A Hollywood le fascinan las historias de quienes “regresan con gloria” a reclamar su lugar en la historia. Hoy por hoy, el director Paul Schrader y First Reformed, su nueva producción, encajan perfecto dentro de esa narrativa. Pero es cosa de mirar su película –gran película– para separar la paja del trigo, las luces de las sombras.

  • 15 agosto, 2018

Se supone que, en cualquier área de negocios, la extrema lucidez debería ser una gran ventaja. Pero en el cine puede ser una maldición. Y Paul Schrader lo tiene clarísimo. 

A fines de 1982, ya hablaba de un modelo donde las películas fueran distribuidas en los hogares de los usuarios sin tener que pasar por la TV abierta o el cable. No lo llamaba streaming directamente, pero se estaba refiriendo a algo que Netflix, Amazon y unos cuantos otros han terminado por imponer como realidad… 36 años después.

No fue su primera ocurrencia, ni sería la última. En una trayectoria que se ha estirado casi medio siglo, Schrader fue pionero en advertir la enorme influencia que los filmes europeos tendrían sobre el cine americano de los 70. Hizo antes que nadie la transición desde el formato comercial al cine indie. Avisó con mucha anticipación acerca del peligro de alentar un mercado donde solo existieran superproducciones y películas independientes, sin dejar nada destinado al espectador común y corriente. Se pasó al digital sin nostalgia alguna por el formato en 35mm y recurrió al crowdfunding cuando le fallaron los inversionistas. Siempre se ha anticipado, siempre ha ido por delante, casi siempre le ha acertado a “lo que viene”, aunque no haya sido capaz de ejecutarlo él mismo. Schrader ha dedicado mucho de su tiempo a pensar en el futuro del audiovisual; pero ¿le ha servido de algo?

En materias de prestigio, lo suficiente. Monetariamente, muy poco, casi nada.

Eso sí, hay algo de lo que no puede quejarse: esa vocación de visionario le ha permitido mantenerse activo cuando muchos cineastas de su edad (72 años, recién cumplidos) no están viendo más que puertas cerradas. Década tras década, Paul Schrader ha seguido escribiendo y filmando –películas buenas, películas aceptables y también de las otras– sin rendirse, y algunos críticos creen que precisamente ha sido esa dedicación incesante lo que le permitió al fin realizar un trabajo a la altura de sus maestros. La película se llama First Reformed y desde su debut, en el último festival de Venecia, la han celebrado como si fuese un filme capital.

LA VIDA, A PEDAZOS 

Cuando se trata de autores malditos, recuperados o revalorados, la prensa suele pasarse de rosca y elogiar más de la cuenta. Es algo que se hace tanto por complicidad y gratitud hacia el cineasta, como por las ganas de activar la conversación y también la venta de entradas, DVDs y descargas. Y Schrader es un candidato ideal para la operación.

Su historia es única. Nacido al seno de una familia calvinista –su padre era ministro–, entró a un cine recién a los 18 años. La experiencia le cambió la vida, pero además le dio una perspectiva radicalmente distinta del medio. Para él, las películas siempre fueron más que una simple entretención. Se convirtieron en una forma de negociar con la realidad.

Su pedigree es el correcto. Apadrinado por la legendaria comentarista del New Yorker, Pauline Kael, al principio creyó que él también se convertiría en un crítico, pero rápido siguió los pasos de Leonard, su hermano mayor, que aspiraba a transformarse en guionista en Hollywood. Fue allí que conoció a Scorsese, De Palma, Spielberg, Lucas y el resto de la pandilla que le cambiaría la vida.

Sus guiones son esenciales. Aun si no hubiera dirigido una sola película, el lugar de Schrader en la historia del cine está asegurado. En apenas un año y medio escribió los libretos de The Yakuza (1975), para Sydney Pollack; Obsession (1976), para Brian De Palma; la primera versión de Encuentros cercanos, de Spielberg; y, a partir de sus propias experiencias personales con la depresión, el alcoholismo y los estados alterados, terminó el guion que transformaría su vida: Taxi Driver (1976), para Martin Scorsese. Después de eso, nada volvería a ser igual.   

Su carrera como director es totalmente neurótica. Cuesta ponerse de acuerdo con el Schrader realizador, que explotó a fines de los 70 con una fuerza tremenda, filmando casi sin parar las estupendas Blue Collar (1978), Hardcore (1979) y American Gigolo (1980); todas, intensos estudios de personajes aislados de su entorno, alienados por sus trabajos, obsesionados por una misión. A su manera, eran extensiones del disociado Travis Bickle –el protagonista de Taxi Driver– y, en más de algún modo, reflejos de las propias angustias de un artista que se encontraba tanto en su “mejor momento” como a punto de explotar. En adelante, le costaría hallar su centro: podía filmar sofisticados ejercicios de estilo, como Cat People (1982), junto a Nastassja Kinski; adoptar un realismo brutal en la autobiográfica Light of Day (1987), o tratar de combinar ambas cosas, como ocurre en la exigente Mishima (1984), que rodó sin concesiones y directamente en japonés. De pronto, era como si Schrader hubiera perdido la pista de quién era o quería ser.

Se perdió, casi sin remedio. Le ocurrió a mitad de los años 90: Schrader aún era sinónimo de buen cine, pero algo en él se había dado por vencido. Había dejado de escribir sus propios guiones, reciclaba viejas ideas –Light sleeper (1992) era casi un remake de American Gigolo, pero con un traficante–, se dejaba llevar por modas, dirigía lo primero que caía en sus manos. Varios creyeron que había topado fondo en 2002, cuando firmó contrato para hacer una precuela de El exorcista. La rodó completa, pero el estudio la rehizo desde cero con otro director (su versión, llamada Dominion, se fue directo a DVD). Pensó hacer clases, escribir un libro, mandar todo al diablo. Y, sin embargo, no podía dejar de filmar. Tanta fue su porfía al respecto que, increíblemente, el fiasco volvió a repetirse en 2014; esta vez con Dying of the Light, un policial de mínimo presupuesto, producido junto a Nicholas Cage. Quiso retirar su nombre de los créditos. No lo dejaron. Su nombre todavía vendía algo. 

TRAVIS Y TOLLER

Cuando Schrader vino a Chile, hace un par  de años, invitado por el festival Sanfic, venía justamente escapando de ese aprieto. En medio de su apretada agenda, alcanzó a responder en estas mismas páginas un breve cuestionario, pero al preguntarle por el futuro se reservó todo comentario. A lo más dijo que estaba preparando algo especial, algo que no había intentado antes. Entonces, no le creí. 

Mal. Porque en septiembre del año pasado, First Reformed emergió en Venecia y, de golpe, medio mundo se acordó de que este hombre aún existía. Que el único veterano de los años 70 estaba de vuelta. La situación era demasiado perfecta, demasiado “de película”; sobre todo para alguien como él, que detesta los momentos culminantes y los finales felices.

El suspenso al respecto se prolongó por meses, pero ahora que la película se asoma por Amazon Video –y también en blu ray–, uno puede decir, con algo de alivio, que no es esa obra maestra absoluta que proclama la publicidad, pero sí un filme fascinante: por lo jugado, por lo simple, por lo severo y sentido. La clase de historia con la que se carga toda una vida y que al fin se despliega cuando el autor posee la mesura y equilibrio suficientes para dejarla ser, para que adopte la forma que necesite. 

Sin presiones creativas ni ambientales que la ahoguen, First Reformed es –en principio– solo un breve episodio en la agitada vida del padre Toller (Ethan Hawke), un ex capellán de ejército que ha llegado a hacerse cargo de la iglesia más vieja del condado de Albany, Nueva York; tan vieja, que más bien es un sitio turístico, un apéndice mantenido por una diócesis millonaria que ha recibido al sacerdote más en calidad de náufrago que de pastor.

Toller llega ahí hecho pedazos. De regreso del frente, en duelo por su hijo (muerto en Irak), separado, alcoholizado, aferrado a un diario que escribe cada noche, sumando páginas de dudas, recriminaciones, conatos de oración y ruego, frases borroneadas, vueltas a escribir; testimonios vivos de la fuerte conexión que el personaje guarda con Travis Bickle, el taxista que Schrader concibió como velado autorretrato, que Scorsese reformuló como el gran sociópata contemporáneo y que ahora –a cuarenta años de distancia– se refleja en el padre Toller, no como un espejo, sino en su calidad de paragón de soledad e individuo terminal.

Con algo de perversidad, Schrader sitúa a su pastor en el mismo dilema sufrido por el sacerdote de Luz de invierno (1963), de Ingmar Bergman, uno de sus filmes favoritos: Toller necesita orientar a un feligrés en crisis, alguien a punto de partirse en dos; pero puesto en ese trance es él mismo quien parece quebrarse; o más bien, infectarse de esa energía, sumarse a la entropía gatillada por el otro; a la espera de una chispa que desate la reacción en cadena, que purifique este mundo pútrido de una vez. Buena parte de los antihéroes en los clásicos del cine de los años 70 quisieron algo parecido. Extraviados en su intento de cambiar el mundo, fascinados por esa quimera, por ese gran gesto, al espectador no le ha quedado otra solución que convertirlos en un mito. Y dejarlos ahí, transformados en estatuas. Intocables. 

Quizás si lo más audaz –y a la larga, lo más bello– de First Reformed es que pudiendo optar por un camino similar intenta precisamente lo contrario: ni el personaje ni la cinta ni su director se dejan llevar por compulsión, tremendismo o sed de clímax. Ese momento ya pasó. Ya no tienen estómago para ello. Los tiempos que corren no están para esa clase de cosas.