Estrenada en febrero y casi sepultada en medio de una avalancha de series en streaming, The Looming Tower ya se asoma entre lo mejor del año, no sólo por su indudable calidad, sino también por la voluntad de mirar hacia un mundo hecho escombros, un mundo que nunca dejamos atrás.

  • 5 julio, 2018

“¿Qué película me recomiendas?”.

La clásica pregunta que le hacen al crítico parece estar en retirada. De hecho, cada vez escucho más: “¿qué serie estás siguiendo?”.

Y de un tiempo a esta parte, me cuesta más y más contestar.

Es cierto, hace largo rato hice las tareas y di un extenso paseo por las joyas de la corona de la TV moderna –The Sopranos, Deadwood, The Wire, Mad Men, Breaking Bad, The Simpsons y Seinfeld– y si tuviera que recomendar algo que esté vigente ahora, no dudaría en decir que vale la pena ver Atlanta, Arrested Development, The Good Place, Rick & Morty, Gravity Falls, la tercera temporada de Twin Peaks, y también cualquier cosa escrita o producida por David Simon; pero en un escenario donde cada año debutan 300 programas, resulta prácticamente imposible bucear sin algún tipo de ayuda; de lo contrario uno se ahogaría entre tanto capítulo piloto, tanto showrunner y tantas horas de fin de semana sentado frente a la pantalla. Tampoco es posible ver todo lo que recomiendan los otros: nunca enganché con Game of Thrones, House of Cards USA, Orange is the New Black, Westworld o La casa de papel. Los ojos se cansan. La vida es demasiado corta.

Quizás por lo mismo me cayeron del cielo los apretados diez capítulos de The Looming Tower. En febrero pasado, cuando la miniserie debutó vía Hulu (hoy está disponible en Amazon Prime), había leído acerca de ella en términos parecidos a estos: “Brillante ficción en torno al ascenso de Al-Qaeda, los errores de la Inteligencia americana y el trayecto previo a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Basada en el best seller ganador del Pulitzer, escrito por Lawrence Wright”.

Sonaba bien. Pero, inmerso en plena temporada de los premios Oscar, me olvidé de ella. Por completo. La recordé recién hace un par de semanas, leyendo en Facebook un posteo de Paul Schrader, el legendario guionista de Taxi Driver y director de American Gigolo. En el texto, Schrader decía que para todos los efectos, la experiencia cinematográfica –tal como la conocimos la mayoría de los que nacimos en el siglo XX– está terminada. Fin. Hoy, los únicos productos que tienen alguna chance de llegar con éxito a los cines son las “películas evento” (o sea, las de superhéroes), las cintas animadas, los estrenos de horror y los filmes de “cine club” (lo que antiguamente se llamaba cine arte). Dicho esto, agregaba que no tenía tiempo para continuar sermoneando, porque quería seguir viendo el quinto capítulo de The Looming Tower.

Schrader tenía toda la razón, pero en vez de seguir meditando sobre esa tragedia cultural, yo también me puse a ver The Looming Tower. Y una vez que empecé, me costó parar.

Todos contra todos

La serie era, es, excepcional. En todos los sentidos. Desde su elenco –Jeff Daniels, Michael Stuhlbarg, Peter Saargard, Alec Baldwin, entre muchos actores de primer nivel–, hasta su puesta en escena y extraordinario equipo de producción encabezado por el guionista Dan Futterman y el documentalista Alex Gibney (en su primera incursión en ficción), y el propio Lawrence Wright, autor del libro, en la producción ejecutiva. Pero más allá de todos esos pergaminos curriculares, lo realmente fascinante de The Looming Tower es el enfoque que poco a poco va rodeando, atrapando e iluminando un tema que ya había sido atrapado desde la experiencia de las víctimas –World Trade Center (2006), de Oliver Stone, y Vuelo 93 (2006), de Paul Greengrass–, visto a partir de la cacería humana de Osama (Zero Dark Thirty, 2012) e incluso evocado en clave de culebrón (la serie Homeland).

Tal como esas producciones, The Looming Tower también apuesta por un enfoque coral, donde hay multitud de involucrados, al menos media docena de tramas ambientadas en igual número de países y un urgente sentido de la cronología y carrera contra el tiempo. Pero agrega algo más: sentido de la perspectiva. Episodio tras episodio va calando en el espectador la sensación de que sí, que realmente la atmósfera que se respiraba antes de los ataques no resiste comparaciones con la actual. Y no porque vivíamos en “un mundo más seguro” –a estas alturas, ese es un lugar común fácilmente refutable–, sino porque en términos de desidia, ego, recursos e inteligencia (información) desperdiciada, el escenario pre 11 de septiembre era el caldo de cultivo perfecto. El tiempo y espacio ideales para alguien como John O’Neill (Jeff Daniels), el entonces jefe del departamento de antiterrorismo del FBI. Sujeto intenso y desbordado, tan agresivo como sociable y de tormentosa vida personal, O’Neill había sido clave en la operación para aprehender a Timothy McVeigh, responsable de la bomba que en 1995 detonó en un edificio público de Oklahoma. Tres años más tarde, era un convencido del carácter inminente –looming, en inglés– de un atentado terrorista en suelo americano. ¿El candidato principal? Al-Qaeda, una organización musulmana creada y financiada por Osama Bin Laden. Así de preciso fue su diagnóstico.

No estaba solo. La unidad contraterrorista de la CIA –llamada “Alec Station”– tenía al mismo grupo y líder bajo intensa observación desde el año 96, pero sin compartir información alguna con sus agencias hermanas, ni siquiera después del atentado que prácticamente demolió la embajada de Estados Unidos en Kenia (y que la serie cubre en su segundo capítulo). ¿Por qué?

El programa ofrece una pista al dar cuenta del gallito personal entre O’Neill y Martin Schmidt (Peter Saarsgard), belicoso analista y director de operaciones de la Alec Station. Mientras el primero insiste en un descabezamiento gradual de Al-Qaeda, el segundo quiere atacar a la yugular: aprovechando la debilidad de un Bill Clinton deseoso por enterrar el escándalo Lewinsky con lo que fuere, la posibilidad de lograr eso es bombardeando a Osama. “Muerto el perro, se acaba la rabia”, es su principio rector, sin admitir jamás que ello podría aumentar el fervor antiamericano, generar muchos caudillos y sembrar la inestabilidad en el área. En la práctica y con el correr de los años: Al-Qaeda dando paso al régimen talibán y este a ISIS, el Estado Islámico.

A medida que esa lucha se desarrolla en oficinas de Washington –y operativos de ambas agencias en disputa arrestan sospechosos, recopilan pruebas, toman testimonios y se boicotean entre sí–, The Looming Tower deja amplio espacio para hacer la crónica del bando contrario: si bien hay al menos media decena de documentales que retratan a fondo los orígenes del fundamentalismo islámico –con mención especial para The Power of Nightmares (2004), que el británico Adam Curtis produjo para la BBC–, aún no había aparecido una producción de ficción que lograse ese mismo nivel de intensidad y compromiso al delinear las motivaciones del futuro enemigo. Los terroristas de la serie nada tienen que ver con “los malos” hollywoodenses, esos que mueren en la primera película y luego son reemplazados por clones en las secuelas para que el jovencito los elimine otra vez. Se diría que aquí ocurre precisamente lo contrario: el fanatismo, la paranoia y el ánimo de revancha de esta gente es perfectamente comparable al de sus cazadores, y es eso mismo que el conflicto, el caos y la tragedia aparecen como inevitables.

No importa cuántas piezas del rompecabezas de Al Qaeda hayan quedado armadas antes del 11S, por qué las salvaguardas no funcionaron o de qué forma esto marcó el destino de miles de inocentes (John O’Neill incluido). Lo que sorprende, a veinte años de distancia, es ver cuánto de esa hibris, de esa desmesura temeraria demostrada por todos los responsables, todavía circula con perfecta salud en lo que hasta no hace mucho solíamos denominar “mundo libre”. Parte de la osadía de The Looming Tower es que, pese a dejar en claro que se trata de una obra ficcionada, basada en hechos y personas reales, los principios inspiradores que desmoronaron ese mundo aún están aquí, entre nosotros.

Sin ir más lejos, Michael Scheuer –el hombre real que inspiró el personaje del analista Martin Schmidt– todavía pregona vía libros y columnas, la necesidad de un Estados Unidos armado hasta los dientes. A fines de 2016, apoyó públicamente a Trump. Era que no.