El nacimiento del Frente Amplio era una buena noticia para Chile. Se conformaba una coalición de partidos y movimientos que aspiraba a competir democráticamente a partir de dos elementos comunes. Por una parte, una crítica ideológica, desde la izquierda, al extenso tránsito de la Concertación en el poder. Por otra parte, la experiencia compartida de una generación que no vivió los traumas de la dictadura. El Frente Amplio representaba renovación doctrinaria y estética de la política. Por lo mismo, le fue tan bien en sus primeras elecciones: su candidata presidencial llegó tercera (pisándole los talones al candidato del oficialismo) y obtuvo, para sorpresa de todos, veinte diputados más un senador. 

La elite económica y los sectores conservadores vieron al Frente Amplio como el cuco. En su desconexión, y por la poca información que había de ellos en los medios tradicionales, pensaban que querían convertir a Chile en Cuba o Venezuela. Pero las mentes lúcidas del Frente Amplio siempre estuvieron mirando a los países nórdicos, que gozan de altos grados de libertad -incluida económica-, pero al mismo tiempo han sido capaces de tejer redes de protección social y asegurar derechos sociales para todos. Es cierto que el Frente Amplio quiere ampliar las atribuciones empresariales del Estado, pero ha sido justamente por esa vía que muchos países han logrado encaminar estrategias de desarrollo de largo plazo. De los miles de estudiantes chilenos que se perfeccionan en el exterior, es probable que la mayoría se sienta representada por el ethos generacional y el perfil ideológico del Frente Amplio. Es decir, mientras la vieja guardia les recriminaba su poca experiencia, estos jóvenes construían en silencio su músculo académico, técnico e intelectual.

Que llegaran al poder era cuestión de tiempo. Era cosa de esperar que su generación dorada estuviera en edad de merecer. Es cierto que la convivencia de los primeros años no estuvo exenta de polémica. Se le hicieron críticas injustas. Sus peleas internas eran anecdóticas, propias de la adolescencia política y la ansiedad de protagonismo. Pero, ¿acaso la derecha no fue una hoguera de vanidades durante toda la transición? De pronto, vino el estallido social. Es falso que la movilización no sea de izquierda ni de derecha. La mayoría de sus demandas empalma mejor con un ideario de izquierda, tal como el del Frente Amplio. Por eso, esta era su oportunidad para mostrarle a Chile una ruta doctrinaria y encontrar una voz que resonara en medio del balbuceo desconcertado del resto de los actores políticos. Lamentablemente, no fue así.

El Frente Amplio nunca supo cómo relacionarse con el momento insurreccional. Fueron ambivalentes entre cuadrarse con la institucionalidad democrática y el orden público, por un lado, y echarle más leños al fuego del conflicto para poner al gobierno contra las cuerdas, por el otro. Sus condenas a la violencia siempre vinieron contextualizadas con admirable gimnasia retórica, como si en el fondo hubiesen querido estar en barricada, o como si les tuvieran miedo a los elementos más chorizos de la movilización. Sin embargo, para liderar proyectos políticos en serio, es necesario frustrar a la tribu propia. Lo hizo Luther King, lo hizo Mandela, lo hizo Aylwin. Cosechar aplausos entre los que piensan igual es fácil. Tal como lo hizo Boric en su arrebato con los militares en Plaza Italia. Para mostrar el camino y construir una nación para todos, en cambio, se requiere valentía. Como la que tuvo el mismo Boric la noche del acuerdo constituyente. Que haya sido penalizado entre sus pares por su actuación estadista dice mucho de sus pares. La suerte política nunca está echada, pero la figura taimada de Jorge Sharp se ha hundido en los escombros de Valparaíso.

La tragedia del Frente Amplio no se limita a las dificultades de encontrar una voz propia en un escenario ideológicamente propicio. Se extiende hacia el futuro. Una cosa es tratar de ser Finlandia con un país económicamente en marcha y otra cosa es administrar pobreza. En el peor escenario proyectado por el Banco Central -10% de desempleo y 6% de inflación- vamos a retroceder 27 años en materia de desigualdad. Profunda ironía que esa sea la resaca de un movimiento justiciero. El poco interés que han demostrado en ponerle coto a la dimensión destructiva de la movilización -llegaron a pedir perdón por sancionar formas evidentemente disruptivas de protesta social- demuestra que no están pensando seriamente en administrar el Estado. Por lo demás, si se trata de alianzas público-privadas y grandes acuerdos que establezcan estrategias de desarrollo de largo plazo, lo fundamental es construir confianzas. Con el grado de polarización de los últimos meses -borrachera de maniqueísmo moral de la cual ha participado el Frente Amplio- será difícil hacerlo.

Las vueltas de la vida: este es el momento en el cual el Frente Amplio tiene que parecerse a la Concertación que venció a Pinochet. Con pragmatismo democrático y minimalismo programático, entendiendo que todo se devuelve y llegará el minuto de trabajar con -y no contra- los adversarios políticos. Este es el momento de aislar a los elementos que no suman, y de trabajar con sentido histórico -no para la selfie– para el rebaraje de poder más importante de las últimas décadas que se producirá en la convención constituyente. Si no se bajan, claro está.