Próximos a organizar la cuarta conferencia internacional de educadores Benedictinos, los tres colegios del Movimiento Apostólico Manquehue –San Benito, San Lorenzo y San Anselmo– celebran 25 años del comienzo de su aventura educacional.

  • 5 octubre, 2007

Próximos a organizar la cuarta conferencia internacional de educadores Benedictinos, los tres colegios del Movimiento Apostólico Manquehue –San Benito, San Lorenzo y San Anselmo– celebran 25 años del comienzo de su aventura educacional.

 

Si uno menciona la palabra “benedictinos”, lo primero que se viene a la cabeza –al menos en Chile– es la idea de silenciosos monjes dentro de un monasterio. Pero al pisar el patio del Colegio San Benito, fundado por el Movimiento Manquehue basándose en las enseñanzas y el espíritu de la orden monástica, la impresión es la contraria: mucha actividad, mucho ruido, mucha energía. ¿Cómo entender esta aparente contradicción?

 

“Es que no la hay”, responde Manuel José Echenique, actual decano del colegio y prior del Movimiento. “La gente piensa de esta manera porque al llegar a nuestro país los benedictinos adoptaron el carisma monástico, pero si en el mundo tuviéramos que buscar un denominador común para los intereses espirituales de la orden éste sería el de la educación”.

 

Una misión que el Movimiento Apostólico Manquehue ha tomado en serio desde principios de los 80 cuando, como grupo de laicos, se iniciaron en la misión educacional, guiados de la mano de su fundador, José Manuel Eguiguren. “Para José Manuel fue el final de un proceso y el principio de otro”, señala Echenique. Un camino que se había iniciado en 1974, cuando este ex alumno de los Sagrados Corazones de Manquehue comenzó una tutoría de lecturas con el padre Gabriel Guarda del Monasterio Benedictino de Las Condes y que, más tarde, lo condujo a Inglaterra para visitar la comunidad monástica de Ampleforth, monasterio que tiene adosado un colegio.

 

Fue ahí donde nació su idea de crear un colegio que cumpliese con tres características: ser una institución laica, que mantuviese intactas sus raíces eclesiales, y cuya base fuese el carisma benedictino. Esa misión se mantiene intacta hasta hoy y ha resultado en la creación de tres colegios: en 1982, San Benito (ubicado en la comuna de Vitacura y que posee actualmente 1.600 alumnos); en 1986, San Lorenzo (en Recoleta, con una matrícula de 850); y en 1995, San Anselmo (en la entonces floreciente Chicureo con 1.400 alumnos).

 

“La aventura ha sido grande y ha generado muchos frutos”, comenta Echenique. Y probablemente vengan más en camino, porque se aprestan a organizar la Cuarta Conferencia de Educadores Benedictinos, Benet 2007, en la que representantes de 6 congregaciones benedictinas podrán observar de cerca la experiencia de sus pares chilenos, un recorrido que –de hecho– les interesa mucho, “porque lo han reconocido como único”.

 

 

 

Comunidad de comunidades

 

 

¿Qué hace tan especiales a estos colegios para estas visitas de más de 20 países que llegarán a fines de octubre? “Es muy probable que les interese mucho que esta sea una experiencia exitosa organizada por laicos”, comenta Jonathan Perry, secretario general del Movimiento. “En el mundo, la orden benedictina se ha caracterizado por su permanente interés por el trabajo educativo (fue en sus monasterios donde buena parte de lo que conocemos como cultura occidental se salvaguardó durante la Edad Media), pero en Hispanoamérica su introducción como orden es relativamente reciente. Los benedictinos llegaron a Chile en el siglo pasado y no lo hicieron como educadores. Eso explica el interés de monjes y monjas de otros países, por observar cómo esta misión fue adoptada por laicos, cómo pusimos en acción aquella máxima que dice Educar como lo hizo Benito”.

 

Según Manuel José Echenique, una de las grandes ideas detrás del proyecto educador es concebir al colegio como una “comunidad de comunidades”, un proyecto que no solo está formado por alumnos, apoderados, profesores y oblatos (los 35 miembros del movimiento que trabajan en los colegios), sino que como un todo orgánico. “Sería imposible que planteáramos a nuestros alumnos la disyuntiva de venir al colegio a rezar o venir a aprender como algo excluyente. Uno de los grandes aportes de los benedictinos a la vida monástica fue establecer un horario. La idea de que en la vida y, por extensión en el colegio, cada cosa tiene su espacio, su lugar”.

 

Respecto de la excelencia académica, Echenique indica que se trata de un objetivo importantísimo, pero que no tendría ningún sentido si este trabajo intelectual no fuera acompañado de su equivalente en la esfera física y en la espiritual. Este esfuerzo se refl eja particularmente en la relación que el colegio establece con sus propios alumnos. “A medida que las generaciones de alumnos se fueron sucediendo unas a otras, en estos 25 años, el compromiso de los ex alumnos con la institución se ha vuelto más y más fuerte. Algunos se han incorporado como oblatos, algunos al sacerdocio, pero la gran mayoría ha mantenido un contacto estrecho”, indica Echenique y agrega que ello también se produce a nivel interinstitucional, entre los tres colegios del movimiento, y en especial a través de su sistema de tutorías.

 

“A través de éstas, los alumnos mayores entran en contacto con sus compañeros menores a un nivel de cercanía que el rector ni ningún profesor podría llegar a tener. Al punto que hoy sería imposible concebir nuestro trabajo evangelizador sin el concurso del alumnado”, expresa.

 

Esa colaboración también se produce a nivel nacional, a través de los viajes de grupos de alumnos y ex alumnos a una casa de formación que el movimiento mantiene en la Patagonia, y los trabajos en grupos pastorales en Inglaterra que realiza cada año un grupo distinto de jóvenes (a su vez, el colegio recibe cada temporada a un grupo de 25 alumnos, procedentes de Saint Louis).

 

Considerando los logros obtenidos durante un cuarto de siglo parece lógico averiguar si ellos mismos como educadores sienten que es necesario hacer un balance. “La verdad es que se hace difícil”, comenta Manuel José Echenique. “Nuestra idea era aprender de las lecciones de la vida monástica y comunicar una visión renovada de la vida benedictina. Es decir, vincular a través de un mismo ente los caminos de la iglesia y la educación. Más que un trabajo, esto es una vocación de Dios. Es interesante que lo hagamos en una época en que se habla mucho de ser un ciudadano del mundo, pero con frecuencia se acaba siendo un ciudadano de ninguna parte”.