Por Sergio Paz Retrato: Verónica Ortíz Cuando esta crónica sea publicada, Guillermo Ruiz –el empresario que con Hidrosán y sus empresas relacionadas factura anualmente alrededor de 150 millones de dólares– probablemente estará bamboleándose en el agua. En verdad nada nuevo para este innovador que encontró, justamente, en los fluidos la inspiración de su fortuna. Con […]

  • 16 mayo, 2014

Por Sergio Paz
Retrato: Verónica Ortíz

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Cuando esta crónica sea publicada, Guillermo Ruiz –el empresario que con Hidrosán y sus empresas relacionadas factura anualmente alrededor de 150 millones de dólares– probablemente estará bamboleándose en el agua. En verdad nada nuevo para este innovador que encontró, justamente, en los fluidos la inspiración de su fortuna.

Con las manos firmes en el timón, Ruiz estará surcando el mar camino a las Canarias; la primera parada en una larga travesía con la que busca rendir su particular homenaje a Cristóbal Colón. Acostumbrado a arrendar yates en el Caribe y el Mediterráneo, el empresario compró en Galicia el Argalleiro, un velero de 12 metros, que planea manejar junto a su hijo, hoy en tercer año de Ingeniería. La idea es llegar en junio a las Canarias. Luego regresar a Chile. Y finalmente, en noviembre de este año, volver al yate y levantar anclas para en tres semanas de navegación arribar a Santa Lucía, muy cerca de San Salvador, la primera parada de Colón en América.

“He leído mucho sobre Colón y, aunque terminó desprestigiado, siempre he admirado que haya sido un seductor que tuvo la facultad de convencer a otros para que le ayudaran a sacar adelante sus proyectos. Él veía cosas y podía transmitirlas”, explica.

Unas semanas antes de partir, Ruiz accedió a esta entrevista para hablar de sus desafíos personales y empresariales. Entre los primeros, vivir hasta los 100 años y ser feliz disfrutando su familia y amigos. Entre los segundos, por ahora, terminar la planta desalinizadora que se desarrolla actualmente en la III Región y convertir a Nevados de Chillán en el resort de montaña más importante de Latinoamérica.

Poco antes del mediodía, en su oficina, Guillermo Ruiz unía cabos.

Junto a su escritorio, el empresario habla con seguridad y confianza. Le ayuda, supongo, esa gran cabellera blanca que lo ha acompañado en sus múltiples derroteros, incluidas las pericias que lo convirtieron en uno de los principales actores de las sanitarias y que hoy lo tienen vendiendo servicios en Perú, Colombia y Panamá, entre otros países de la región.

-De historia sé poco, pero… ¿Colón terminó mal, no? –comento, para empezar la conversación.

-Efectivamente, Colón tuvo un grave error de cálculo empresarial. Él hizo un contrato con la reina que le aseguraba que, si encontraba una islita, se hacía gobernador y dueño entre comillas de todo lo que hallara. El problema fue que encontró América y nunca entendió que no era aplicable el contrato que, en principio, le aseguraba el 20% de lo que descubriera. Pese a que le regalaron República Dominicana, demandó a la Corona y exigió que le dieran el 20%, pero de todo. Una locura considerando que ni siquiera España podía hacer valer sus derechos pues, en menos de dos años, más de dos mil barcos cruzarían el Atlántico.

Colón se equivocó empresarialmente al no ver sus limitaciones. Se peleó con la autoridad y al final se murió sin entender que las cosas eran diferentes a como se habían planteado originalmente. Colón se pasó toda su vida en un juicio, lo mismo que le pasó a Giner.

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Guillermo Ruiz se refiere a José Luis Giner, el empresario que por 30 años tuvo la concesión de Termas de Chillán y, tras una larga disputa con el propio Ruiz y la Municipalidad de Chillán, perdió hace unos meses la última batalla legal en la Tercera Sala de la Corte Suprema.

Tras seis años de dimes y diretes, concluía en favor de Consorcio Uno –la empresa en la que Ruiz es socio mayoritario– la pugna por la concesión de los terrenos municipales, a los pies de los Nevados de Chillán, el sitio donde Somontur –la compañía de Giner– había impulsado, con esfuerzo y tesón, un extraordinario complejo turístico (Termas de Chillán) que incluía un hotel cinco estrellas, exquisitas piscinas termales, casino y buenas pistas.

Sin embargo, en 2007, al vencer la concesión, la municipalidad (propietaria de los terrenos) exigió más dinero por el uso de la propiedad y abrió una licitación en la que, se sabía, los ofertantes no sólo debían pagar más por administrar el centro, sino que además tenían que instalar nuevos andariveles.

Para entonces, Termas de Chillán se aprestaba a ser sede del Mundial Juvenil de esquí (todo un logro para Chile) y Giner, que era propietario del Gran Hotel y de buena parte de los medios de elevación, se negó a participar, considerando que el proceso estaba viciado. Giner no consideraba en sus planes que, a esas alturas, un socio de Guillermo Ruiz en el Consorcio Santa Marta –la empresa que procesa el 40% de la basura que se genera en Santiago– había estado al tanto del proceso y lo había motivado a revisar las bases. Finalmente, Consorcio fue el único ofertante, ampliando diez veces el pago que siempre había hecho Giner.

En enero de 2008, Hidrosán tomaba posesión de los terrenos municipales no sin que surgiera un grave problema. ¿Cómo iban a operar el centro si buena parte de los andariveles no eran de la municipalidad sino de Somontour, la empresa de Giner?

Con su experiencia construyendo mega obras de ingeniería, Ruiz había trazado una estrategia no sólo para hacer efectivas las exigencias de la concesión, sino también lograr que el negocio fuera rentable. ¿La clave? Fabricar las estructuras de los andariveles en Chile, hecho inédito en una industria que, en todo el mundo, recurre a los líderes: Poma y Doppelmayr, la primera con sede en Francia y la segunda en Austria.

Consciente de que la licitación exigía que los nuevos andariveles fueran “Poma o semejantes”, Ruiz viajó a la fábrica de ésta en Estados Unidos y allí se dio cuenta de que los altos costos harían inviable el negocio. Sólo un andarivel costaba al menos diez millones de dólares. Y ellos tenían que hacer siete. Desarrollados  en casa, ese precio bajaría a menos de la mitad. Los ingenieros se pusieron a trabajar. Buscaron piezas claves en el extranjero y, finalmente, dijeron: Eureka.

-Nos dimos cuenta –dice Ruiz– de que no era particularmente difícil construir andariveles. Aunque hay algunos que son de última generación, como el desembragable de Valle Nevado, los andariveles normales de pinza fija son de una tecnología desarrollada en los 70… Cuando nos ganamos la concesión, nuestra oferta no fue hacer un centro con andariveles de 10 o 15 millones de dólares, pues así el negocio jamás se pagaría. Por eso, pusimos que serían semejantes. Y si antes no hubiéramos sabido cómo serían esos andariveles, no hubiéramos participado. El negocio de la nieve es, en el fondo, como cualquier negocio. Los gastos tienen que estar muy controlados y los ingresos también.

 

LAS TORRES Y LA POLÉMICA

Consorcio inició las obras y los usuarios del centro pronto vieron que por aquí y por allá, se levantaban sendas torres naranjas. Luego llegaron los asientos: tan simples como funcionales.

Mientras el frío sureño cubría de incertidumbre la montaña, la temperatura del comidillo comenzó a subir: hoteleros locales y clientes habituales alegaron que los andariveles no eran seguros y que los tickets eran muy caros considerando que, en días de mucho viento o de tormenta (para los amantes del esquí, lo ideal) los andariveles se paraban. Las alertas se encendieron en el invierno del 2010 cuando el cable de la torre matriz de la nueva telesilla Iglú se desmontó, aunque sin consecuencias, dado que operaron todos los sistemas de seguridad .

-Ciertamente, nuestros andariveles cumplen con los estándares de seguridad, pero estos incidentes no son ajenos a la industria tanto a nivel nacional como internacional, no importando si sean Poma o no. Como  ingenieros, sabemos la resistencia de los materiales y cómo fundar nuestros montajes. La tecnología detrás de todo esto es muy simple y, pese a ello, hicimos andariveles seguros que se mueven a una velocidad de dos metros por segundo. Hoy todo está controlado y lo que cambia es que responden en forma distinta, por ejemplo, a condiciones de viento atravesado y a condiciones sísmicas que habitualmente no son consideradas. Lo bueno es que se pagan con tickets de menos de 40 mil pesos y, si hubiéramos instalado los caros, el proyecto no se hubiera podido concretar.

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En su computador, Ruiz tiene una fotografía que revela los avances en la instalación del andarivel La Cornisa, una silla cuádruple y el último de los siete andariveles que se comprometieron a construir. Esta temporada, La Cornisa será una de las novedades de Nevados de Chillán. Eso y el nuevo hotel de seis pisos, Alto Nevados (modalidad ski in/out) que, el año pasado, había operado en marcha blanca.

Si cinco años atrás, cuando se quedaron con el centro, se comprometieron a mover 9.250 esquiadores por hora, con La Cornisa ya habrán superado en cien lo requerido. Nada mal considerando que, cuando partieron, vendieron 40 mil tickets y hoy están en 80 mil, a poco de la meta de 100 mil.  Objetivo que se ve cercano tras haber invertido 10 mil millones de pesos y haber enfrentado varios juicios, ganándolos –según el empresario– todos.

Aunque los pronósticos podrían haber dicho lo contrario, en Chillán el estilo de Ruiz se impuso y hoy se anuncian reformas que podrían cambiar el centro para siempre: se habla de estacionamientos asfaltados, lockers para los visitantes por el día, más edificios y, seguramente, más hoteles. La gran apuesta es dejar de ser sólo un centro de esquí para convertirse en un resort de montaña que opere todo el año. Mucha actividad para un empresario que, con suerte, en su vida había acompañado a sus hijos un par de veces a esquiar a El Colorado. Es más, a él no le atrae mayormente el esquí. Ya lo sabemos: lo de Guillermo Ruiz siempre ha sido la navegación.

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LOS NEGOCIOS Y LA VIDA

De joven, Guillermo Ruiz vivió en Vitacura mientras estudiaba en el Liceo Alemán de Santiago. Al salir, siguió los pasos de su padre y entró a estudiar Ingeniería Civil en la Universidad de Chile. Fue ahí donde estrecharía relaciones con Carlos Jarpa, su profesor de hidráulica con quien, recién egresado, creó Hidrosán, una pequeña consultora especializada en el tratamiento de aguas.

Jarpa y Ruiz trabajaron por años en una oficinita en el centro de Santiago. “Eso, cuando todos los grandes proyectos de ingeniería eran realizados por el Estado.  Pero el escenario pronto cambió y el Estado empezó a necesitarnos. Entonces tomamos mayores riesgos, hipotecamos los pocos bienes que teníamos, vendimos caro el conocimiento y empezamos a trabajar con las utilidades”.

El golpe de timón vendría durante los gobiernos de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos, cuando el Estado privatizó las sanitarias. Según coinciden expertos, para entonces la tecnología estaba obsoleta y, hacer las inversión correspondientes, hubiera sobreendeudado al país, desviando fondos necesarios para el desarrollo social. Tras unir fuerzas con socios estratégicos, Hidrosán se quedó con el 41% de Aguas Chañar, la sanitaria de la III Región que hoy más invierte en el sector, lejos de Esval y Aguas Andinas. Para los próximos diez años, la empresa ha informado que invertirá al menos 300 millones de dólares.

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Aunque el proceso de privatización de las sanitarias hasta el día de hoy tiene detractores, Ruiz se muestra orgulloso de lo realizado. Probablemente, porque el camino nunca estuvo exento de problemas. Incluido el pago condenatorio de la SVS a Juan Diéguez –hasta hoy uno de sus socios– por no haber informado al directorio de Essbio que tenía participación en Hidrosán, eso cuando la empresa aprobó a Ruiz 25 contratos por $9.000 millones, todos con licitación pública.

-La privatización le hizo bien al país y hoy las sanitarias de Chile tienen los mejores estándares del mundo –asegura Ruiz, el señor de las aguas.

Tras la adjudicación de Aguas Chañar, la actividad empresarial de Ruiz ha sido incesante, moviendo a Hidrosán de ser una compañía de ingeniería a una de capitales. En el camino ha estrechado relaciones con grupos como Icafal, dirigido por  Sergio Icaza y  Gonzalo e Igancio Falcone. Así, no sólo se hizo socio del Consorcio Santa Marta, la empresa que procesa el 40% de toda la basura que se genera en la Región Metropolitana (y que hace poco inauguró una planta de 16 megas que funciona con el gas de los desechos), sino también otras dos sanitarias: San Isidro y Aguas Patagonia: esta última, de la XI Región.

Igual de intensa ha sido la tarea en Hidrolab, el laboratorio de aguas más grande del mercado con el que hoy realiza grandes proyectos en Colombia y México. De todo el portafolio, Nevados de Chillán no representa más de un 5 a un 6% de las ventas totales. “Nunca pensé que iba a crecer tanto. Hoy vivimos del glamour de Chillán, pero también de la caca y la basura”, remata sin eufemismos.

Días después de esta entrevista, Guillermo Ruiz partiría con su hijo a buscar el yate a España. Pero antes de la travesía, entregó algunas definiciones:

-¿Su fórmula para emprender?
-Supongo que el éxito en los negocios tiene que ver con la pasión con la que haces las cosas. Al final, el tema plata no es tan importante. Uno no puede comer más de lo que come, ni viajar más de lo que viaja, ni tomar más de lo que toma. Lo que te mueve es la pasión con la que, de alguna manera, buscas trascender. No se trata de acumular más empresas, sino de vivir 100 años, teniendo una buena vida. La vida es sólo una oportunidad. No hay otra ni antes ni después.

-En el blanco y glamoroso mundo de la nieve, ¿se siente un extranjero?
-Me siento un emprendedor-competidor. Y como el éxito que hemos tenido siempre ha sido en base a la competencia, me siento súper cómodo… Uno puede aplicar la tecnología y el conocimiento a áreas muy diferentes. Ha sido un desafío tener la menor cantidad de prejuicios. Por años hemos sido bastante liberales y, en el caso de Nevados, nos atrevimos a hacer la primera Gay Ski Week de Chile. Muchos se enojaron, pero apuntaba a que queremos que a la nieve vayan todos y sea un mundo lo más ancho posible. Que el esquí sea masivo es lo que hará que este negocio sea bueno. No que sea sólo de elite.

-¿Por qué no hizo un club de yates en vez de un centro de esquí?
-Es que eso hubiera sido muy aburrido. Uno tiene que hacer cosas que sean desafiantes y Nevados lo es. De hecho, en los próximos años, queremos ser el centro más importante de Sudamérica. Las Leñas está de capa caída y podemos aprovecharnos de eso, superando la atención en la calidad de servicios al esquiador día. Necesitamos más gente. Esquiar es algo bastante caro y, muy pronto, aquí debe haber más hoteles de precios razonables. Si nadie los hace, tendremos que construirlos nosotros mismos.

-¿Se parece en algo el negocio de la basura al del esquí?
-Son muy distintos. De partida, uno sabe que las personas botan en promedio un kilo de basura por día. Nadie puede evitar la basura, ni tomar agua, ni ir al baño. Por lo tanto, todos los días, los clientes llegan. En un centro de esquí no. Es esa incertidumbre lo que más me ha costado asimilar.

-Con sus ingresos, sumado a su pasión por la vela, usted perfectamente podría estar en el circuito del yatching chileno. Pero no lo está, ¿por qué?
-Simple. Somos competidores en todas las áreas en las que invertimos, pues no tenemos ningún negocio monopólico no regulado. Por lo mismo, en lo que me gusta y me entretiene, no quiero competir con nadie que no sea conmigo mismo.

-Socialmente, su perfil de gran empresario parece ser diferente.
-Puede ser. Tengo una mirada un poco distante de los grupos de presión, de las organizaciones, principalmente. No pertenezco a ninguna. Y no es que sea un lobo solitario. A mí me gusta trabajar con mucha gente. Sin generalizar, creo que en parte del empresariado hay una cuota de soberbia muy grande. Y, en ese sentido, me siento muy distinto. Yo creé esta empresa de la nada. Sólo con mi conocimiento y el de la gente que trabaja conmigo. Como en la travesía de Colón, lo más importante siempre ha sido la seducción. Para que un proyecto resulte, primero tienes que imaginarlo terminado y luego entusiasmar. Imaginar la ruta a la India y después conseguir que otros se tiren contigo al agua. ¿Qué más? Eso es todo. •••