Precisamente el mismo viernes 4 de mayo en que la edición anterior de Capital salió a kioscos con la entrevista del presidente del Metro –la revista fue  distribuida un día antes a los suscriptores–, Blas Tomic renunció a la presidencia del directorio del Metro. Fue su última entrevista en el cargo, en ella insistió que […]

  • 18 mayo, 2007

Precisamente el mismo viernes 4 de mayo en que la edición anterior de Capital salió a kioscos con la entrevista del presidente del Metro –la revista fue  distribuida un día antes a los suscriptores–, Blas Tomic renunció a la presidencia del directorio del Metro. Fue su última entrevista en el cargo, en ella insistió que el Metro no estaba para subsidiar a los operadores del Transantiago y había tenido lugar en sus oficinas pocos días antes.

 El directivo agradeció a Capital la entrevista el mismo viernes, alrededor de las 17 horas, y poco rato después ya estaba fuera de la empresa. Si sabía o no lo que sucedería más tarde, es algo que nunca dejó traslucir en la conversación.

La renuncia de Tomic fue, entre otras cosas, una respuesta dramática a la pregunta que la revista traía en portada: ¿Cuánto aguanta el Metro? Con su renuncia, Tomic dejó de manifiesto que no es sano que la empresa aguante todo. De hecho, fue su propia dimisión la que reveló a la opinión pública el
operativo hasta entonces secreto que las autoridades económicas habían discurrido para salvar al Transantiago de la bancarrota: hacer que el Metro no cobrara los 80 millones de dólares que le correspondían por su contribución al nuevo plan de transportes, a cambio de recibir del fisco un aporte de capital por igual cantidad.

Desde el alejamiento de Blas Tomic, las cosas para el Transantiago se han estado complicando gradualmente. Ahora, uno de los grandes problemas que está enfrentando el caótico funcionamiento del plan está representado por los niveles de la evasión. Es más: hay quienes consideran que si el Transantiago no ha generado más protestas es porque a un porcentaje importante de la población trasladarse de un punto a otro le está saliendo gratis. Lo cual para una fracción considerable de santiaguinos no es un asunto anecdótico. Hay consenso en que volver a un sistema donde los cobros del pasaje sean estrictos va a costar bastante.