• 19 marzo, 2009

 

La sub 35 no logra conectar sus valores y prioridades con los sistemas de organización política de la sociedad y no siente que ésta pueda hacer alguna diferencia en su vida cotidiana.

El l 5 de octubre de 1988, José Pedro, un niño de 16 años, jugaba con un grupo de amigos sin saber mucho de lo que ocurría a su alrededor. Lo cierto es que para José –y para los millones que por entonces eran menores de 16 años– todo era más relativo e inocente, menos definitorio y menos dramático. Lo que estaba en juego no era el país, sino su propio juego. Era muy poco o nada lo que la política podía importarles, o incidir en lo que estaba en juego en su calle o en la cuna. Quienes estaban por nacer y aquellos a los que les faltaba un par de años para votar aquel 5 de octubre, hoy tienen más de 18 y menos de 35 años. Es nuestra sub 35 electoral. Hoy, todos sus miembros podrían votar y nada indica que muchos de ellos quieran hacerlo: la política sigue fuera de juego.

Lo cierto es que el padrón electoral ha envejecido. Y no sólo por los jóvenes que no se inscriben, sino que también por todos los que en esta década cumplieron 30 y no lo hicieron. Se trata, por lo tanto, de un fenómeno más amplio. Es toda la sub 35 la que está debilitada y con una reserva que no quiere jugar.

Sin embargo, son precisamente sus miembros los que este año pueden decidir el futuro del país. Si no es por la vía de la inscripción automática, bastaría que 100 mil de ellos se inscribieran voluntariamente y esos dos puntos electorales serían sufi cientes para dar vuelta el tablero. Al menos se puede intuir que están curiosos: se ha hablado mucho de ellos y algún orgullo y vanidad podrían movilizarlos. Además, hoy la Alianza ve en el cambio de sistema de inscripción una oportunidad para mejorar su performance, mientras que la Concertación no puede dar las espaldas a este grupo y a sus promesas democratizadoras. Quizás por ello haya aumentado el interés de los jóvenes por inscribirse, como ha informado la prensa.

Pero no es evidente que eso sea suficiente. Para toda una generación que creció con computadores e Internet, ya la pura cola, tener que fi rmar un libro y entintarse un dedo para votar deben parecer actos antediluvianos. Si las votaciones fueran electrónicas, quizás las cosas serían distintas. Y el detalle no es menor; porque es en el mundo virtual, el de las comunidades y nuevos medios sociales, donde podemos entender el posible eslabón perdido con la política.

En primer lugar, estamos hablando de varios millones de jóvenes que tempranamente tuvieron un acceso sin igual en el uso de las TIC y redes como Internet. No por nada los jóvenes chilenos lideran en el uso de Facebook, blogs o fotologs. Su predisposición cultural hacia estas herramientas es otra. Baste un dato: el 75% de los chilenos que compran en Internet tiene entre 18 y 34 años.

Estamos hablando de jóvenes que prefieren entregar su confianza determinados por un carácter más colaborativo, dialogante y abierto, sin dejar de establecer con firmeza sus intereses en las relaciones. Sólo entregan su confianza a aquellos que son parte de sus propias redes y no a las instituciones. No es extraño, entonces, que el sentido de lo público sea radicalmente distinto para ellos.

Aunque tienen una gran desconfianza hacia lo institucional y lo público –como lo entiende la política tradicional–, son menos “privados” de lo que uno podría pensar. La sub 35 tiene una mayor disposición a conocer lo que está a la vuelta de la esquina. No quiere perderse el tren y no adhiere a ideas absolutas. Tiene menos predisposición a emociones fuertes y profundas, pero a su vez hace más cosas al mismo tiempo y tiene más emociones en sus vidas. Es también más pública, al exponerse más y compartir más. Que no se interese en la política no es sinónimo de falta de interés en lo público.

Lo que ocurre es que la sub 35 no logra conectar sus valores y prioridades con los sistemas de organización política de la sociedad y no siente que ésta pueda hacer alguna diferencia en su vida cotidiana.

Los jóvenes participan en una amplia variedad de movimientos ciudadanos, que reflejan la amplitud de sus intereses, desde aquellos que agrupan a los ciclistas, pasando por quienes luchan por rescatar espacios urbanos o eliminar las restricciones al acceso de contenidos en la red. A diferencia de la política tradicional, se trata de movimientos que inciden de modo más directo en sus vidas, y que les permiten participar de las conversaciones con sus pares.

Habrá que ver cómo los candidatos presidenciales –sin importar si es Piñera, Frei o Navarro, quienes llevan los mismos 20 años en política y a quienes los jóvenes han visto desde siempre en televisión– logran entusiasmarlos y hacerlos participar.

La insospechada participación que tuvieron los jóvenes en las pasadas elecciones estadounidenses muestra que el éxito no estuvo en decirles por qué ni por quién debían votar. La clave del puerta a puerta estuvo en que los voluntarios hablaban de su experiencia (no la del candidato), compartiendo por qué iban a votar. Su talento estuvo en hablarles a los demás a partir de su propia historia. Supieron conectar con quienes estaban a la espera de que les dijeran algo que realmente les sirviera para poder, a partir de esa historia, construir su propia historia. Así se restablecieron el sentido y el espacio de lo público.