El análisis comparativo de las encuestas CEP 1994 y Datavoz 2011 entrega en una primera impresión conclusiones nítidas: la sociedad chilena cambió significativamente sus preferencias en los 17 años transcurridos y se movió desde el eje del orden y el desarrollo económico al de las libertades y la igualdad. Los promotores de este profundo cambio han sido las mujeres y los jóvenes de Chile.

Pero este balance simplificado tiene que asumir que el valor y el contenido de los conceptos orden, libertades democráticas, igualdad y desarrollo económico, han tenido tantas variaciones y modulaciones diferentes (desde los difíciles primeros años de la transición hasta los actuales tiempos de movilizaciones estudiantiles, masificación de internet e incorporación a la OCDE) que bien vale preguntarse, cuando se trata de  comparar datos de 1994 con los de 2011,  si las palabras consultadas representan lo mismo a pesar de los años transcurridos.

La interpretación de una sociedad es siempre difícil. Además, hay momentos singulares en la historia donde la sensación ambiente, producto de eventos relevantes, excluye definitivamente las explicaciones facilistas. No basta para tomar el pulso a los tiempos mirar una encuesta y a partir de allí enhebrar una tesis sobre esa gran complejidad que es una nación.

Lo concreto es que la sociedad chilena ha cambiado profundamente en estos 17 años. El  PIB per cápita se ha triplicado, la escolaridad se ha incrementado significativamente, la pobreza se ha reducido del 40% al 15%, el acceso a bienes ha trasformado la vida de millones de personas. El Censo 2012 en sus cifras preliminares también entrega datos interesantes. La población de Chile prácticamente no crece, sino que envejece; es cada vez más radicalmente urbana y el porcentaje de emigrantes se incrementa. Dentro de esa población de lento crecimiento,  predominan cada vez más las mujeres por sobre los hombres. ”Es cosa de ir a los bares”, dice una amiga mía.

Según la Asociación de Investigadores de Mercado (Agosto 2012), en el caso del consumo las transformaciones son tan grandes, que bienes que por mucho tiempo se consideraron diferenciadores de grupos sociales, hoy son básicos y de uso transversal. Las viejas categorías que iluminaban la identificación de segmentos hoy están en discusión. La propiedad de posesiones materiales (cocinas, lavadoras, etc.) están hoy totalmente extendidas. En la actualidad lo que diferencia a un chileno adscrito al estrato E de uno perteneciente al D, los segmentos de ingresos más bajos, no son los bienes materiales, sino la existencia de un contrato laboral formal, versus ingresos provenientes de trabajos informales, o “pololos”. El acceso a la educación por parte de los distintos estratos es hoy, más que nunca, un factor de identificación y pertenencia social.

El informe sobre Desarrollo Humano en Chile 2012, del PNUD, dedicado a indagar respecto de la felicidad, aporta otra mirada muy relevante del cambio de la sociedad: mientras la subjetividad individual es optimista en general y la percepción de bienestar personal evoluciona positivamente respecto de la década del 90, la visión sobre lo público es cada vez más negativa. Datos de este valioso estudio coinciden con la información de la última  encuesta (julio-agosto) del Centro de Estudios Públicos (CEP) en la creciente importancia del desempeño y el esfuerzo individual como valores para progresar en la vida personal. La educación aparece como una palanca esencial para el éxito de ese proceso y conseguir autonomía. Por cierto, la valoración de la situación particular, tanto respecto de su  felicidad, como de las oportunidades del entorno, cambian según estrato social: mientras más rico se es, más optimista y feliz.

La diferencia entre el buen juicio que los chilenos tienen de su vida personal se contrapone con la pésima idea que tienen de las instituciones y del entorno. Tanto en la última encuesta del CEP como en el informe mencionado del PNUD, las personas perciben un país desigual y jerarquizado. El resumen del PNUD es categórico respecto de los chilenos: “satisfechos consigo mismos pero críticos con la sociedad”.

La desconfianza en las instituciones es la gran característica del Chile actual. Las personas se desafilian del eje izquierda-centro-derecha: en el presente los no clasificados y los  independientes son el segmento principal de autoidentificación política en todas las encuestas. Simultáneamente se percibe la actividad política como el área más conflictiva del país (CEP).

De todos los estudios respecto del “alma nacional” emerge una buena idea del futuro. La adecuación de las instituciones a esta realidad, que fluye del nuevo Chile que perfilan las investigaciones sociales, es el gran desafío. Un ejemplo: de acuerdo al último censo el 40 % del país vive en una sola ciudad, Santiago, la que se administra con las mismas instituciones y reglas de hace 80 años, cuando ésta tenía un quinto de su población actual.

El desafío es no solo reponer instituciones en quien confiar, sino también crear aquellas que sean capaces de gestionar de modo adecuado las positivas energías, conversaciones y demandas que portan los ciudadanos aislados. •••