La vida doble es la historia del quiebre de un ser humano, de la entrega del cuerpo y del alma. “Y tú le das la paz que necesita su cuerpo” es la macabra descripción de un torturador, el Gato, para ilustrar cómo consiguen quebrar a sus víctimas, con la alternancia entre brutalidad y dependencia, entre crueldad y conmiseración que, adecuadamente dosificadas, van logrando su objetivo.

  • 17 noviembre, 2011

Por Luis Larraín

 

La vida doble es la historia del quiebre de un ser humano, de la entrega del cuerpo y del alma. “Y tú le das la paz que necesita su cuerpo” es la macabra descripción de un torturador, el Gato, para ilustrar cómo consiguen quebrar a sus víctimas, con la alternancia entre brutalidad y dependencia, entre crueldad y conmiseración que, adecuadamente dosificadas, van logrando su objetivo.

Irene, la protagonista, militante del grupo violentista Hacha Roja, en una narración vibrante y estremecedora nos va relatando cómo llegó a traicionar a sus compañeros luego de que los servicios de inteligencia del régimen, “los cenachos”, la capturaran y lograran transformarla en una delatora. Los sentimientos encontrados son, como es predecible, centrales en la trama. “Odié a mis hermanos, por haberme dejado engatusar por una religión que, como todas, no era sino un culto a la muerte”, nos dice Irene.

Y así nos introducimos en un mundo de degradación: drogas, sexo grupal, homo y heterosexual, sadomasoquismo; elementos que parecen ser una suerte de combustible para quienes después desarrollarán tan macabras labores. Y en este ambiente, están juntos víctimas y victimarios, con la dominación y el poder alcanzando también al cuerpo.

Asistimos a una detallada descripción de los guerrilleros, de sus motivaciones, de sus creencias, de sus utopías. Quizás haya en ese intento demasiada intelectualización (como de hecho la había en esos grupos). El autor no transa en eso, en llevarnos al fondo de las mentes y almas de estos personajes, aunque se arriesgue a perder lectores en la única parte de la novela que no se devora con la avidez de la acción y el suspenso.

Se trata, en fin, de un relato que captura, que te mete en ese sórdido mundo, donde vas conociendo a los personajes, generando tus pequeñas preferencias: el desprecio por algunos, una pizca de simpatía e incluso afectos por otros y comprendes también sus códigos, los de unos y de otros, los de Hacha Roja y de los cenachos.

El esfuerzo de investigación es encomiable y permite adentrarse en ese ambiente, conocer sus motivaciones, ideales y frustraciones con una mirada que al comienzo es más distante, pero luego -como un zoom- se va acercando a los personajes para retratarlos fielmente. Aunque el punto de vista es el de Irene y luego el de la Cubanita (la doble agente) -y ello le da una cierta mirada parcial a los hechos-, no hay aquí, como debe ser en toda buena literatura, un intento de satanizar ni de elogiar. Esta suerte de neutralidad de juicio está bien lograda en el texto y nos ayuda a suspender la conciencia, a meternos en unos acontecimientos que, pese a sus evidentes referencias a la realidad de Chile, pertenecen en definitiva a una obra de ficción. Dotada de progresión dramática, suspenso y emoción, tiene un final electrizante.

La elección de estructura formal que hizo el autor nos permite entrar sin ambages a la historia. ¿Qué habría pasado si, en cambio, se hubiese desarrollado más el personaje de Irene ya vieja? El autor parece no querer perder el tiempo para ir ya a contarnos la terrible anécdota que tiene entre manos, pero quizás pudo lograr mayor credibilidad retratándonos mejor a la protagonista en la etapa postrera de su vida, dejándonos ver las secuelas que dejaron en ella los hechos narrados. Ello, porque la Irene anciana, que se nos muestra tan escasamente, en la práctica no es más que un sustituto del autor. Y otro detalle en el mismo sentido de la verosimilitud: Irene, más que una profesora de francés, parece a veces filósofa, por la densidad de su pensamiento. Quizás la aplicación del novelista por entregarnos un texto con mucha enjundia juega de nuevo contra la máxima credibilidad.

Detalles menores, o más bien opciones formales que admitían otra solución, es una gran obra en que Arturo Fontaine ingresa, ya sin dudas, con prestancia y merecimientos, al reducido grupo de buenos novelistas chilenos contemporáneos.