Hay un naufragio, un botín y hasta una realeza involucrada. Pero no, no es una novela de corsarios. Esta historia es pura realidad y sucede en las costas de Curepto, en la VII región de Chile, donde hace 243 años encalló el Oriflama, un barco construido en la francesa Toulón para la armada de ese […]

  • 25 marzo, 2013
Barco Oriflama

Barco Oriflama

Hay un naufragio, un botín y hasta una realeza involucrada. Pero no, no es una novela de corsarios. Esta historia es pura realidad y sucede en las costas de Curepto, en la VII región de Chile, donde hace 243 años encalló el Oriflama, un barco construido en la francesa Toulón para la armada de ese país, algunas décadas antes de que quedara atascado en este lado del mundo.

Han pasado más de dos siglos desde entonces y el buque aún enciende pasiones. Por estos días, tiene enfrentados al Consejo de Monumentos Nacionales con la empresa Oriflama S.A., una organización que se creó en 2001 en torno a la ilusión de encontrar ese antiguo tesoro.

La historia dice así. El galeón contaba con 64 cañones distribuidos a lo largo del buque y su función era meramente militar. Fue parte de las batallas contra la Real Armada Inglesa, conflicto por el que fue capturado frente al peñón de Gilbraltar en 1761, convirtiéndose en buque mercante. Entre 1761 y 1762 el gobierno español pasó a tomar posesión de los barcos ingleses que se encontraban anclados en sus puertos, y ahí estaba el Oriflama, que fue re-bautizado como Nuestra Señora del Buen Consejo y San Leopoldo, aunque todo el mundo lo siguió llamando Oriflama. En esa nueva faceta de su existencia, el barco siguió como navío comerciante realizando recurrentes viajes desde España a México, Cuba y Perú.

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Fue el 18 de febrero de 1770 cuando zarpó desde Cádiz con destino al puerto de El Callao, virreinal de Lima. Iba cargado con 1.738 cajones con objetos de finísima cristalería provenientes de La Granja de San Ildefonso, los cuales por encargo del rey serían vendidos en el destino final. El Oriflama traía también joyas, instrumentos musicales, juego de cubeterías de plata maciza enchapados en oro, e incluso dos cajones enviados a Mateo de Toro y Zambrano con sus bienes personales. Pero nada de eso se vio nunca. Pestes, escorbuto, falta de alimentos durante la travesía, y finalmente una tormenta de proporciones en las costas entre Concepción y Valparaíso, terminaron con la vida de las 400 personas que iban a bordo y enterraron el tesoro en el fondo del mar.

La búsqueda

La historia sostiene que varios oriundos de la zona presenciaron el naufragio ocurrido en la playa La Trinchera, allí donde desemboca el río Huenchullami, en la costa maulina. Y que a pesar de que hubo delegaciones europeas que vinieron en su búsqueda, al poco tiempo tiraron la esponja y dejaron el barco a merced del destino.
Hasta que en 1999, el historiador Mario Guisande se enteró del cuento y se lo transmitió a los hermanos Rodrigo (biólogo marino) y Edmundo (geólogo) Martínez, quienes a su vez lo relataron al empresario José Luis Rosales. Todos quedaron cautivados por el Oriflama.

Los Martínez se empecinaron en la búsqueda. “Un día los hermanos estaban en la playa probando la señal que llegaba desde el magnetrómetro –aparato que sirve para medir las concentraciones de metal–, desde la casa base donde realizaban las mediciones, cuando de repente apareció la señal, de una magnitud maravillosa. Eureka. Finalmente se había encontrado. Nos dimos cuenta de que con el paso del tiempo, los ríos Huenchullami y Mataquito fueron aportando áridos a la playa, razón por la que el barco se encuentra enterrado a 9,5 metros bajo la arena”, cuenta José Luis Rosales, hoy gerente general de Oriflama S.A.

Comenzaron a planear el rescate y se concentraron en ir acreditando cada vez con mayor nivel de precisión que el hallazgo fuera efectivamente el Oriflama. Entre el 2006 y 2007 ejecutaron sondajes exploratorios y llegaron a los primeros vestigios del hundimiento: fragmentos de cristalerías, maderas, latón, brea y varios granos de pimienta en perfecto estado, los que hoy están en manos del Museo Parroquial de Curepto. Además de las piezas, el descubrimiento traía un dato revelador: la enorme presión de las toneladas de arena que se acumularon durante todos estos años impidió que el tesoro se oxidara. Es decir, más encima, los objetos estarían en muy buen estado.

El peso de la ley

El apetito por encontrar el invaluable botín se hizo cada vez mayor. Pero había un elemento que no estaba en el plan de búsqueda y que retrasó los planes de la sociedad: la aparición del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). Según su normativa, el barco –y todo lo que allí se encuentre– sería un monumento arqueológico y, en consecuencia, nada de llevarse el tesoro para la casa.

Comenzaron entonces los dimes y diretes. El punto más álgido del conflicto fue acerca de qué tipo de monumento se está hablando: si es arqueológico o histórico, una diferencia que en este caso, se transforma en radical. Para Emilio de la Cerda, secretario ejecutivo del CMN, se trata de la primera definición. Y, para dejarlo claro, cita la ley n°17.288 de Monumentos Nacionales, en cuyo artículo 21 sostiene que “son monumentos arqueológicos de propiedad del Estado los lugares, ruinas, yacimientos y piezas antropo-arqueológicas que existan sobre o bajo la superficie del territorio nacional. Para los efectos de la presente ley quedan comprendidas también las piezas paleontológicas y los lugares donde se hallaren. Cabe indicar que, ninguna persona natural o jurídica chilena podrá hacer en el territorio nacional excavaciones de carácter arqueológico, antropológico o paleontológico, sin haber obtenido previamente autorización del Consejo de Monumentos Nacionales, tal como lo indica también el Reglamento sobre excavaciones y/o prospecciones arqueológicas, antropológicas y paleontológicas”.

Pero los hombres de Oriflama tienen otra visión. Según José Luis Rosales, este buque corresponde a un monumento histórico y argumenta que el decreto Exento 311 del Ministerio de Educación “declara monumento histórico el patrimonio cultural subacuático de más de 50 años de antigüedad”. ¿Cuál la diferencia? Que en el segundo caso, quienes encuentren el tesoro pueden acceder al 25% de éste, siempre que sea una delegación extranjera con fines científicos.

El dato lo confirma el propio secretario del CMN. “El material obtenido en las excavaciones o hallazgos realizados por misiones científicas extranjeras, autorizadas por el Consejo, podrá ser cedido por éste hasta en un 25% a dichas misiones reservándose el Consejo el derecho a la primera selección y efectuando su distribución según lo determine el reglamento, como lo señala el artículo 35 de la Ley de Monumentos Nacionales”, señala De la Cerda.

Con estos antecedentes sobre la mesa, Oriflama S.A. se asoció con el antropólogo Jerry Melbye, profesor de la University of North Texas y pidieron autorización al CMN para comenzar la aventura. “Teniendo todos los permisos correspondientes, nosotros estaríamos listos para comenzar la extracción en un año más, tiempo en el cual desarrollaríamos la ingeniería y realización de estructuras especiales que hay que realizar fuera del país porque Chile no cuenta con esa tecnología. Calculamos que demoraría alrededor de dos años y daría trabajo, según la época del año, a entre 130 y 180 personas. El costo aproximado es entre 15 y 17 millones de dólares aunque se podría ajustar el presupuesto en 11 millones de dólares, limitando el área de búsqueda”.

Hasta aquí están las cosas. El CMN no ha definido si da o no el vamos al asunto, y la empresa claramente no desembolsará esas cifras de dinero a cambio de quedarse con nada.

El botín, mientras, sigue bajo la arena. Descansando en paz. •••

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Los miembros de Oriflama

La empresa Oriflama S.A. tiene alrededor de 20 socios, entre los cuales figura el ex Jefe del Estado Mayor de la Armada, Hernán Couyoumdjian; los hermanos Edmundo y Rodrigo Martínez; y, como directores, el empresario Carlos Cardoen, el yerno del ex presidente Aylwin, Carlos Bascuñán, y el abogado, Daniel Mackinnon.

Si le autorizan la búsqueda y encuentran el tesoro, Oriflama ha propuesto la realización de dos museos. Uno en el lugar del hallazgo y otro en Curepto, con la ayuda de la Fundación Cardoen y lugareños que han comprometido la donación de terrenos para su construcción.