Fernando Lavanderos acaba de estrenar Las cosas como son, su segunda película. La primera, Y las vacas vuelan la estrenó el 2004 y era una propuesta que jugaba con las reglas del documental y el cine, y que sin mayor pretensión logró importantes premios en el Festival de Valdivia y de Cuenca. Pero eso fue […]

  • 26 agosto, 2013

Fernando Lavanderos

Fernando Lavanderos acaba de estrenar Las cosas como son, su segunda película. La primera, Y las vacas vuelan la estrenó el 2004 y era una propuesta que jugaba con las reglas del documental y el cine, y que sin mayor pretensión logró importantes premios en el Festival de Valdivia y de Cuenca.

Pero eso fue hace 9 años, en un Chile donde todavía los hermanos Larraín no habían fundado la productora Fábula, donde No todavía no se había filmado y donde Sebastián Lelio con La Sagrada Familia era la punta de lanza de un cine chileno que en menos de una década terminaría deslumbrando al mundo (o al menos así lo piensa la Academia de Hollywood y un número importante de festivales).

Lavanderos se tomó su tiempo y la espera valió la pena. Las cosas como son ha recibido importantes reconocimientos en distintos festivales de cine como el de La Habana (Mejor Director), de Mar del Plata, Viña del Mar, y en el festival checo de Karlovy Vary.

La película, y también Lavanderos, tienen varias particularidades. De partida, él no les entrega guiones a sus actores (cosa que le permite lograr una interesante naturalidad). El rol femenino lo interpreta Ragni Orsal, una noruega a la cual eligió por Skype –no por un endorsment tecnológico, sino simplemente porque no tenía presupuesto para hacer el casting en persona– y los otros dos son el fotógrafo Cristóbal Palma (Jerónimo), amigo de Lavanderos, y el joven Isaac Arriagada (Milton), quien viene de un colegio en Quilicura, donde Lavanderos hizo la serie Mi mundo privado junto a Lelio.

-¿Qué hizo que te tomara tanto tiempo estrenar Las cosas como son?

-Es simple. No tenía fondos para hacerla. Desde el 2005 estuve postulando durante 3 años a fondos de desarrollo y recién me gané uno el 2007 para poder trabajar el 2008. Pero no fue suficiente, por lo que seguí postulando a los Fondos del Consejo Audiovisual por cuatro años y así se me fueron 7 de los 8 años que hubo entre película y película.

-¿Alguna idea sobre por qué no te ganaste esos fondos?

-Los fondos son un misterio. Al final tuvimos que financiar nosotros la película. Es decir, un financista particular junto a Matías Cardone, de InverCine, y yo.

-Hablemos de Las cosas como son. Es curiosa la manera en que muestras Santiago. Una ciudad de gente sola.

-Es que Santiago es tremendamente solitario. La gente hace su vida hacia dentro, siempre con la puerta cerrada, las cortinas cerradas y eso me llama mucho la atención. Existe un sentido de la privacidad muy aumentado. Si vas a Colombia, la gente está en las calles, las puertas están abiertas, las ventanas están abiertas. Incluso, si vas a Europa, a países nórdicos como Dinamarca, donde se supone que son “culturas frías”, te das cuenta que están todos los edificios pegados unos de los otros, pero tienen las cortinas abiertas y les da lo mismo. Tú ves parejas haciendo el amor en el departamento de enfrente o gente vistiéndose y a nadie le importa nada. No tiene ese rollo de estar protegiéndose. Eso es muy chileno.

-No haces enormes planos contrapicados de la Torre Entel, pero es inconfundible que estás filmando a Santiago…

-La ciudad muestra una ciudad donde la gente vive aislada y probablemente eso es lo que reconoces. Como esa escena donde la protagonista le cuenta a Jerónimo que va a tomar una micro para Quilicura y él la mira como si se fuera de viaje a Saturno. Y la cosa es que no es tan lejos, es la misma ciudad. Vivimos en comunas que son burbujas y no conviven entre sí, y eso no es normal.

El otro detalle que está presente es que esta ciudad siempre está a medio construir: siempre hay alguien construyendo o destruyendo algún rincón. Es la sensación de un país que siempre está en construcción y que siempre está en vías de algo que no sabe, pero que busca a través de botar las cosas y construir otras nuevas.

-Ha sido muy bien recibida afuera. ¿Qué es lo que ven los extranjeros en tu película?

-Creo que la gente se identifica con los personajes. La otra vez me comentaba un programador belga que no podía creer todo lo que se había identificado con los tres.

-¿Y por qué crees que pasa eso?

-Porque son personajes muy vivos, hay mucha autenticidad en ellos, en una temática que es bastante universal, que es la cultura paternalista, asistencialista versus el liberalismo, y los que dicen “deja que sea, no te involucres”. En la película hay 3 culturas representadas. Está la europea, que en algún momento fue una cultura colonizadora, después una cultura que es mezcla de todos, y que es la chilena híbrida (que es la que representa Jerónimo), y finalmente la cultura del pueblo, que tiene un origen indígena. Es una historia de siempre. Podríamos hacer la versión de 1564 donde llegara el español, estuviese el patriota y estuvieran los mapuches.

-¿Qué sigue? ¿Tu próxima película también va depender de los fondos? Podrían pasar 8 años hasta que la veamos.

-Ahora, por fortuna, un fondo de Corfo salió altiro y tenemos un guión bastante avanzado que es la base de la próxima película.

-¿Y con quién estás trabajando el guión?

-Estoy trabajando con Ernesto Ayala y la Elisa Eliash. Es una road movie. Se trata de una joven que abandona a su pareja con quien vive y se larga. Él la sigue y se inicia una travesía por el norte chileno donde trata de entender lo que a ella le sucede.•••
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Los descargos

Hace dos semanas, en la Revista Wikén, el crítico de cine Antonio Martínez hizo una fuertes comentarios al cine chileno actual, calificándolo de neutro y ajeno a la política, y concentrado en el pasado. ¿Qué opinas?

-Dos cosas. Primero, creo que está súper equivocado respecto que el cine chileno no está tomando las temáticas contingentes, no tiene punto de vista o no es jugado. Por ejemplo, si ves los trabajos de José Luis Sepúlveda como Pejesapo y Mitómana, son películas tremendas, muy agudas, que tienen una visión súper ácida de la sociedad y de lo que está pasando. Son muy contingentes y lo mismo con una serie de otras películas. No es verdad que el cine chileno no hable de lo que está pasando o no tenga postura, o sea neutro. Por algo a las películas chilenas les está yendo tan bien afuera. Si las películas fueran totalmente vacías o hablaran de historias herméticas que no están conectadas con nada, nadie las consideraría. Y tú vas a un festival y lo primero que te preguntan es qué está pasando en el cine chileno, qué increíble la cantidad de buenas películas, de buenas visiones. Hay una efervescencia en la sociedad que se está viendo en el cine. Si él no es capaz de ver en Las cosas como son una visión de la sociedad, yo no sé qué está viendo. Porque para mí, lo que era muy importante y estaba remarcado en la película, sobre todo en la segunda parte, es que tiene un punto de vista respecto de lo que está pasando y toca temas como la segregación y la soledad.

No me interesaba contar una historia hermética sobre un personaje de Saturno que vivía solo y que no tenía nada que ver con nada. La historia es una excusa para tocar otras temáticas que están más escondidas sutilmente. Uno podría decir que no está logrado, que no le gustó, que no está de acuerdo con el punto de vista, pero decir que no esté, no entiendo. La verdad que no entiendo.