómo mirar con buenos ojos a una región que todavía se ve obligada a tolerar los abusos de los Chávez, Castros y Kirchners de turno? La realidad es muy distinta de lo que muchos piensan: sumados, los gobiernos neopopulistas no alcanzan a representar el 20% de la población y de la economía de la región.
En otras palabras: todas las regiones tienen sus problemas y la nuestra no es excepción. Aunque las excepciones acaparen los titulares, no deben empañar los logros de la mayoría.

Afortunadamente, el mundo ya está despertando a nuestras nuevas realidades. En los polos políticos, económicos y financieros mundiales se está instalando la percepción de que América latina ha encontrado su camino. Los grandes flujos de capital hacia la región en meses recientes validan esta visión. Sólo falta lo más importante: que nosotros mismos terminemos de tomar plena consciencia de lo que está pasando y “nos creamos el cuento”.

Nos está costando. En parte porque, a punta de mirarnos en menos, nos hemos acostumbrado a no mirar o –al menos– a no mirar bien. Casi sin que nos demos cuenta, por ejemplo, la añorada integración económica regional prácticamente se ha vuelto realidad: al abrirse al mundo, nuestras economías se abrieron también unas a otras.

Como muestro en mi nuevo libro Nuestra hora, Chile, Perú, Colombia y México no sólo han negociado (y en varios casos firmado) tratados de libre comercio con los Estados Unidos y la Unión Europea, por ejemplo, sino también TLCs entre ellos. En la práctica, ello está dando origen a un mercado común con una población de más de doscientos millones de personas y una economía de casi 2,5 trillones de dólares (PPP), no sólo mayor a la brasilera sino también más liberal y abierta al mundo.

Evidentemente, ha llegado la hora de capitalizar estas nuevas realidades. Muchas multinacionales ya lo están haciendo; entre ellas, las “multilatinas”, que en el proceso están convirtiéndose en líderes globales de sus industrias. Cemex fue la pionera. A ella la siguieron A-B InBev, que se adueñó del mundo de la cerveza; el grupo Techint, en acero; la aceitera Bunge; JBS y Brasil Foods en carnes; Bimbo, en panadería; Vale, en minería; América Móvil; Embraer; y tantas otras. Para no hablar de estrellas emergentes como LAN, Falabella, Cencosud o Sonda.

Bienvenido a las nuevas realidades. Ha llegado la hora de creer en nosotros.