El talentoso actor chileno, que viene de triunfar en las salas de teatro en Buenos Aires y ha sacado aplausos en la serie Prófugos, de HBO, habla de su rol como un sicópata televisivo, de la ignorancia de los directores de TV chilenos, del estado de la comedia local y hasta de política. Por Juan Venegas; fotos, Verónica Ortíz.

  • 20 octubre, 2011

El talentoso actor chileno, que viene de triunfar en las salas de teatro en Buenos Aires y ha sacado aplausos en la serie Prófugos, de HBO, habla de su rol como un sicópata televisivo, de la ignorancia de los directores de TV chilenos, del estado de la comedia local y hasta de política. Por Juan Venegas; fotos, Verónica Ortíz.

El 2011 ha sido un año intenso para Luis Gnecco. Acaba de cumplir una exitosa temporada teatral en Buenos Aires con la obra Las heridas del viento, junto a Paulo Brunetti, y a la vez, protagoniza junto a Francisco Reyes, Nestor Cantillana y Benjamín Vicuña la serie de intriga policial Prófugos, la primera producción chilena para el canal de cable HBO.

Dirigida por Pablo Larraín (Fuga, Tony Manero, Post mortem) y escrita por Pablo Illanes, narra el violento derrotero de cuatro individuos que huyen tras el fracaso de una operación de contrabando de cocaína líquida. Gnecco interpreta a Mario Moreno, un frío ex colaborador de Pinochet, que oscila entre la sicopatía, la homofobia y su adicción a las drogas. Para Gnecco, Prófugos representa un punto de inflexión en su carrera y un desafío para un actor hasta ahora encasillado en roles cómicos de los que quiere tomar cierta distancia.

El acierto de HBO

-Te ves más delgado que Mario Moreno, tu personaje en Prófugos.
– En la serie estoy impresentable. Lo que pasa es que me dediqué a puro comer por la angustia de tener que trabajar en una producción de HBO, viajando por todos lados y muerto de frío. Primero en el altiplano, después en el sur, perdido en los cerros, me puse a comer como chancho y no hacía nada de ejercicio. Al final estaba impresentablemente guatón.

– ¿Cuál fue el menú?
– Nos tenían alojados en buenos hoteles, en medio de bosques de araucarias. El chef preparaba suflés con hongos silvestres, con nalcas y cosas por el estilo. ¿A qué se puede dedicar uno cuando está lejos de la casa? ¿Con cuatro tipos igual de aburridos que vos? A chupar y a comer, pues. Lo que pasa es que Benjamín Vicuña por contextura no engordó tanto, Ernesto Cantillana se podía comer un chancho y engordaba nada, igual Pancho Reyes. A mí se me nota mucho.

-Los kilos de más sirvieron para darle un carácter más despreciable a tu ya detestable personaje.
-Creo que está ideal para el rol. Al principio me pidieron que bajara unos kilos, pero al rato se dieron cuenta de que así me parecía al guatón Romo, bien asqueroso, y pensaron que aportaba al carácter de Mario Moreno. En una escena del último capítulo, donde tengo que salir arrancando, mi guata es francamente descomunal. Pero está bien, porque después, conversando con Pablo Larraín, me dijo: “está mejor que seai gordo y patético”. En todo caso, no fue como Robert de Niro en Toro salvaje, esto fue pura casualidad.

-¿Cómo conseguiste el papel?
-La elección del elenco se hizo en Miami y estuvo a cargo de los productores de HBO Latinoamérica. El hecho de que la hicieran personas de afuera fue lo mejor. Yo creo que si hubieran hecho el casting en Chile no habría conseguido ni un rol secundario. No sé si le caigo bien o mal a la gente de acá, pero creo que los chilenos son medios flojos y dicen: “ah, el pelao Gnecco, este huevón es cómico”, y chao.

-¿Hay miopía en la televisión chilena?

-Claro, me han encasillado como el pelao chistoso. Pero, ¿sabes? No me molestaría seguir haciendo eso en las teleseries, porque el nivel de producción no da para romperse el mate tratando de hacer roles dramáticos. Además, las teleseries son largas, duran 6 o 7 meses, y antes que verme repitiendo las mismas tonteras todos los días, prefiero hacer un papel que me dé risa.

-Actuar en Prófugos, ¿va a representar una nueva etapa en tu carrera?

-Exacto, este es un género diferente. No es como las teleseries que son una fábrica de salchichas. Lo más cercano podrían ser Los 80 o Los archivos del cardenal. Pero imagínate que esas series cuestan el 5% del presupuesto de Prófugos. Si ves Los archivos del cardenal, que es una serie de época, es probable que veas el mismo auto dando vuelta por todos lados. Ambas están hechas con inteligencia, pero los presupuestos son monstruosamente diferentes.

-¿Qué otras diferencias destacarías?
-El nivel de producción. No es que haya una danza de millones de dólares, sino que la plata está muy bien utilizada. Lo que costó esta serie en total no cuesta ni medio capítulo de una serie gringa. Pero todo se tradujo en saber hacer bien las cosas. Poder repetir varias veces las escenas. Poder tener diez cámaras en vez de dos. Darse el lujo de hacer cuatro versiones de una escena. Eso es oro puro.

-¿Cómo trabajaste el perfil del personaje?

-Lo preparé librándome de todo prejuicio. Un tipo medio sicópata, ex CNI, adorador de Pinochet, homofóbico y adicto a la coca, lo peor que puedes pedir a un personaje está ahí. Pero no tienes que abordarlo con escrúpulos. Yo había hecho personajes así en teatro. Son personajes atractivos, excéntricos, que te obligan a indagar en tus propias sicopatías, tus adicciones, tienes que mostrar tu peor cara. Es un juego, por supuesto; tienes que entrar y salir. Me cargan los actores que dicen que se sienten “tocados” por el personaje, que se lo llevan para la casa, que entran en crisis personales, etc… Eso no funciona conmigo.

-Con Prófugos hicieron una gira de promoción internacional. ¿Cómo ha sido la recepción?
-Afuera la serie ha tenido más repercusión que en Chile. Las críticas han sido muy interesantes. Acá en Chile, además de decir que la serie es buena o mala, no hay una mayor elaboración a partir de lo que la serie te entrega. Hay una especie de desinterés, desidia, como “ah, una serie de televisión”, pero no dicen nada profundo. Y yo creo que Prófugos tiene cosas muy profundas.

-Cómo actor, ¿qué te queda de esta experiencia?
-Yo creo que desde el director hasta el último asistente que enchufó un cable aprendieron mucho. En lo que a mí respecta, aprendí una nueva modulación de mi voz, que es irreversible. Difícilmente podría volver a actuar de otra manera. Siento que ahí radica el talento y el tesón de Pablo Larraín, que nos convenció de que debíamos cambiar nuestro tono tradicional. Que esto no se actuaba, que era más pequeño, porque estaba todo a nuestro servicio. Que el actor era sólo una parte del cuadro, que no era necesario “subrayar líneas”, como se acostumbra en Chile.

Triunfando en Buenos Aires

-Con la obra Las heridas del viento lograste un gran éxito de taquilla y de crítica en la capital argentina. ¿Cómo fue este triunfo en una ciudad con una cartelera teatral tan impresionante?
-Paulo Brunetti (actor argentino) me convenció de hacer la obra. Tuvimos que trabajarla mucho, porque es una obra muy obvia, muy inocente en muchos aspectos. Despejamos un poco el bosque y dejamos sólo los árboles necesarios. Y efectivamente le dimos respiro, dejamos que la obra hablara. Y se transformó en un espectáculo delicado, muy sutil y emotivo. La gente que veía la obra salía llorando. Es el viaje de un hijo hacia la imagen de su padre. Y de mi personaje, que fue amante de ese padre, hacia sí mismo.

-En Chile tuvo cierta repercusión, pero no comparada con lo conseguido en Argentina.

-Aquí tuvo un éxito moderado, que tiene que ver con el teatro en Chile, con el teatro realista. La crítica no se interesó mucho, los periodistas tampoco, en fin… Mientras que en Buenos Aires fue un exitazo, con excelentes críticas en todos los medios, con críticos que ven diez obras a la semana. Y con esas reseñas comenzó a llegar el público y no se fue más. De hecho, yo podría estar todavía haciéndola.

-¿No has pensado probar suerte en el cine o la TV argentina?
– A mí me gustaría intentar ahondar mi trabajo allá. De hecho ya tuve una participación en un unitario que se llama Mi primera vez que está teniendo mucho éxito. Fue divertido porque tuve que actuar con acento argentino y todo. Es muy novedoso, porque nadie te conoce, para mí es como comenzar de cero. Eso te obliga a exponerte a que te hagan bolsa o te acepten, algo que en Chile uno ya no hace. La experiencia de Las heridas del viento fue cansadora, porque tenía que viajar todos los viernes y me volvía los domingos. Pero me di cuenta de que se podía hacer eso, vivir acá, hacer teatro en Buenos Aires y además tener éxito.

La mediocridad local

-Después de trabajar en Prófugos, ¿sentiste el contraste con el nivel de las teleseries nacionales?
-Lamentablemente, creo que la producción de teleseries no está en las manos indicadas. El medio televisivo, en general, a nivel de directores, productores, guionistas, pero sobre todo a nivel de directores y directivos de televisión, necesita una renovación.
Las teleseries son todas iguales, no hay riesgo formal ni visual. Cuando hablas con los directores, te das cuenta de que muchos están haciendo una carrera funcionaria, que no les permite levantar la cabeza y ver qué sucede en el resto del mundo. No puede ser que estas personas dirijan un producto visual, masivo, que le reditúa tanto a los canales, y que sean tan ignorantes en términos visuales. No tienen idea de cine, no han visto nada, no han leído nada.

-También está lo administrativo, hoy los números son más importantes que los contenidos…

-Claro. Hay un problema con la administración de la televisión. Acá las teleseries se siguen haciendo como las hacía la productora Sonia Fuchs, y la Sonia lleva años de muerta. Eso no puede ser. El formato ya se agotó. Y ves como a Los archivos del cardenal o Gen Mishima las postergan a horarios tardísimos. Y lo que se tira al aire son realities que están con olor a podrido.

-¿Qué responsabilidad tienen los actores?

-Yo siento que hay muchos actores que ya perdieron el encanto. Y hacen la pega como si fueran a la oficina. Yo personalmente, el día en que empiece a pensar así, me retiro. A pesar de que la tele me ha dado mas decepciones que satisfacciones y de que perdí la inocencia hace mucho tiempo, todavía logro fascinarme. Los actores deberían ser mucho más curiosos, leer más, preocuparse por aprender.

La divina comedia

-¿Te ríes con los espacios cómicos chilenos?
– Respecto de lo que ocurre hoy con lo cómico, estoy muy alejado. No me interesa nada. El stand up comedy, como El Club de la comedia, a mí no me dice nada. Uno ve gente con talento, pero me parecen obvios. Con el único que me he reído a carcajadas es con Kramer, que es un genio de otro planeta. Con nadie más me río. Y mirando para atrás, lo que yo hice: algunas cosas me causan risa, no todas. Las hacía sin mucha conciencia. Cuando repiten hasta la saciedad cuestiones como De chincol a jote, no me provocan mucha cosa. Hice eso porque me tocaba hacerlo, no me provoca una hilaridad muy especial. Hice una sarta de programas cómicos a los que todavía no les logro encontrar la comicidad. Los encuentro medio groseros, más bien burdos.

-El fiasco de La ofis (una versión chilena de la exitosa serie The office, transmitida brevemente por Canal 13), ¿tiene algo que ver con tu desencanto?
– Con la Ofis yo me realicé mucho. Cuando la veo me vuelvo a matar de la risa. Ahí hubo mucho talento. Pero, claro, tuvimos la mala suerte de caer en manos de unos ignorantes, que no supieron ver lo que tenían. Si hasta vinieron de la BBC a chequear la producción y estaban fascinados. Hasta Rickie Gervais (director de la versión original británica) nos mandaba felicitaciones. Yo dije: “esto es insólito, de aquí a la fama”. Pero no me puedo cortar la venas, ya lo hice, me pagaron, ahí está guardada en un cajón. Fue un choque duro con la realidad; ver que uno está en manos de ejecutivos que tienen en su cabeza cosas extrañas, y que les da lo mismo el producto que tú tengas. Era como darle trufas a los chanchos.

– Culpaste directamente a Vasco Moulian, que era el director de programación, en ese entonces, por el fracaso de La ofis. ¿Todavía piensas lo mismo?
-Yo he demonizado a Vasco Moulian. Pero la verdad es que a Moulian lo pusieron ahí. Eso sí, hay que rayarle la cancha, porque a veces habla o escribe de cosas de las que no tiene idea. Pero Vasco también es actor y sabe que mediáticamente él opera con un personaje. Honestamente, no tengo ningún resquemor. Creo que fue más allá de él, asignarle una importancia es hacerle un homenaje que no quiero hacerle. Y si está metido en este asunto de la tele tendrá que pegar combos y aceptar que le peguen, también.

Girar a la derecha

-Fuiste parte de la franja del NO, pero en la última elección votaste por Piñera. Eso te trajo muchas críticas y más de alguna burla. ¿Sigues piñerista?

-Para mí no tiene ninguna significación haber votado por Piñera. Lo que me daba risa era que me decían, asustados: “estás votando por la derecha, por los violadores de los derechos humanos, por el poder, por el capital”. ¡¡Qué agote!! Yo voté por Piñera porque no había ningún candidato relevante excepto Piñera.

-¿Cómo analizas lo que ha pasado con los movimientos sociales, las protestas, los estudiantes?
-Lo que está pasando en este país es un giro de tuerca a un orden instaurado desde la época de Pinochet. La democracia que construimos fue la que nos permitieron construir los militares. Y en eso estuvimos todos de acuerdo. Si hacemos una lista de los aciertos y los errores de los gobiernos de la Concertación, tenemos para hacer una enciclopedia. Lo mismo que los de este gobierno. La derecha tenía que tener su oportunidad. Eso sí, este no es un gobierno de derecha, es un gobierno marciano, un gobierno súper extraño. De hecho yo creo que debería haber un gobierno de la verdadera derecha.

-¿Te parece acertada la forma en que Piñera ha manejado los conflictos?
– A mí me parece que la posición del gobierno es responsable y sólida. No me parece para nada que sea terco. No podemos hipotecar todo. Chile es un país muy frágil. Claro, ahora Frei dice que hay que meterse la mano en el bolsillo. ¿Por qué no se la metió cuando fue presidente? Viendo los candidatos de la última elección, creo que ninguno de ellos hubiera reaccionado mejor. Recuerda que el ministro del Interior de Marco Enríquez-Ominami iba a ser Max Marambio. Así es que, ¿de qué están hablando? ¡No jodan tanto con Hinzpeter!