Por: Harald Beyer, Rector Universidad Adolfo Ibáñez
Año: 2060

  • 18 agosto, 2019

Es miércoles. Hoy día toca ir a la Universidad. El lunes hubo clases, pero no fue necesario moverse de la casa. Fueron clases virtuales donde los profesores interactuaban con sus estudiantes en una sala virtual donde podían verlos a todos en pantallas de alta definición mientras ellos veían a los profesores y compañeros en sus propios computadores de última generación. La interacción fue muy viva mientras los ejemplos que utilizaban los maestros para ilustrar las materias que estaban enseñando se despegaban tridimensionalmente en el escritorio de los estudiantes.

El martes habitualmente comparten espacios en distintas universidades para trabajar en equipo la solución a problemas que les han sido planteados en sus diferentes cursos. Las casas de estudio han creado alianzas para compartir sus infraestructuras y minimizar los desplazamientos de los estudiantes. Ella es una de diversas iniciativas que han desarrollado desde hace décadas para aportar conjuntamente a detener el calentamiento global. Este fenómeno, causado por el ser humano, ha ido quedando atrás. El cambio climático se ha detenido como consecuencia de alianzas como las señaladas, pero sobre todo por el desarrollo de nuevas tecnologías, muchas de ellas originadas en las propias universidades, que han ido haciendo desaparecer las emisiones de combustibles fósiles.

Este esfuerzo se ha apoyado también en nuevos modelos de incentivos, gran parte de los cuales han sido el resultado de investigaciones interdisciplinarias en diversas universidades, que han cambiado el comportamiento de las personas. Una vez más la humanidad ha demostrado la capacidad de resolver desafíos complejos que, muchas veces, han sido causados por su propia acción. Un pilar fundamental en ese logro han sido los avances en la ciencia de datos. Estos finalmente son el resultado de la interacción de los seres humanos con el universo, con la naturaleza, con las organizaciones creadas por ellos y con ellos mismos. Son flujos de información que bien utilizados y analizados esconden la clave para solucionar problemas que, en algún momento, parecían inabordables.

Precisamente el miércoles, los jóvenes van a la universidad a estudiar, entre otras materias, Ciencias de Datos e Inteligencia Artificial. Por cierto, no solo interesa su aporte a la productividad y bienestar de la población sino también sus riesgos y los dilemas éticos que acarrean sus aplicaciones. Ha quedado claro que no son respuestas para todo y que, contrariamente a los que muchos sostenían en la primera mitad del siglo 21, no pueden hacer todo mejor que las personas. Es más, sabemos ahora que éstas deben tener la posibilidad de influir en cómo se desarrollarán y aplicarán dichas tecnologías. Con todo, el impacto de la revolución tecnología ha sido enorme y ningún joven puede dejar de estudiarla.

Forman parte de las decenas de módulos que cursan una vez ingresados a la Universidad. En Chile ya no se estudia una carrera. Los jóvenes eligen entre un conjunto de esos módulos para formarse y, en general, no egresan de la universidad con un cartón profesional. Hay, por cierto, dos o tres disciplinas donde esa exigencia se mantiene. Un conjunto amplio de conocimientos especializados, propios de la formación profesional, no son atractivos y tampoco valiosos para el mundo de cambios vertiginosos que enfrentan las generaciones más jóvenes desde comienzos de este siglo. Se requieren personas capaces de encontrar sus propias respuestas a problemas cada vez más complejos. Las universidades se han demorado en abandonar ese paradigma, pero el liderazgo de algunas pocas que se atrevieron a seguir este camino se ha ido imponiendo. Así, el capital humano del país se ha enriquecido.

La generación de conocimiento sigue ocupando una parte importante del quehacer universitario. Pero las universidades se han integrado cada vez más con empresas, el Estado y organizaciones públicas y privadas para intentar que ese conocimiento se transfiera más rápidamente y esté al servicio del progreso y el bienestar de los chilenos. Aunque no fue fácil, se han allegado más recursos -públicos y provados- para la ciencia, la innovación y la tecnología. Hoy día florecen ecosistemas de innovación descentralizados que han transformado y expandido los horizontes productivos del país, contribuyendo a reducir la brecha de ingreso per cápita de Chile con los países más ricos en un 50% en 2060 respecto de la que existía en 2019.