• 16 mayo, 2008

 

A partir de esta edición, el escritor Gonzalo Garcés adelanta –desde su particular punto de vista– los libros que marcan la
discusión internacional y cuyas traducciones pronto asomarán por el mercado local. Primera parada: el polémico Daydream believers, de Fred Kaplan. Por Gonzal Garcés.

 

 

Uno podría creer que sabe de antemano lo que Fred Kaplan dice en este libro. Después de todo, nadie ignora que la administración Bush ha sido en el mejor de los casos torpe y que Estados Unidos ha pagado el precio. Sin embargo, Kaplan nos
sorprende: la causa primera del declinar americano, afirma, son lugares comunes que usted y yo compartimos. Creemos que Estados Unidos emergió de la Guerra Fría más poderoso que nunca. Creemos que las armas de alta tecnología son determinantes. Creemos que los atentados contra las Torres Gemelas cambiaron el modo de hacer la guerra. Y nada de esto es cierto. Daydream believers es una brillante reflexión sobre el papel de “lo nuevo” en el mundo actual. Empresarios, políticos, intelectuales: todos ansiamos ser parte de “lo nuevo”. Kaplan muestra cómo “lo nuevo” puede ser también una forma de dogmatismo, una rigidez que impide ver la realidad.

El dogma, en el caso americano, tiene su origen a principios de los años 70. Dos hechos fueron entonces traumáticos para los estrategas del Pentágono. La guerra de Yom Kippur demostró que el ataque sorpresivo y la movilidad podían ser determinantes. Los americanos pensaban en Europa: ¿cómo resistiría ese frente si los soviéticos atacaban? El otro factor fue Vietnam. Al cabo de casi una década, empezaba a ser claro que la estrategia heredada de la Segunda Guerra Mundial —grandes masas de tanques, aviones y hombres empeñados en destruir al ejército enemigo— no estaba adaptada a la moderna guerrilla. El bando occidental parecía perder terreno; era necesario actuar.

A esta conclusión llegó Albert Wohlstetter, presidente del Panel de Estrategias Alternativas, un think tank del Pentágono. La respuesta, para Wohlstetter, era un nuevo tipo de arma. El 13 de mayo de 1972, un F-4 disparó misiles guiados por láser
contra el puente Thanh Hoa, al sur de Hanoi. Era la primera experiencia con ese prototipo. El puente, por el cual pasaban los suministros del Vietcong, había sido bombardeado por años sin resultado. Esta vez fue destruido. Demasiado tarde para cambiar el curso de la guerra, pero no para dejar una marca en Wohlstetter y otros analistas.

La idea tuvo que dormir por los siguientes dieciocho años. Con la Guerra del Golfo tuvo una oportunidad que acabó en decepción: los bombardeos “quirúrgicos” mermaron la capacidad del ejército iraquí, pero hicieron falta los clásicos tanques para
echarlo de Kuwait. Para entonces, sin embargo, el Pentágono estaba dominado por hombres fijados en la idea de que “lo nuevo” eran las armas de precisión y que sólo ellas podían ganar la guerra. Uno de los más entusiastas era Donald Rumsfeld.

Implícito en la argumentación de Kaplan está el siguiente postulado: la tragedia de la administración Bush consiste en haber combinado una concepción militar por lo menos imperfecta —el arma de precisión como panacea— con una concepción
política radicalmente errónea: que su victoria en la Guerra Fría había aumentado en forma dramática
la influencia de Estados Unidos.

La verdad, sostiene Kaplan, es la inversa: libres de la amenaza soviética, los países no necesitaron ya alinearse automáticamente con Estados Unidos. El arte de forjar alianzas era más necesario que nunca, algo que Bush ignoró con desastrosas consecuencias. La administración que asumió el poder en 2001 era una coalición de neoconservadores como Paul Wolfowitz o Dick Cheney e idealistas religiosos como el mismo Bush. El moralismo del último posibilitó la cruzada contra Saddam Hussein; la ideología de los primeros llevó a librarla sin alianzas de peso, con un mínimo de tropas terrestres y sin plan de ocupación, en el convencimiento de que la sola voluntad americana, en el “nuevo” panorama internacional, bastaba para imponer el orden. Los resultados, a la vista.

Aquellos que, desde América latina, intentamos discernir los derroteros de la potencia del norte bien podemos fijarnos en los cambios que las próximas elecciones presidenciales traerán —o no— en los factores señalados por Kaplan.