Las películas aún se tardan meses en llegar. Los DVDs, no. 

  • 17 abril, 2008

 

Las películas aún se tardan meses en llegar. Los DVDs, no. Por Christián Ramírez

Ni idea de cuándo aparecerá en nuestros multicines la extraña biografía de Dylan Iʼm not there o el nuevo Woody Allen (Cassandraʼs dream), o cuándo los espectadores podrán comprobar qué tan desorientado anduvo Wong Kar-Wai rodando en Estados Unidos (My blueberry nights) o qué pretendía Gus van Sant al ponerse a filmar skaters en Paranoid Park y puede que pase un semestre o en una de esas hasta un año antes de tener alguna idea. Pues bien, los compradores de DVDs lo sabrán en unas pocas semanas y claro, los que se las descargaron en su momento, ya andan en busca de otra cosa.

Hasta bien entrada esta década, la “ventana” –el lapso de tiempo que una cinta demoraba en pasar de la pantalla del cine a la de TV (hoy también al computador)– se mantuvo imperturbable, pero a medida que las ventas de DVDs subían y subían, la tentación por recuperar costos a través de esa vía redujo ese lapso sin remedio. Ello no dañó a las grandes compañías, capaces de organizar estrenos mundiales para sus títulos más fuertes, pero de a poco comenzó a quitar el aire a los distribuidores independientes, que solían conseguir títulos interesantes sólo después de que estos salían de circulación de los mercados más grandes, pero que hoy ven cómo esa estrategia los hace llegar con retraso respecto de los DVDs y perder una buena cantidad de espectadores que ya vieron la película en su tele y no están dispuestos a repetir.

El caso de Inland empire de David Lynch, un filme que debe haber costado carísimo traer y que languideció en los cines porque muchos fans ya la tenían en sus casas, es la mejor prueba de que la mentalidad del espectador cambió. Ya no existe la paciencia. En los 70, una película como Taxi driver podía llegar a salas un año después de su estreno ofi cial y nadie alegaba. Hoy tampoco se alega, pero por olvido: para entonces el que fuera un producto estrella ya está en las canastas de los descuentos y nadie se lo lleva.

Los pequeños distribuidores tienen razón en lamentarse –así las cosas, mejor ni pensar en correr riesgos, es preferible jugarse por artículos probados– pero no deberían echar toda la culpa a las tiendas que traen DVDs importados o a los videoclubes que los arriendan. Estos, simplemente, están cubriendo una demanda que los primeros ya no satisfacen; son éstos los que hace más de un mes están ofreciendo Into the wild, de Sean Penn, el mejor estreno en lo que va de 2008, un filme que –sea por costos, desinterés o falta de fe, no importa– nuestros distribuidores no tienen contemplado en sus planillas. En una de esas cambian de idea y lo traen… dentro de un año.