• El modelo de Winston Churchill • Off the record • El profesor • Los tiros de Allamand • Contrapunto: Melnick y Solari • Los contrincantes.

 

  • 25 enero, 2011

• El modelo de Winston Churchill • Off the record • El profesor • Los tiros de Allamand • Contrapunto: Melnick y Solari • Los contrincantes.

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El modelo

Si hay alguien que puede definir la resilienc ia, esa capacidad para sobrevivir a las situaciones limites gracias a la flexibilidad, es Wins ton Churchill, quien ha sido un referente y un heroe para An dres Allamand a lo largo de su convulsionada carrera politica. Por Marcelo Soto.

 

Winston Churchill dijo alguna vez que “la política es casi tan excitante como la guerra… e igual de peligrosa. En la guerra sólo pueden matarte una sola vez de un balazo, pero en la política, muchas”. Alguien que conoce bien tal axioma es Andrés Allamand, un dirigente al que varias veces sus adversarios –y amigos– han dado por muerto –en términos políticos, se entiende–, pero que ha tenido una habilidad casi milagrosa para sobrevivir.

Churchill (1874-1965) es, de hecho, el gran modelo de Allamand, su personaje histórico favorito. El abogado de Renovación Nacional es un fanático del genial primer ministro británico: suele contar anécdotas de su vida, algunas de ellas relacionadas con su gusto por la bebida y su sentido del humor y de la ética, un tanto anacrónicos; en su oficina cuelga un enorme retrato del hombre que le plantó cara a Hitler –cambiando de paso el curso de la historia– con la frase “merecemos la victoria”; y en su biblioteca una pared entera, con varias repisas, está dedicada a los libros, ensayos y biografías sobre el líder inglés que, para coronar una existencia inmensa, extraordinaria, ganó el Nobel de Literatura en 1953.

No es gratuita la admiración del ex senador y hoy flamante ministro de Defensa por el guerrero aristócrata, uno de los tipos más notables de su época, quien –igual que Allamand– conoció de triunfos y derrotas: Churchill demasiadas veces fue desahuciado políticamente, en varios momentos de su trayectoria se sintió acabado, experimentó el aislamiento y el rechazo de sus viejos camaradas –a menudo, en forma más que justificada– y descubrió que el éxito dura poco mientras que el fracaso deja un gusto amargo, difícil de superar. Salvando las distancias, desde luego (estamos hablando de uno de los grandes personajes del siglo XX y de un ex senador chileno que aún tiene mucho camino por recorrer), ambos comparten la capacidad para reinventarse, para sobrevivir a los duros embates de la lucha partidaria, para renacer de las cenizas y atravesar el desierto del ostracismo político.

“Quien quiera mejorar, tendrá que transformarse, y quien quiera llegar a ser perfecto, tendrá que transformarse muchas veces”, es otra de las frases recurrentes de Churchill, probablemente el único líder inglés que cometió la barbaridad de cambiarse de bando no una sino dos veces y vivió para contarlo. Nacido en una familia de larga tradición conservadora, su primera incursión electoral fue un fiasco, perdiendo una elección para la Cámara de los Comunes en 1899. Esta derrota no fue nada comparada con el escándalo que provocó en 1904, cuando se pasó al partido liberal, en una movida que sin mayor detenimiento parecía oportunista. Tras varios años en el gobierno, los conservadores iniciarían un largo período en la oposición y Churchill, si algo no soportaba, era ser un mero espectador. Estaba obsesionado por participar en la toma de decisiones y su insólito giro político tuvo la recompensa adecuada, al ser nombrado ministro por la nueva administración de sus antiguos rivales.

No sólo eso: de haber sido un político calificado habitualmente de reaccionario, pasó a ser paladín de los pobres y mano derecha de Lloyd George, el más izquierdista de los liberales, rabiosamente obrero y enemigo furibundo de la elite. Sin embargo, esta etapa radical de Winston duró poco y, con el inicio de la primera guerra mundial recuperó un discurso conservador; incluso fascista, para algunos observadores. En 1924, poco después de la derrota de los liberales, regresó al partido que lo viera nacer como dirigente, pero el período de entreguerras fue una etapa de soledad y sus discursos denunciando el peligro que representaba Hitler y la necesidad de ir a una guerra sin importar el sacrificio eran oídos como quien escucha a alguien que perdió el rumbo.

El resto de la historia es más o menos conocida: Churchill sería nombrado primer ministro y ministro de Defensa en 1940 y se convertiría en el León que pudo derrotar a los nazis. No obstante, al finalizar la guerra en 1945 y convertido en un héroe mundial, viviría su mayor derrota y sería vencido en las elecciones.

Entendiendo que están en órbitas diferentes –una universal, otra local, en un país de la periferia del planeta–, Allamand seguramente ha sacado muchas lecciones de la vida de Churchill. En días que la resiliencia está de moda habría que recordar que uno de los grandes modelos de esa capacidad para asumir las situaciones límites y sobreponerse a ellas fue el británico que le dobló la mano a Hitler. Un tipo que, como Allamand, cambió muchas veces de posición, dando muestras de flexibilidad y obstinación, descolocando a sus aliados y enemigos, porque pensaba que quienes juzgan el presente desde el pasado acaban perdiendo el futuro.

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Off the record

 

El autor de esta crónica trabajó dos años en el círculo más cercano del hoy ministro de Defensa. Allí conoció de primera mano el estilo y la rutina del dirigente de Renovación Nacional: reuniones que podían durar 12 horas; una agenda diaria con mil temas; una franqueza brutal al momento de discutir y la capacidad para negociar y dar vuelta a sus adversarios casi sin que se diesen cuenta. Este es un recorrido personal por el lado menos conocido de un político duro de matar. Por Alfonso Peró.

 

Es un animal político. De esos que tienen siete vidas. Su agenda semanal se parece bastante a una guía telefónica porque, literalmente, no para. Buen observador, analista sagaz, trabajólico y un duro negociador, así es Andrés Allamand en la intimidad. Posee un don especial para convencer con sus argumentos incluso a sus adversarios, aunque también una cierta impaciencia y una rudeza que le juegan malas pasadas. Su rutina es una “locura”.

Allamand ha peleado muchas batallas –y algunas las perdió–, y el día en que supo que no estaría en el primer gabinete del presidente electo Sebastián Piñera, su reacción ante la noticia lo retrata de cuerpo entero. Era el día de su cumpleaños, y sería una jornada de sensaciones agridulces.

Fui su asesor entre 2006 y 2008 y, luego de un tiempo sin mayores contactos, lo llamé en enero de 2010, después de la segunda vuelta presidencial. Bastaba escucharlo para percibir que estaba enajenado con la victoria. Sentía suyo el triunfo de Piñera. “Por fin los desalojamos”, me dijo, en alusión a su libro El desalojo, un texto que propuso una estrategia política frontal contra el gobierno de Bachelet que sólo para algunos –más bien pocos– era la correcta.

La postura de Allamand tenía dos fines. Uno, hacer ver las falencias de la Concertación –sin disimulos ni compromisos– para así provocar un desorden en las filas enemigas. Lo segundo era impregnarles coraje político a los parlamentarios aliancistas. El juego poseía un matiz doble: fiscalizar con rigor… pero sin perder de vista las reformas importantes para el país (como la previsional y la educacional, que Allamand apoyó).

Fiel a su estilo y sin perder tiempo, me dijo: “resérvate el 7 de febrero. Ven a Santo Domingo porque voy a celebrar mi cumpleaños”… “Ok, ahí estaremos, al pie del cañón”, le dije, tomando prestada una frase suya, que Allamand suele repetir, como intentando poner en palabras esa energía que tiene y que agota a cualquiera.

El día de la celebración, antes de partir a la casa de veraneo que el entonces senador arrendaba en Santo Domingo, leí los diarios. Piñera advertía que no iba a nombrar a parlamentarios en su gabinete y que, probablemente, muchos senadores se enojarían con él. ¡Vaya frase para empezar la mañana! El senador estaba seguro de que iba a ser ministro, aunque la decisión de privilegiar un gabinete técnico –defendida por Larroulet y Brahm– ya estaba tomada. Esta vez, quedaba fuera.

Eran como las 14:30 cuando toqué el timbre. Fuera de la casa, la calle estaba llena de autos. El senador recibía a los invitados junto a los suyos. Tenía puesto un sombrero de paja, anteojos oscuros y unas crocs azules que grafican su mal gusto o la poca importancia que le da a las correctas combinaciones. Sin rodeos, me preguntó: “¿viste el diario?”. Le respondí “sí”. No puedo reproducir el diálogo que vino a continuación, pero su molestia era evidente. Estaba destruido, pero hacía lo imposible por sonreírle a los presentes… Era su cumpleaños.

La conversación que sostuvieron Andrés Allamand y Sebastián Piñera el día anterior al nombramiento del gabinete fue durísima. Pero no era la primera. La relación de ambos es rara y para intentar describirla me permito citar la clásica frase del Padrino: it´s not personal. It´s business. Ambos tienen claro cuándo empiezan una esfera y la otra: la política por un lado, y esa intimidad en la cual lo pasan bien, se tiran tallas y complementan ideas. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, siempre se las arreglan para terminar remando para el mismo lado.

Si algo caracteriza a Allamand es su capacidad de dar vuelta la página rápido. Y no anda con cuentos. Dice lo que piensa. En ese momento, cuando supo que no sería ministro, el abogado estaba convencido de que la composición del gabinete no era la acertada. Así lo manifestó públicamente. Algunos dicen que ese estilo confrontacional viene desde los tiempos en que jugaba rugby y que no tiene esa capacidad de “contención” que todo político necesita. Los entendidos en la materia vociferan que se equivoca en los tiempos. Quienes trabajamos con él podemos afirmar que los tiempos le importan un verdadero rábano.

A todo ritmo

Allamand no camina: vuela. Suele decirle a don Carlos, su chofer, “a las 7:00, saliendo”, como indicándole que a esa hora el auto debe estar prendido y listo para partir al Congreso o algún otro lugar. Pese a ello, el dirigente de Renovación Nacional, por lo general, se aparece con minutos de retraso y, tras subirse al auto, suele volver a buscar su lapicera, la corbata o algún documento importante. Ya en el coche, su teléfono no deja de sonar. Diputados, dirigentes, senadores y ministros lo llaman constantemente para tantear temas. Son pocos los que tienen licencia para retarlo y, menos, los que son capaces de hacer que cambie de opinión. El ritmo es vertiginoso; entre otras cosas, porque Allamand engancha con todos los temas. Insisto: todos. Por eso algunos dicen que salta de una cuestión a otra, que no tiene constancia y que se compromete a hacer cosas que después no concreta.

Duerme poco. Prefiere hablar. Y cada vez que puede, reclama. Reclama contra la rutina, contra su agenda y contra los malditos que no lo dejan escaparse al cerro o a trotar. Ahí aflora su carácter. También, su apellido francés.

Pero en medio de esta vorágine siempre tiene tiempo para contar anécdotas, chistes o historias. Y cuando le da con una, la repite una y otra vez. Si estás permanentemente con él, puedes escuchar el mismo relato 15 veces en 3 días. Una vez, por ejemplo, me contó que tenía un amigo que, cuando va a comprar un auto, no le importa ni pregunta por su marca o modelo, sino por el descuento que le harán. Al terminar, siempre se reía, aunque fuese cuento repetido. Pero también suele recordar historias con actores de calibre mundial y así, de la nada, parte diciendo: “cuando García Márquez fue a mi casa en Washington, le pregunté quién era a su juicio la persona más culta del planeta. Me respondió que Fidel Castro, porque lo sabe todo y lo que desconoce lo inventa”.

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Equipos de trabajo

“¿Dónde están mis anteojos?”, suele preguntar Allamand. Es un secreto a voces, pero quienes lo acompañan en el día a día saben que deben guardar un par de lentes del jefe. Tiene como siete modelos. Siempre los pierde, los busca desesperadamente, a pesar de que muchas veces están en sus bolsillos. Lo mismo con los cargadores del BlackBerry. Pero ahí están quienes lo rodean para anticiparse a los hechos –lo conocen– y llevar siempre a mano a toda hora anteojos y un cargador de reserva.

El actual ministro de Defensa es un buen armador de equipos. Como deportista, sabe que para marcar un try se requieren 15 jugadores y que por más que tengas al mítico Chabal –seleccionado francés de rugby–, jamás cruzarás la línea de ingoal solo. Los incluye a todos, aunque a veces le enrostran que se “arranca con los tarros”, que se “apura y deja heridos”. Lo que pasa es que para Allamand lo más importante es avanzar porque detesta lo estático, todo aquello que requiera de permisos excesivos e interlocutores infinitos e impredecibles.

En cualquier caso, cuando diputados aliancistas le piden ayuda, deja lo urgente y se concentra en lo importante, porque sabe que respaldar el trabajo legislativo es crucial. Por su oficina de senador pasaron no sólo parlamentarios, sino también ministros de oposición. Llegaban con sus asesores y con ideas concretas que plantearle. Muchas veces, después de una larga argumentación, Allamand los zamarreaba, les desordenaba el naipe y, sin que se dieran cuenta, terminaban aceptando la “coma” de un determinado proyecto. El problema es que esa “coma” cambiaba el eje de la ley.

Dado el nivel de actividad parlamentaria –el entonces senador figuraba en tres comisiones, viajaba todas las semanas a la XI región y hacía clases–, los tiempos de tranquilidad con su círculo se traducían en extensas jornadas de trabajo. Así, uno podía entrar a una reunión a las 11 am para discutir un tema y recién como a las 18 horas, se dignaba a preguntar “¿alguien tiene hambre?”

Después de las jornadas en el Senado, subía, como a las 23:30, a comer junto a Alberto Espina, Carlos Cantero y José García Ruminot. A veces se sumaban algunos diputados como Cristián o Nicolás Monckeberg. En una sala cerrada del último piso del parlamento –con una vista impresionante a la bahía de Valparaíso–, se aprendía de política, de estrategia, de los puntos claves de los proyectos. Allí se reían de las declaraciones del día y cada uno justificaba con argumentaciones, a veces fantasiosas, que la mejor puesta en escena había sido la propia. Recuerdo una en especial: un senador que apareció en un diario –con foto y todo– dando una supuesta conferencia que nunca hizo.

Como es amigo de personajes tan distintos como Gabriel García Márquez, Fidel Castro, Hugo Porta –el mítico capitán de los Pumas–, Arturo Valenzuela, Luis Alberto Moreno –presidente del BID– y Roberto Canessa –uno de los rugbistas uruguayos que sobrevivieron tras la caída de su avión en los Andes–, tiene llegada a lugares a los que pocos tienen acceso. Una vez lo llamó un cercano para contarle que un pariente estaba con una enfermedad grave y que la única droga que lo podría sanar estaba en Cuba. En ese mismo instante, Allamand le pidió a su secretaria – María Angélica– que eliminara todas las reuniones de la tarde y que lo comunicara con un estrecho asesor del régimen cubano. A los pocos días, la droga estaba en Chile. Aunque ha tenido tropiezos en su vida pública, hace lo imposible por lograr lo que tiene que conseguir. Y rápido. No suelta el asunto hasta solucionar el tema. Sobre todo, cuando se trata de ayudar a alguien de su intimidad.

A veces parece distante, mal genio. No pocos lo tienen en la categoría de los “políticos agresivos”. Que defienda sus argumentos no significa necesariamente que sea un tozudo, aunque a veces lo parezca. Lo que pasa es que detrás de ese personaje que aparece en la televisión promoviendo el desalojo, la unión homosexual y ahora la “austeridad en Defensa”, hay una persona sencilla, a la que poco le importan las cosas materiales. Cuando se fue a Washington –donde vivió su travesía del desierto–, una de sus hijas le preguntó qué llevarían. La respuesta fue: “nada”. Allamand no tiene idea de cuántas lucas lleva en la billetera, se mueve en autos sobrios y suele –los fines de semana– ir a comprar el almuerzo al Pollo Stop. Hace la cola, conversa con la gente de la caja y, muchas veces le dicen: “oiga, qué distinto es usted en persona a como se ve en la televisión”.

Digámoslo con todas sus letras: Allamand es maneado. Se tupe para saludar a la gente, cree que puede molestar, le cuesta entender que es una autoridad, que aparece en la tele, en la radio y que eso, de por sí, resulta intimidante. Cuando entrábamos a un restaurante, la gente se quedaba mirándolo. Observaba cómo caminaba, respiraba y se sentaba. Entonces él, para sacarse los ojos de encima, se acercaba a los extraños y los saludaba. Otras, simplemente, los ignoraba, agachando la cabeza y mirando su mesa fijamente hasta estar sentado.

Camino a la montaña

Allamand acostumbra organizar paseos y escaparse al cerro Pochoco, en el Arrayán. Lleva al menos 2 litros de agua y el tranco a la cumbre es más bien conversado. Le gusta llegar arriba y mirar, se toma su tiempo en la cima. A fines de 2008 invitó a varios amigos a un paseo que se iniciaba en Villa Paulina. Entre ellos, Sebastián Piñera y su hijo Cristóbal, Nicolás Monckeberg, el hijo de Allamand, Raimundo, y Marcela Cubillos. Para llegar al campamento había que caminar como 10 kilómetros por el valle, desde donde la vista al glaciar La Paloma es privilegiada. Cuando estábamos a escasos metros de pasar por la Conaf, sonó el teléfono de Piñera. Le querían hacer una entrevista radial. Como si nada, el actual mandatario empezó a contarle a la prensa que iba camino al Plomo (un cerro que tiene 5.400 m de altura). Luego de cortar, las risas y bromas no pararon hasta la despedida, debido al afán del presidente por agrandar sus proezas.

Tres mulas cargadas y tres caballos llevaron el agua, la parrilla, dos botellas de vino, las carpas, los sacos y todo el equipamiento necesario. La idea era que el grupo llegara al campamento y la carne estuviera en su punto. Las bromas iban y venían. El primero que dijo “paremos a comer algo” sufrió las inclemencias del actual mandatario y del propio Allamand: “así que estás cansado… tráiganle un caballo” y varios etcétera más. De ahí en adelante nadie esbozó ninguna pista que pudiese interpretarse como fatiga. Durante el trayecto se podía apreciar la sintonía que tenían el senador y el empresario: la conversación fluía naturalmente. Había respeto.

Después de dos días y ya en Santiago, Sebastián Piñera se subió a su BMW blanco. Allamand, que por lo demás maneja pésimo –suele cunetearse y perderse– emprendió camino con Don Carlos al volante. Nuevos desafíos, mucho más exigentes que subir un cerro, los esperaban a ambos.

La regla de oro

Doce meses después de ganar la elección y a tres años de haber compartido un paseo de dos días con los suyos, el presidente nombró a Allamand en la cartera de Defensa. Obviamente, aceptó. De inmediato llamó a Marcela Cubillos para que abordara el primer avión a Valdivia y así celebrar el cumpleaños de la primera dama en la casa del mandatario en el lago Ranco. En aquella ocasión no hubo explicaciones, plegarias ni vueltas atrás. Porque, a pesar de sus distancias y periódicos quiebres, tanto el presidente como el actual ministro tienen cosas en común: no guardan rencores y se profesan un respecto intelectual mutuo.

Allamand asume sabiendo que existe una regla de oro: tiene autonomía para ejercer en plenitud su cargo, pero sabe que la palabra final siempre la tiene el presidente. Y esa autoridad no se cuestiona. Puede sonar obvio, pero en una relación tan inusual como la que tienen desde hace años, hasta lo más normal parece una excepción. Frente a los problemas siempre habrá un canal de comunicación abierto. Franco, directo, sin eufemismos. Lo que salga de ahí no será cuestionado públicamente. Ese es el compromiso.

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El profesor

Aunque menos difundido que su actuación partidaria, Andrés Allamand tuvo un destacado paso por la academia, campo en el que dejó un legado al diseñar un curso que incorporaba las variables políticas al mundo de los negocios. Por Andrés Benítez.

 

Una de las facetas más desconocidas de Andrés Allamand es su pasión por la academia. Cuando volvió de su suerte de exilio político en Estados Unidos, ingresó a la Universidad Adolfo Ibáñez, donde desarrolló una fructífera carrera en el ámbito de la docencia. El aporte del hoy ministro de Defensa fue incorporar las variables políticas al análisis económico.

Su premisa era clara: los ejecutivos están muy centrados en los aspectos duros de los negocios, pero dedican poca atención al entorno en que se desenvuelven las empresas. Así, muchas iniciativas fracasan no por el modelo de negocios, sino porque no consideran las variables externas. Estas pueden estar vinculadas con temas atingentes al medio ambiente, cambios legislativos importantes o modificaciones en la discusión política nacional e internacional.

Durante sus años en la universidad, comenzó a desarrollar cursos que abordaban estas materias. Pero todo esto no era sólo intuición. Allamand es un gran lector. Siempre está al día de la bibliografía de vanguardia, lo que le permitió ir sistematizando sus ideas bajo un esquema teórico muy poderoso. Así las cosas, fue el padre de un curso que denominó Entorno. Como bien dice el nombre, se trataba de analizar el ambiente social y político que rodea a las empresas y a sus negocios. Todo esto, con un toque de globalidad; porque, además, Allamand es un conocedor de la realidad de nuestros países vecinos.

El curso Entorno debutó en los programas de MBA de la Universidad Adolfo Ibáñez y rápidamente se convirtió en uno de los favoritos de esa área. Partió como un electivo pero, al poco tiempo, los alumnos lo pidieron como asignatura obligatoria. Los ejecutivos captaron de inmediato la importancia y la novedad del asunto. Para muchos, se trataba de una herramienta estratégica de primera línea. Lo mismo sucedió con los cursos de educación exclusivos para empresas. No importaba la materia que se pidiera –finanzas, marketing, gestión–, la asignatura de Allamand era un requisito básico para las compañías. Y el día en que dictaba su clase asistían no sólo los ejecutivos alumnos, sino también los dueños de las firmas en cuestión. Todos querían escuchar sus teorías.

El éxito también se explica por las grandes dotes de profesor de Allamand. Era riguroso, pero también un gran orador. Su experiencia le permitía combinar la teoría con casos prácticos internacionales. Era un profesor informado, pero también muy entretenido y provocador de grandes debates en el aula. No fue raro que en varias ocasiones se le eligiera el mejor profesor del programa, y siempre fue uno de los docentes mejor evaluados.

Toda esta experiencia inicial fue dando forma a un proyecto que sería emblemático: la escuela de Gobierno de la UAI, de la que fue primer decano. Esa unidad representaba una innovación fundamental para Chile, ya que su objetivo principal era reunir altos ejecutivos del sector privado con los funcionarios de mayor rango del área estatal. Se trataba de trasmitir las mejores prácticas del mundo privado y público a los alumnos, en una suerte de conversación hasta ese entonces inédita. Para la formación de la escuela de Gobierno, Allamand reclutó como profesores a Ena von Baer y Rodrigo Ubilla, que hoy se encuentran en altas posiciones del gobierno.

Para Allamand no fue fácil decidir su regreso a la política al postular a la senaturía. Lo pensó y lo discutió mucho. Competían dos pasiones muy fuertes: la docencia y la política. De la primera decía que no sólo lo llenaba intelectualmente, sino que le había permitido tener los años más satisfactorios de su vida. Estaba tranquilo, tenía tiempo para leer y pensar, en un ambiente alejado de los sinsabores de la política.

Pese a ello, su opción por la política fue más fuerte, y retornó al camino público que seguía desde muy joven. Durante el primer tiempo como senador, intentó mantenerse en la docencia. Pero sus obligaciones le hacían cada día más difícil cumplir las exigencias académicas, por lo que abandonó la actividad universitaria.

Como recuerdo le queda el que, probablemente, ha sido uno de sus períodos más plenos de su trayectoria profesional, según ha confesado. Como legado, están sus cursos de Entorno, que hoy no sólo se enseñan en los MBA, sino también a los alumnos de pregrado de la universidad.

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Los tiros de Allamand

 

Para algunos analistas, el nuevo ministro de Defensa tiene un PhD en predicciones acertadas, aunque su sector no las siga. Para otros, “puede anticipar una serie de situaciones” lo cual lo convierte en un gran lector de las variables políticas, no así de su propia carrera. Lo cierto es que Allamand dispara, a veces al centro del tablero y otras fuera de éste. “En política, hay que saber distinguir entre estar en lo cierto y el momento oportuno para decirlo”, sentencian algunos. ¿Ha dado o no en el blanco? Por Carla Sánchez.

 

Separar a la derecha de Pinochet

En 1987, Allamand convocó a todos los grupos de centro derecha e independientes del país para agruparse en vista del término del gobierno militar. Para ello, se acercó a Sergio Onofre Jarpa y a Jaime Guzmán. “Andrés, no traiga a la UDI . Es imposible entenderse con ellos”, le dijo Jarpa, tal como recuerda el actual ministro de Defensa en su libro autobiográfico La travesía del desierto. Jarpa, al parecer, tenía razón. Las ideas de Guzmán resultaron incompatibles con la convocatoria.

“Allamand postuló que no era conveniente que Pinochet fuese candidato presidencial y que si lo era, perdería. También dijo que era necesario construir una derecha política, distinta a la derecha económica y, por ende, independiente de los poderes fácticos”, comenta Gonzalo Bustamante, profesor de la escuela de Gobierno de la UAI .

Siguiendo la misma línea, el ex senador fue uno de los primeros en exigir al oficialismo que asumiera la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988. “A lo mejor el estilo de Allamand cayó mal, pero la derecha es lo que es hoy día porque se ha separado de los poderes fácticos”, sentencia Roberto Méndez, de Adimark.

Las reformas constitucionales de 1989

“Los chilenos votaron que yo no siguiera, pero de ningún modo por un cambio de la Constitución. ¡No habrá cambios a las reformas constitucionales!” advertía Pinochet días después del plebiscito. Pero el entonces secretario general de RN estaba convencido de lo contrario: “reforma habrá de todas maneras. Ahora o después”, le dijo Allamand al entonces ministro del Interior, Carlos Cáceres. Entre sus propuestas, la más ambiciosa era la de eliminar a los senadores designados y vitalicios. En ese entonces, su idea no cayó para nada bien en la derecha. Sin embargo, en 2005 se aprobó la polémica ley.

Victoria cuestionada

Para las elecciones senatoriales, Allamand –tras un acuerdo entre RN y la UDI – fue el único candidato del conglomerado. Esto dio pie para que diversos analistas reflotaran la crítica de que el ex senador “nunca ha ganado una elección” (perdió en 1997 frente a Carlos Bombal y Alejandro Foxley, por Santiago). La maniobra incluso le valió el apodo de “senador designado”.

La apuesta por Lavín

Después de su propia travesía por el desierto, Allamand volvió a la arena política justo cuando Joaquín Lavín se posicionaba como la carta presidencial del sector para las elecciones de 2005. El ex presidente de RN pasó a formar parte del selecto grupo de samurais. En Renovación Nacional, el nuevo rol de Allamand no cayó muy bien. Eso, sumado a que apoyó el “golpe de timón” que descabezó a Piñera y a Longueira de las presidencias de los partidos. “No supo leer que la candidatura de Lavín estaba a la baja y que surgiría la de su par RN. Eso deterioró la relación entre ambos”, anota Bustamante.

Incorporar a Piñera en la derecha

Desde los tiempos de la patrulla juvenil, Andrés Allamand y Sebastián Piñera han sido partners. Según consigna el libro Piñera, historia de un ascenso, el hoy presidente pensó adherir a la Democracia Cristiana, pero habría desechado la idea porque implicaba hacer carrera política, es decir, empezar desde abajo… todo a su tiempo. “No tengo la personalidad para partir como concejal”, habría dicho el actual mandatario, según relata el libro. Fue Allamand quien invitó a Piñera a incorporarse a Renovación Nacional después del plebiscito. En ese entonces, el ahora presidente se puso de cabeza a trabajar por la campaña de Hernán Büchi. Entonces les dijo a sus ejecutivos de Bancard: “ustedes están al mando del buque. Yo entro a la política”.

Relaciones intrapartidarias

Las relaciones con sus pares de la Alianza tienen bastante de agraz. Durante los 90, se peleó con el área conservadora de la derecha al plantear reformas que según sus detractores estaban “inmaduras”. Y como los elogios provenientes de la Concertación no le daban votos, se acercó al círculo de Lavín y, al mismo tiempo, a la derecha conservadora. La misma que hoy critica su Acuerdo Vida Común.

La teoría del desalojo

Durante el gobierno de Michelle Bachelet, Allamand lanzó otro de sus dardos: El Desalojo, por qué la Concertación debe irse el 2010.

La idea era delinear una ruta de navegación para la Alianza con el objetivo de impedir un quinto gobierno oficialista. “Anticipó que la fórmula para ganar era cuestionar la habilidad de la Concertación para seguir gobernando”, sentencia Patricio Navia.

Una vez más, no le falló el olfato. Pese a sus diferencias con Piñera, fue el creador de la Coalición por el Cambio que, además de RN y la UDI, incorporaba a gente como Fernando Flores –Chile Primero-, Adolfo Zaldívar –PRI- e independientes que provenían de la Concertación.

El cambio de gabinete

“Sería un grave error creer que los partidos están para ganar elecciones y los ejecutivos para gobernar”, señaló Allamand tras el nombramiento del primer gabinete. Piñera le respondió que “los chilenos están hasta más arriba de la coronilla de las peleas chicas entre los políticos”. Pero para el analista Patricio Navia, el entonces senador “dio una explicación muy razonable de por qué el gabinete técnico no iba a funcionar, y acertó”.

A menos de un año de sus juicios, el ajuste ministerial se llevó a cabo.

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Contrapunto: Melnick y Solari

Los cambios de gabinete: una jugada maestra

 

Los dos nuevos tanques –Allamand y Matthei– son poderosos y, a pesar de los problemas que todos conocemos, los unen grandes batallas ganadas. Aumentó entonces notoriamente la probabilidad de que la Alianza gane un segundo periodo. Por Sergio Melnick.

 

La trama

Los cambios de gabinete de un gobierno son siempre, técnicamente, una forma de crisis; el resto es música. Es como el matrimonio: nadie se casa con la idea de separarse. Pero ocurre. Como toda crisis, es también un espacio de oportunidades. En este caso, Piñera salió jugando y transformó la ocasión negativa en positiva y la usa para enviar un poderoso mensaje público según el cual sí sabe escuchar. En esta decisión, Piñera “cede” un poco de poder a los partidos y, de esta manera, paradójicamente, gana poder al asegurarse el apoyo total de éstos en los planos comunicacional y estratégico. Esto último significa que los partidos pasan a la ofensiva, a la pelea más dura y frontal: o sea, lo que el gobierno no debe hacer, y por lo cual es tan importante. También da una fuerte señal de que está involucrado en la importancia de las próximas elecciones –foco de interés de los partidos–.

Un cambio de gabinete es un evento significativo en política. Es parte del terrible juego del poder, en el cual para que unos avancen otros deben retroceder. Es el momento en que el mandatario admite errores; obviamente, él se equivocó en las designaciones, lo que no desmerece a los que salen.

Estimo que hay un gran eje pivotal para leer este cambio: el mayor acercamiento de Piñera a los partidos que lo apoyan y que lo llevaron a la presidencia. Un tema que estaba al debe.

La gran señal

La relación de Piñera con sus partidos se venía comentando con enorme fuerza, ya que, en mi opinión, se reproducía el enorme error político de Bachelet cuando trató de gobernar sin éstos. A la Concertación, los errores sistemáticos de la entonces presidenta le costaron finalmente la reelección. Pero Piñera aprende mucho más rápido y eso es parte del mensaje que debemos leer.

Así, dos grandes tanques de la Alianza (Allamand y Matthei) entran al gobierno. Es evidente que su ingreso supera los aspectos técnicos de sus respectivas carteras. Más aun, ambos son eventualmente presidenciables, lo que lleva a un gabinete con 5 ministros con proyecciones: Hinzpeter, Lavín, Golborne y los dos señalados. Esto lo convierte en un ministerio muy poderoso desde el punto de vista comunicacional. Veamos un ejemplo: Golborne hace mucho más noticia como eventual presidenciable que como ministro técnico.

Allamand es uno de los mejores analistas y estrategas políticos del país. Su debilidad está en las elecciones, que lo mandaron al desierto. Su acercamiento a Piñera es clave y generará un impacto que se notará desde muy temprano. ¿Cambió acaso la lógica del gabinete? No. La oposición dirá que este cambio representa el fracaso del modelo técnico de gobernar. Craso error. Es al revés: lo ratifica. En Energía se agregan funciones al símbolo mismo de lo técnico: Golborne. En Transporte viene otro gran técnico. En Defensa siempre fue un político. Y en Trabajo, lo técnico es precisamente ser político. En suma, queda inalterada la lógica inicial del gabinete. En esencia, no es un cambio mayor: 4 de 23 ministros.

La ecología comunicacional

Nuestra cultura, en general, desprecia los datos. Las encuestas reflejan opiniones y emociones, frecuentemente contradictorias con la evidencia más dura. Bachelet hizo un pésimo gobierno, medido en logros reales, y obtuvo una alta popularidad. Piñera es sobresaliente en resultados, pero genera pocas emociones. Los partidos políticos representan causas y trabajan con las emociones, y eso es un matrimonio ventajoso. Más aún, las encuestas reflejan sólo los últimos eventos y no las tendencias, que es lo relevante para el futuro. Esos son los puntos claves que Piñera debe aprender si quiere ganar popularidad.

El epílogo

Piñera demostró tener una enorme capacidad de adaptación y de gestión. Un cambio gatillado por un ministro, que le adelantó su agenda, no le impidió salir jugando en tiempo record y demostrar que realmente escucha las críticas de su sector.

Este cambio le permite enfrentar 2011 de mucho mejor manera… año crucial de su mandato, ya que 2010 estuvo marcado por eventos de baja probabilidad y alto impacto que se comieron la agenda nacional. Le ayuda que la Concertación esté totalmente des-concertada, sin liderazgos claros, sin rumbo y sin propuestas. Más aún, sus eventuales propuestas chocarían contra 20 años de gobierno en que debieron haberse hecho realidad.

La señal de incorporar a los partidos a la inteligencia política del gobierno es un gran paso. Los dos nuevos tanques son poderosos y, a pesar de los problemas de todos conocidos, los unen grandes triunfos. Aumentó entonces, notoriamente, la probabilidad de que la Alianza gane un segundo periodo.

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Matthei y Allamand: patrulleros al rescate

 

Andrés Allamand y Evelyn Matthei son personajes particulares en el paisaje político chileno. Llevan muchos años en la batalla. Inclasificables dentro de la derecha, han pasado de blandos a duros, de liberales a conservadores. Alternativamente, de enemigos a mejores amigos de la UDI. De consensualistas a promotores del desalojo. Patrulleros juveniles con Piñera. Enfrentados entre sí en conspiraciones de grueso calibre. Por Ricardo Solari.

 

Ahora son ministros de Defensa y Trabajo, respectivamente. Andrés Allamand fue ácido crítico del diseño de gobierno gerencial. Lo que le valió, como respuesta, un duro comentario de la actual ministra Matthei, quien dijo que “es un pena que Allamand haya decidido bailar la cumbia de los picados”. Ambos fueron discrepantes explícitos del estilo político desplegado en los últimos meses, dada la falta de diálogo con los parlamentarios y los partidos.

Nada ha cambiado tanto como para que sus juicios no se mantengan vigentes. La entrada de ambos, con su peso político indesmentible, garantiza el inicio de una interna de proporciones en el Ejecutivo, con consecuencias difíciles de pronosticar.

Su llegada al gobierno, en medio de la caída en las encuestas, con el propósito de refuerzo, supera a las propias figuras de los ex senadores y debe analizarse desde la realidad del funcionamiento de los procesos de toma de decisiones en el Estado.

No creo en los esquemas de gobierno en los que la línea y el staff (segundo piso) comparten la jefatura. Menos creo en un esquema de múltiples jefes en la línea del mando político. En el gobierno de Aylwin, la dupla Boenniger-Correa tenía el comando de la gestión política. Era un binomio afiatado, incluso antes de la fundación de la Concertación como alianza política. En el gobierno de Lagos, Insulza (que por algo se ganó el apodo de panzer) era reconocido como el primus inter pares entre los ministros, mientras el segundo piso (Ottone y otros) trabajaba en reforzar su gestión.

Pero un segundo piso fuerte, como el actual ha demostrado ser, con varios jefes políticos que no se complementan, sino que compiten por egos o por convicciones, no es evidente que vaya a funcionar.

Por historia, Evelyn Matthei, Andrés Allamand y Sebastián Piñera son demasiados cercanos. Esa cercanía, en los momentos difíciles, como son la mayoría de los días en un gobierno, puede confundir los términos del contrato. Para ambos, este es un camino sin retorno. Una eventual salida de Allamand o de Matthei del gobierno constituiría una crisis casi terminal. La Defensa nunca ha sido una pasión de Allamand. Su fortaleza está en la política y en los asuntos internacionales. Esperemos que el Altísimo nos proteja si el ministro de Defensa, sea quien fuere, quiere jugar roles en la conducción de la política exterior. Por eso, lo más razonable es que –pasado un tiempo– se realice un enroque, corto o largo, y alguno de estos experimentados políticos termine donde corresponde: a la cabeza del equipo político.

Los presidenciables del gabinete (Golborne, Hinzpeter y, ahora, Allamand y Matthei) pueden potenciar políticamente al gobierno, pero desperfilan su gestión sectorial y no ponen foco en la materialización de sus programas; porque un presidenciable cuida su propio proyecto más que protege la (hoy desgastada) imagen del presidente. Se habla del periodo de Lagos, cuando estaban Bachelet, Alvear e Insulza; pero se olvida que las dos primeras abandonaron al gobierno un año y medio antes de su término para emprender sus propias campañas. Si no se quiere que este gobierno concluya en una batalla entre presidenciables, los ministros precandidatos deberían dejar atrás el Ejecutivo entre agosto y septiembre del próximo año. Justo antes de las municipales.

En resumen, creo que la entrada de estos pesos pesados no termina de clarificar la gestión política del gobierno e, incluso, pueden sumar nuevas complejidades.

Creo que el efecto positivo del cambio será de corto plazo para La Moneda. En todo caso, para ambos es una nueva aventura. Es probable que Allamand ya esté escribiendo su próximo libro. Quizás se lo imagina terminando un día 11 de marzo no muy lejano con la banda presidencial cruzando su pecho.

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Peleas de familia

 

No dejo de pensar en la parabola del hijo prodigo. Por una parte, Allamand vuelve al regazo de Piñera. Por la otra, Hinzpeter, aquel que siempre estuvo al lado del mandatario, quizas considera injusto que sean otros los que tardiamente aparezcan sindicados como el gran soporte politico del presidente. Por Jorge Navarrete P.

 

Mucho se ha especulado en torno a los efectos políticos que tendrá al interior del gobierno el ingreso de Evelyn Matthei y Andrés Allamand. Sin duda se trata de dos figuras prominentes de la clase dirigente, lo que redundará en una mejor capacidad negociadora del gobierno, mayor legitimidad de sus decisiones y un diagnóstico más adecuado de las fortalezas y debilidades de la actual administración.

Con todo, uno de los temas que más morbo ha despertado en los medios de comunicación se refiere a la relación que el otrora miembro de la patrulla juvenil tendrá con el actual ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter. En efecto, y aunque se conocen desde hace muchos años, su relación política no ha sido del todo fácil. Más todavía ahora, cuando, primero como generalísimo de la campaña de Sebastián Piñera y después siendo el jefe de gabinete, Hinzpeter es a todas luces la persona que más cercanía política guarda con el presidente (valga lo que valga eso tratándose de este presidente).

Y aunque a primera vista abundan las similitudes entre ambos –abogados, liberales, con instinto político y sentido del poder- la manera en que cada uno escogió desarrollar su carrera pública ha sido completamente diferente. Mientras la trayectoria de Allamand ha estado marcada por la audacia, el vértigo y las polémicas, el ministro Hinzpeter parece inclinarse por un estilo menos protagónico y, por lo mismo, más reflexivo; eficiente, aunque no muy vistoso.

De hecho, y sin ir más lejos, la propia figura de Piñera ha jugado un rol central en las diferentes formas de abordar el protagonismo político de ambos ministros. Allamand siempre vio en el presidente a un competidor. No es extraño, por lo mismo, el historial de desencuentros. Sólo para listar los más rutilantes, recordar que el hoy titular de la cartera de Defensa, en la época que integraba los Samurai de Joaquín Lavín, fue parte de la operación política para sacar a Piñera de la presidencia de RN; años después dijo que la candidatura del actual mandatario era “un misil para los intereses de la centroderecha”, y siempre le recordó que resultaba incompatible “tener protagonismo político, si al mismo tiempo se continúa siendo un activista de los negocios”.

El caso del ministro del Interior es al revés. Hinzpeter es y fue siempre un leal colaborador de Piñera, incluso a riesgo de ser etiquetado como una versión sucedánea del empresario, algo así como un Mini-Me –el personaje representado por Verne Troyer en la segunda y tercera version es de la parodia Austin Powers–, el que sin embargo supo ganarse la confianza del presidente mostrando eficiencia, disciplina y talento.

De esta forma, no dejo de pensar en la parábola del hijo pródigo. Por una parte, y después de una larga vuelta, en una historia plagada de desencuentros, Allamand vuelve al regazo de Piñera. Por la otra, Hinzpeter, aquel que siempre estuvo al lado del primer mandatario, quizás considera injusto –como de hecho lo manifestó respecto de Golborne– que sean otros los que tardíamente aparezcan sindicados como el gran soporte político del presidente.

En definitiva, estamos en presencia de una tensión abierta y declarada. Hay principalmente dos cuestiones en disputa. Primero, la influencia (leáse la confianza de Piñera) para efectos de conducir políticamente al gobierno y resolver las diferencias de criterio en torno a las acciones e iniciativas del ejecutivo. Segundo, está en juego la herencia, es decir, la decisión de quién será finalmente el ungido para representar el legado de esta administración, tanto en lo que se refiere al proceso refundacional de la derecha como a la posible sucesión presidencial. Y aunque los aspirantes y dispuestos a competir son todavía más –pienso en Lavín, Golborne o incluso Matthei– el foco inmediato estará puesto en quienes integran la familia de la “derecha liberal” o –para seguir con la metáfora filial– entre los legítimos descendientes de lo que históricamente representó Piñera.

Se equivocan quienes dan por conocido y obvio el resultado de esta disputa. Se han barajado las cartas y todos deberán reconcursar en las sinuosas aguas del poder. Con sus virtudes y defectos, sus cercanías y desencuentros, se enfrentan a una nueva etapa, a otra carrera, la que hoy tiene un resultado incierto.

El presidente sabía que más temprano que tarde debía arbitrar en esta contienda. El gobierno es la vitrina más privilegiada para desplegar los liderazgos políticos de su sector. Hoy, después del cambio de gabinete, ya no sólo niveló la cancha para que se desarrolle este partido en igualdad de condiciones, sino también –incluso, más importante todavía– podrá ejercer mayor control sobre los pasos de quienes aspiran a sucederlo.

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