Tony Manero le deberá más de la cuenta a sus modelos; pero éstos, al menos, son incuestionables. Por Christían Ramírez

  • 3 octubre, 2008


Tony Manero le deberá más de la cuenta a sus modelos; pero éstos, al menos, son incuestionables. Por Christían Ramírez

Tony Manero le deberá más de la cuenta a sus modelos; pero éstos, al menos, son incuestionables. Por Christían Ramírez

De todas las imágenes infernales que va acumulando Tony Manero en poco más de hora y media, hay una que todavía no me puedo sacar de la cabeza: la del fracasado cincuentón Raúl Peralta (Alfredo Castro) juntando baldosas de vidrio para recrear la pista luminosa donde Travolta “mataba” a su audiencia discotequera, noche tras noche. El punto es que las baldosas no son para remodelar un escenario, sino para literalmente armar uno en su pieza y recrear los bailes de Fiebre de Sábado por la Noche. Solo. A puerta cerrada.

Ahí –en esa vocación solitaria, incomunicada y, claro, sobregirada– radica la entendible conexión que alguna crítica extranjera hizo entre papel de Castro y los clásicos roles que De Niro y Pacino recrearon para los cineastas americanos de los 70. Peralta transpira obsesión al modo como sólo pueden hacerlo quienes han hecho una religión de su propia precariedad, aquellos que acaban construyendo un mundo a partir de la miseria desechada por otros. En ese contexto, ayuda mucho la imagen que la cinta entrega sobre Santiago, reducida a coordenadas fácilmente reconocibles para quienes tengan más de treinta y tantos años: camiones militares en la calle, decenas de sitios eriazos, el Festival de la Una, la ciudad inundada por la lluvias y los panfletos.

Tal vez sea su ambientación setentera, pero es curioso ver cómo la medida de autodesprecio, encarcelamiento y muerte en vida que Tony Manero reclama para sí está más cerca de filmes que se sienten hoy tan históricos como Taxi Driver (1976), Libertad condicional (1976) y Cruising (1979). Hasta cierto punto, la película sigue a sus modelos con el mismo frenesí asfixiante con que el bailarín trata de imitar los pasos, los diálogos y el vestuario de Travolta. En ambos casos, la distancia con los originales es por definición sideral, pero como ocurre en todo ritual que se repite hasta la robotización, algo queda en el fondo del vaso: miro a Castro, vestido de blanco en su pieza y algo del Santiago que conocí regresa. Aunque sea sólo otro simulacro.