Cuatro años de trabajo merecían ser expuestos en una ocasión especial. La oportunidad para mostrar 19 pinturas y dos esculturas que habían permanecido inéditas, tuvo lugar en el Shanghai Himalayas Museum durante el pasado mes de junio. La exposición Color Maze, de Benjamín Lira, se instaló durante diez días en el principal barrio financiero de la metrópolis china. Y ahora, una parte de ella se podrá ver en la Galería Patricia Ready.
Por Sofía Merino

  • 19 agosto, 2019

“Dos cosas”, le dice el comerciante de vinos chino Patrick Ming al artista contemporáneo Benjamín Lira, mientras le regala un libro de las grutas con pinturas y esculturas budistas de Mogao, “lo primero, es que el próximo año vayas a mi país a conocer estas cuevas y lo segundo, que hagas una exposición de tus obras en Shanghái”. Ming no conocía a Lira antes de este ofrecimiento. Solo sabía que era el creador de las singulares etiquetas protagonizadas por cabezas de los vinos de la Viña Quebrada de Macul, incluyendo Domus Aurea.

Un año y medio después, las palabras de Ming se hacían realidad y el artista nacional emprendía rumbo a Shanghái junto con 19 pinturas y dos esculturas. La embajada chilena en China, Wine of Chile, y la curadora chilena Antonieta Landa, junto con la italiana Silvia Vannacci, lograron que desde el 14 al 24 de junio las obras de Lira estuvieran expuestas en el Shanghai Himalayas Museum. Los trazos simples, los colores fuertes y sus características cabezas se adueñaban de una de las galerías más importantes de China, ubicada en pleno Pudong; el distrito financiero y más moderno de la ciudad donde reinan los rascacielos, como el clásico Oriental Pearl TV Tower o el excéntrico Shanghai Tower. El edificio, además, es obra del destacado arquitecto premio Pritzker 2019, Arata Isozaki.

Azul verdoso, azul claro, azul oscuro. Más azul. Amarillo fuerte y rojo intenso, pero siempre azul. “Muze significa laberinto en inglés. La titulé así porque la trama de la exposición es el color y la figura humana. El que prevalece es el azul. No lo hice de adrede, pero como siempre tuve en mente mostrarlas juntas quizás eso me llevó a que todas tuvieran un color y temática similares”. Cuatro años fueron los que Lira destinó a preparar esta colección. La terminó en 2018, pero no la había querido mostrar. Estaba esperando el momento indicado, hasta que llegó la oportunidad de Shanghái.

-Tus obras siempre se han caracterizado por llevar colores intensos, ¿por qué?

-Cuando niño yo sufría dislexia, entonces descubrí que la mejor forma para comunicarme era a través de los colores y dibujos. Me conecto con ellos, los sigo y los controlo según mi memoria visual. No sé de a dónde los saco, pero mis ojos siempre van buscando la relación entre los objetos, las texturas y los colores. Pinto como si estuviera haciendo una escultura cromática.

-¿Por qué crees que el arte chino clásico casi no usaba color? 

-Históricamente la pintura clásica china es monocroma porque está relacionada con la caligrafía, cuya base es la tinta que se saca del carbón. Entonces tienen valores del blanco al gris, del gris al negro. Valores, pero no colores. Cambiaba de tonalidades dentro de los grises según qué tanta agua le aplicaban a la tinta. Por es creo que mis cuadros llamaron tanto la atención en Shanghái. Para ellos es muy extraño ver tanto color en la pintura.

-¿Cuál es la relación de la cultura china con tu arte?

-Siempre me ha interesado mucho la cultura y el espíritu de los pueblos orientales, especialmente China, por ser una de las culturas madre de Oriente. Me gusta que le den mucha importancia y cuidado al diseño y decoración del objeto. Es más que nada el espíritu del objeto el que me llama la atención, cuando empieza a tener identidad, poder visual y se impone. Esto se ve sobre todo en los bronces arqueológicos chinos, que para mí son los objetos más bellos y potentes que hay en el planeta.

-¿Cómo logran transmitir ese espíritu?

-A través de la simplificación de la forma, la potencia de la decoración y un estudiado diseño. Son líneas muy simples y se la juegan al máximo con la decoración. Estos utensilios fueron confeccionados para entregarlos como ofrendas a los dioses, por eso hay tanta delicadeza. A través de la decoración a base de geometría van hablando de meditaciones y significaciones budistas. Yo los he seguido desde siempre en distintos museos, como el British Museum, Metropolitan Museum o el Museo de Shanghái, que es donde está la colección de bronces chinos arqueológicos más importantes del mundo. La mayoría son objetos rituales, como jarras en distintas formas de animales para ofrenda de vinos de arroz, campanas, teteras, que fueron confeccionados desde el siglo XIII. Las decoraciones geométricas en relieve se conjugan con animales como gacelas, toros, caracoles, dragones, figuras antropomórficas. Y a todo esto se le suma además la pátina cristalizada que ha sido dada por la cantidad de años que estuvieron enterrados bajo tierra. Una maravilla.

-¿Cómo algo tan antiguo te sirve de inspiración para tu arte tan contemporáneo?

-Para mí es un privilegio poder tener una base histórica del arte universal y así poder hacer y apreciar arte contemporáneo. No elaboro todos esos diseños, pero sí quizás tomo el color, la textura, las formas geométricas. Aunque no es algo que haga consciente. Me ha servido especialmente en mi trabajo como escultor y ceramista.

-¿Crees que se venga un proyecto inspirado en este viaje?

-Es muy luego todavía, estoy recién digiriendo toda la información. Ha sido muy enriquecedor. La mente va guardando recuerdos y después van apareciendo las imágenes y las formas de a poco. Es notable como todo tiene ricas texturas: el uso de la piedra en el suelo del jardín Yu Garden y la simpleza de los arcos por los que se pasa de un patio a otro, el rojo intenso de las puertas del templo Jade Buddha, todos los objetos del Shanghai Museum, la imponencia del ejército de los soldados de terracota en Xi’an, las impresionantes pinturas y esculturas budistas de las cuevas de Mogao (Dunhuang) que se construyeron en la ruta de la seda. Lo que si sé es que Patrick Ming tiene ganas de traer una exposición de esas pinturas budistas a Chile. La idea sería además hacer una reproducción de las cuevas. Esto se ha hecho en Hong Kong, Canadá y Barcelona.

En 1996, la diseñadora Gabriela Rivadeneira invitó a Benjamín Lira a crear una etiqueta disruptiva para la Viña Quebrada de Macul. En ese entonces el primer Domus Aurea estaba todavía en crianza. Hoy, 23 años después, las inconfundibles pinturas y esculturas del artista chileno han dado la vuelta al mundo en la forma de una botella: “Hace unos años recibí un correo electrónico de un escultor japonés, quien me comentaba el gusto que le había dado entrar en una botillería en Aspen, Colorado, y encontrarse con una de mis cabezas en la etiqueta. La verdad es que siempre pensé que era como poner una carta dentro de una botella y lanzarla al mar con la esperanza de que alguien la leyera. Ocurrió… y la botella llegó al otro lado del mar; a Estados Unidos, a Japón, a China, a Singapur”.

-¿Cómo crees que dialoga el arte con el vino?

-Desde los egipcios vemos pinturas murales con la elaboración del vino y después, a lo largo de la historia universal, han ido apareciendo importantes obras que veneran al dios Baco o Dionisio. La maravillosa escultura de Miguel Ángel o El triunfo de Baco, de Velázquez, son algunos ejemplos. El arte, al buscar registrar el elogio chispeante de la vida, llega al vino, símbolo universal de la celebración.

El reino de las cabezas

En Chile solo se podrá ver una de las dos esculturas que el artista exhibió en Shanghái en la exposición Cabezas. Desde el 29 de agosto al 5 de octubre esta y otras 17 esculturas de cerámica totalmente inéditas conformarán en la galería Patricia Ready la primera gran exposición de Lira compuesta por solo cerámicas. Algunas son tan grandes que incluso superan el metro de altura. 

-¿Qué mensaje intentas transmitir utilizando siempre cabezas en tus obras?

-Busco representar la complejidad del ser humano en su dimensión existencial de la vida y para eso tomo la cabeza y la saco totalmente de contexto. No son retratos, es una figura totalmente abstracta. Trato que tengan fuerza, que no sean figuras débiles. El objetivo es transmitir una cierta atemporalidad, por eso no quiero contar una historia. Mi obra no es narrativa; es emotiva. Me interesa que la figura esté presente, pero de una manera muy meditativa.

-¿En qué elementos se nota la atemporalidad de la que hablas?

-En la mirada. Trato de que tengan una mirada de evolución infinita interior, que esté por sobre el tiempo y así se convierta en una actitud meditativa. Para eso me inspiro en la cerámica budista de China, especialmente en las de la dinastía Song y Tang, pero también de otras culturas como la africana, griega, la de Oceanía y precolombina. Esto porque también trato de seguir la historia universal de la representación de la cabeza humana. Todas ellas tienen una mirada de sabiduría, una mirada interior, que está por sobre el sentimentalismo. No les afectan los sentimientos.

-Una de las características de tus esculturas de cabezas es que siempre las dejas abiertas, ¿por qué?

-Para asimilar la forma de vasija o contenedor, que es la tradición de la cerámica en todas las culturas. La cerámica empezó con el objetivo utilitario de almacenar alimentos y agua, por eso siempre ha sido abierta. El barro rompe fronteras. Eso es lo que me gusta de este material, tiene una fuerza multicultural. A través de ella se unen todos los continentes. En mis cabezas trato de engranar la tradición del barro, junto con el misterio del hombre y la vida contemporánea.