Por fin llega en español la obra de uno de los escritores brasileños más destacados de hoy, Joan Gilberto Noll, autor de una novela–pesadilla tan breve como inquietante. Por Marcelo Soto   Un alcance: dicen que la literatura brasileña está “imparable”, por lo tanto leer este libro es un artículo de primera necesidad. En segundo […]

  • 23 marzo, 2007

Por fin llega en español la obra de uno de los escritores brasileños más destacados de hoy, Joan Gilberto Noll, autor de una novela–pesadilla tan breve como inquietante.
Por Marcelo Soto

 

Un alcance: dicen que la literatura brasileña está “imparable”, por lo tanto leer este libro es un artículo de primera necesidad. En segundo lugar: puede que la lectura de esta novela sea una experiencia tan fascinante y compleja como las cintas de Lynch o Antonioni.

Lord, de Joao Gilberto Noll (Porto Alegre, 1946) no es una narración que puedas dejar en el velador para continuar la semana siguiente. De algún modo, el autor te envenena, te irrita, te hace dudar de todo y al final das vuelta la última página con la sensación de que te hubieran robado. Así de fuerte.

Si la literatura fuese una ciencia exacta, como las matemáticas, diríamos que Noll tiene el humor de Kafka mezclado con la paranoia de Dick, la desesperación de Hamsun y el nihilismo de Celine, todo eso envuelto en una sensualidad sin aspavientos, como una escena de playa en Copacabana o un cuadro de Hockney.

Es una novela dura, que exige un lector dispuesto a ser engañado, por no decir ultrajado. Un lector que no tema ir a las zonas oscuras, a las fiestas “después de hora” donde todo puede pasar.

El protagonista, autor brasileño de novelas de poco éxito aclamadas por la crítica –alguien como el propio Noll–, llega a Londres invitado por un estudioso inglés a una especie de beca de improbable pronóstico. No se sabe bien por qué lo invitaron ni qué diablos quieren de él. Quizá no sea más que una farsa, una maniobra de oscuros propósitos militares o políticos. En el fondo, hay detrás de esta broma una ácida mirada a la mendicidad de los escritores sudamericanos que están dispuestos a todo por lograr un pasaje al primer mundo.

Desde el principio, la historia se plantea en una perspectiva donde la realidad y la ficción son una misma cosa, una amalgama de vida independiente, suerte de matriz que desafía la idea elemental de que los hechos conscientes y verificables están en contraposición a los sueños y alucinaciones.

El protagonista, de quien nunca sabemos nada, salvo que ha escrito siete libros y que al parecer se fue de Brasil para huir de una situación vergonzosa, empieza a vagar por la capital inglesa y de alguna manera la ruta del ocio lo lleva a los bajos fondos, a la indigencia, la locura y el exhibicionismo: deja de asearse, se maquilla de forma extravagante, pasa semanas enteras desnudo en su casa, porque desea ser otro y “convertirse en bicho, comer con las manos, dar miedo, dormir antes de que comenzaran a comer o a organizar las fiestas, despertar en la oscuridad y dar un grito, tirarse de una roca, quebrarse todo, quedarse así, enflaqueciendo durante días, no resistir la primera floración y volverse azul con las flores hasta confundirse con todo y que nadie lo notara”.

Pese a que la traducción no es de las mejores –abusa de modismos argentinos– la novela es una magnífica introducción a la literatura brasileña contemporánea, que por razones imposibles de comprender es más ajena para nosotros que la narrativa checa o turca.

Siendo bastante simplistas, se podría decir que hay novelas que apuestan por el relato y otras por el lenguaje. Lord pertenece al segundo grupo. Es el tipo de libros que los estudiantes y académicos adoran: seguro que se pueden escribir muchas tesis buscando sus significados ocultos. Pero al mismo tiempo es una narración atractiva, conmovedora, implacable, que mueve el piso.

Si nos pasáramos de listos diríamos que es el tipo de novela que le hubiese encantado a Roberto Bolaño. Pero eso es pasarse de listos… Mejor decir que Lord es tan inesperada, sacadora de quicio y refrescante como estar caminando por el borde de la piscina y que alguien te empuje. Leerla es abrir una puerta, sin saber qué nos espera al otro lado.