• 1 diciembre, 2011

La volatilidad electoral está desatada. La ciudadanía levanta o baja el pulgar cotidianamente y sus pulsaciones son menos ideológicas. Esto se traduce en un sentido de apertura y necesidad de vínculo con la agenda social y política, a partir de una enorme capacidad de tratar con distintas situaciones y seleccionarlas. Es la DJ political culture: mezclamos ideas y propuestas de acuerdo al contexto particular. Un día se puede estar con un político y al siguiente con otro de la vereda contraria.
La política está tan a la deriva que salir a buscar emociones en el discurso es inevitable, pero esa estrategia lleva a perderse. Paradojalmente, es por ello que sigue siendo necesaria: ante la noción de que uno es poco, se antepone el valor de lo público. En ocasiones puede tomar forma de ancla y en otras, de faro.
Y así lo entendió el vilipendiado Hinzpeter quien, con espíritu de superviviente, salió del tsunami que se le vino encima, avanzando lentamente, recuperando territorio en su voto duro. Se puede estar a favor o en contra, pero lo que hizo es política. Se dice que incluso estuvo renunciado por un día. Quizás ese día se iluminó y, cuando ya no le quedaban velas, se parapetó, tomó aire y salió jugando. Radicalizó las movilizaciones, apostó al valor del orden y llevó a los suyos a las trincheras. Semanas después, en la encuesta de Adimark subía a 31% de aprobación.
Ahora vienen periodos de cosecha: el 7% a los pensionados, el posnatal, mejor gestión en el AUGE, algunos avances en educación y el verano, que mejora los ánimos. Es inevitable que Piñera se acerque pronto al 40% de adhesión. Pero estas mejoras no habrían sumado sin la cruzada de Hinzpeter. Todo lo contrario de la Concertación, que capitalizó cero, por cero política. El gobierno va a volver en marzo fortalecido, habiendo recuperado una parte importante de su voto duro. Pero para ir más allá del voto duro se requiere una mirada política más amplia.
No estamos en un fin de ciclo político, eso ya ocurrió. Estamos en una transición hacia otra cosa.
Si ya ocurrieron la transición económica (con Pinochet), la transición política (con la Concertación) y la transición social (con la aspiracionalidad que hizo posible a Piñera), lo que viene es más complejo: es la transición de una sociedad a otra. Los proyectos políticos exitosos van a ser aquellos que logren contribuir a una integración de estos tres componentes y transitar de uno a otro logrando algo nuevo: una nueva sociedad. Pero es un juego peligroso, como cuando Longueira transita desde su eje económico hacia lo social, alterando su sentido de origen (haciendo temblar a los empresarios). O cuando ME-O altera sus raíces e incorpora asesores de derecha. No tenemos códigos para leer lo que de allí pueda ocurrir. Son transiciones peligrosas. Generan sentido, pero también incertidumbre.
Nada es gratis. Si hay un proyecto político anhelado es aquel que supone que se acabaron los tiempos de seguir administrando las transiciones y que no teme transitar hacia otro orden. Y las señales están. Desde lo económico, la convicción transversal de que los niveles de desigualdad del país requieren una solución. Desde lo social, el hecho de que las movilizaciones y protestas generalizadas han incorporado nuevas prácticas de participación y deliberación por parte de nuevos actores. Desde lo político, la casi patética crisis de representatividad de la clase dirigente, que hace rato dejó de convocar a los mejores.
Lo que no da para más es el ajuste de motor de cada una de estas dimensiones: ya lo dieron todo. Lo que falta es la Gran Transición que permita superar el profundo malestar y el pesimismo instalados en la sociedad chilena. Una sociedad que tiene la peor percepción de distribución en toda Latinoamérica. Una sociedad que ha bajado sustancialmente sus indicadores de confianza en el futuro. Una sociedad con preocupantes niveles de depresión y uso de medicamentos, donde el poder es abusivo, con escasa credibilidad en las instituciones y una población que espera cambios estructurales en el modelo. Todas las encuestas lo confirman.
En este escenario, es peligroso quedarse en compás de espera: Golborne hasta que le lleguen obras para cortar cintas a lo Lagos, Allamand buscando otra plataforma, la Bachelet decidiendo el momento para aterrizar (y la Concertación para despegar). La falta de determinación puede destruir la política y acelerar la volatilidad electoral. Caldo de cultivo para el reino del populismo.
Lo contrario es avanzar con legitimidad, haciendo propios los intereses de la sociedad. En aras de una sociedad con mayor autoestima y confianza, con más capital social y que toma sus limitaciones como oportunidades.
El riesgo es que nada suceda, a pesar de todas las señales; que empresarios, políticos y líderes en general sigan aferrados al poder. La transición anhelada a un nuevo país suena peligrosa, pero más peligroso puede ser seguir tapando el sol con el dedo.