El título de esta columna puede entenderse como un concepto de la moral cristiana, pero no lo es, necesariamente.

  • 20 septiembre, 2018

Por Max Cano – CEO Mazicorp

Siempre nos han enseñado que nuestras historias de vida incluyen una cuota importante de sacrificio. Pero es inentendible que este concepto sea aplicable a un segmento del país, como parte de su ADN y estigma por su ubicación. Me parece terrible que se definan áreas geográficas como zonas de sacrificio. Así se ha denominado a la zona de Quintero y Puchuncaví. ¿Pero es posible esta definición? Al parecer la legislación así lo ha incorporado.

Este concepto puede verse claramente reflejado en proyectos presentados al Sistema de Impacto Ambiental en diversas zonas de Chile, como por ejemplo Til-Til y Coronel; en el documento “Territorios y derechos humanos” del Instituto Nacional de Derechos Humanos, de 2014; y en diversas Resoluciones de Calificación Ambiental, entre otros.

Llama profundamente la atención que un concepto tan crudo haya servido para aligerar y apaciguar inquietudes legítimas de las comunidades frente a ciertos proyectos y no buscáramos mirar esto con mayor detención. El gran problema de no haber visto los territorios como parte de un todo y llegar a estigmatizarlos como localidades de sacrificio, conduce inexorablemente al incumplimiento del deber constitucional de garantizar que “todos somos iguales”.

¿Cómo avanzamos? No veo otra forma que quitar el “sacrificio” de la zona, eliminar las falsas etiquetas de alerta y prevención, y que los impactos se entiendan como tales, de manera que sean mitigados y compensados. Ahí es donde empresas estatales y privadas deben hacer el cambio de paradigma.

Tanto las empresas como la autoridad y los reguladores han sabido por años que la “zona de sacrificio” tiene esta connotación de cuidado, ¿no debieran entonces estar encima con exigencias permanentes, análisis de detalles, coordinación continua y comunicación directa, incluso cuando cambie el viento o las condiciones por pronóstico? Si no es así, debería ser la exigencia principal.

Paradójicamente ayer (5 de septiembre) la empresa Chevron Corp. lanzó un proyecto tecnológico, en conjunto con Microsoft, para predecir -para 2024- problemas de mantenimiento en sus campos petrolíferos y refinerías, algo esperado por años. En base a sensores que se conectan a la “nube”, a través de la Internet de las cosas (IoT), habilitan miles de equipos y predicen cuándo será necesario repararlos. Resulta fundamental que nuestras empresas conozcan esta tecnología y tomen estos desafíos, con mayor razón si son propiedad del Estado, que deben tener como resultado un valor para sus accionistas, que simplemente somos todos.

Más aún se hacen importantes estos esfuerzos, si en la zona en cuestión estamos hablando de un lugar cuya denominación exige que las personas vivan en actitud de abnegación, renuncia o privación en favor de algo que no les reporta necesariamente algún beneficio o cuidado, y que en términos de realidad puede ser incluso más duro que el peligro.

Se dice que el lenguaje construye realidad, aquí es al revés, la realidad construye el lenguaje. Un terrible y cruel uso del lenguaje.