Una de las grandes instituciones cómicas del siglo XX se apresta a cumplir 50 años. Y se celebrarán en Netflix, nada menos.

  • 29 marzo, 2018

“Es una locura la forma en que las cosas se están simplificando. No se está aplicando inteligencia y la gente anda asustada de decir cualquier cosa. Mi mujer ya me advirtió que no abra la boca de más y mantenga un bajo perfil. Estamos en un momento en que la masa se levanta, toma sus antorchas y marcha a quemar el castillo del doctor Frankenstein”.

Terry Gilliam lo dijo hace un par de semanas y con todas sus letras en diálogo con la agencia AFP: no tolera la América de Donald Trump, pero le pasa lo mismo con el movimiento feminista y reivindicador #MeToo. Según él, son solo dos caras de la misma moneda y la misma intolerancia.

Menos de 24 horas después, la “masa” lo estaba quemando vivo en las redes sociales, partiendo por la actriz Ellen Barkin, quien tuiteó: “Nunca entres sola a un ascensor con Terry Gilliam”, pese a que ella misma lo había puesto por los cielos en una entrevista de 2015.

Él, por su parte, no se ha dado por aludido. Cero declaración. Cero disculpas. A sus 77 años, no parece muy entusiasmado con recuperar el favor de nadie y eso que en teoría debería hacerlo, porque le conviene: el rumor es que está a punto de estrenar en Cannes su película El hombre que mató a Don Quijote, proyecto en el que invirtió 20 años, y –por si eso fuera poco– los meses que vienen marcarán el camino para las celebraciones del medio siglo de Monty Python, la banda de comediantes que integró por casi 15 años y que ha acabado por convertirse en un paragón cultural contemporáneo.
A nadie le gustaría que una carrera así de extraordinaria quedase manchada, sobre todo cuando un lucrativo contrato con Netflix los podría más disponibles que nunca a partir del próximo mes (ver recuadro). Pero Gilliam es un Python, de modo que todo eso le importa un pepino.

La vida (post) Python

Que no le importe no quiere decir que no lo haya pensado, sobre todo en estos días de extrema corrección política, donde algo tan liberal, deschavetado y extrovertido como Monty Python Flying Circus correría más riesgos saliendo al aire que en sus emisiones originales, allá por 1969. En esos días, la BBC2 (el único canal que transmitía en colores en Inglaterra) programó los inclasificables 13 capítulos de la primera temporada casi por reflejo, casi sin haber revisado los contenidos. Para los censores, ese mar de sinsentido no era, en principio, algo de cuidado: una versión audiovisual de las revistas y shows que organizaban los alumnos de Oxford y Cambridge (no estaban tan equivocados, porque ahí habían estudiado sus creadores); para el público en sus casas, que sí puso atención a lo que emanaba de sus televisores, resultó una desquiciada lectura de sus problemas, fantasías y terrores cotidianos; para la nueva generación –esa que escuchaba a los Beatles y a los Stones, y mezclaba el té con variadas sustancias– se trataba nada menos que de un cambio de guardia: televisión hecha por y para gente como ellos.

Los culpables de todo no eran tipos excepcionalmente jóvenes o alocados: John Cleese había abandonado estudios de derecho para convertirse en actor; Graham Chapman era un médico que nunca alcanzó a ejercer; Terry Jones, un egresado de historia obsesionado con convertirse en guionista; Terry Gilliam, un dibujante norteamericano trasplantado a Gran Bretaña en un arrebato de excentricidad. Del grupo, los únicos que calificaban como “gente del espectáculo” eran el actor y animador Michael Palin y el joven músico Eric Idle. Por separado, todos se batían más o menos bien con sus respectivas dosis de talento; pero juntos, la mezcla era intoxicante y evidente en cada temporada, capítulo y sketch del programa (que salió del aire en el 74).

Y también en la eléctrica energía volcada en discos, libros y películas; de hecho, fueron estas las que cimentarían su futuro, salvándolos de ser un mero fenómeno de culto para convertirlos en artistas de alcance planetario. Monty Python y el Santo Grial (1975), La vida de Brian (1979) y El sentido de la vida (1983) encarnaron el impulso que los llevó hasta el tope, y que finalmente los separaría en distintas direcciones.

Quienes los habían bautizado algo apresuradamente como los Beatles de la comedia, de pronto tenían razón: no habría más productos Python, pero la marca perduró y se perpetuó en sinfín de formatos, relanzamientos y proyectos solistas. Sobrevivió a la muerte de Graham Chapman en 1989, la mala vibra entre algunos de los miembros (Cleese no soportaba a Jones), al cambio del VHS al DVD y luego al blu ray, los extensos documentales de viajes que Palin hizo para la BBC, la delirante filmografía de Gilliam –a veces brillante (Brazil), en otras ocasiones, inexplicable (Los hermanos Grimm)–, y también por cierto a los roles que Cleese aceptó en cintas espantosas para costear los gastos de dos divorcios.

Sobrevivió, de hecho, a lo impensable: diez shows en el O2 Arena de Londres, en julio de 2014, desafío que los cinco supervivientes enfrentaron con dignidad, relajo y la cuota precisa de acidez. Los que estuvimos ahí fuimos a ver al mito, pero pudimos también dar un vistazo a los viejos, a los hombres que habían parado ese circo inmenso y que ahora –cuando ya no tendrían que volver a verse las caras arriba de un escenario– respiraban, aliviados.

El más aliviado con no tener que seguir jugando a ser un Python, al menos por un rato, fue Terry Gilliam, quien –aparte de publicar su libro de memorias– pudo zambullirse por fin de cabeza en su proyecto más esquivo, El hombre que mató a Don Quijote, lo que en su caso fue algo casi literal: Jean Rochefort, el hombre que encarnó al personaje en el primer intento de filmación en 1998 junto a Johnny Depp (cuando la película se llamaba Lost in La Mancha), falleció en octubre del año pasado, y lo mismo ocurrió con John Hurt, el segundo Quijote fallido de Gilliam. En ese mismo lapso, el filme se rodó por fin con Jonathan Pryce, quien ya había colaborado con el cineasta en Brazil (1985) y, por suerte, salió ileso de la filmación.

Uno que ha estado magullado recientemente es John Cleese, después de salir de gira con Eric Idle y también publicar sus memorias, fue sepultado mediáticamente tras salir a defender el voto por el Brexit; al lado de eso, las malas críticas por Hold the Sunset (2018), la serie con que regresó a la TV, pasaron casi desapercibidas. Mucho mejor recepción ha tenido Michael Palin, quien ha ido combinando sus documentales de viaje y arte para la BBC con roles dramáticos en TV y una celebrada aparición como Molotov en la negrísima comedia The Death of Stalin (2017), que se hace cargo de las horas críticas que siguieron en Moscú tras la muerte del dictador. Palin también fue quien salió a dar la cara hace un par de años, cuando se anunció públicamente que Terry Jones sufría de afasia progresiva, la que paso a paso ha ido quitándole su capacidad de habla y expresión.

Tal como ocurrió con el cáncer de Graham Chapman, lo más duro de la enfermedad de Jones es que lo priva de dar rienda suelta a su maravilloso ingenio. Pero un Python es un Python: si pudiese hablar, seguro que haría un chiste al respecto. Uno cruel.