• 14 noviembre, 2008

Generar riqueza es una actividad profundamente humana (…) Al contrario, hacerse rico consiste en medirse por dígitos, proyectarse a mayores cantidades, para compararse frente al propio pasado y frente al presente de los demás. Codiciar y más codiciar.


El momento culminante de la parte I de El silencio de los inocentes tiene lugar cuando Clarice Sterling toma plena conciencia de la frase que Hannibal le ha repetido como la clave para aclarar los crímenes que ella investiga: “codicias lo que ves”.

Todo proyecto, bueno o malo, se gesta primero en la interioridad de la persona. Por eso, también la codicia nace siempre dentro de un corazón que, con deseo fuerte, mira lo que podría obtener; es, primero, la imagen interior de una riqueza anhelada (porque no se la tiene) y después, proyectada bajo el dominio propio (porque se es capaz de conseguirla) a cuyo logro se dedicará un gran esfuerzo en el futuro próximo, de corto o largo plazo.

Como todo movimiento del corazón, sólo tendrá resultado si la persona entera pasa después a la acción. El codicioso no se queda a nivel de imagen interior; para que su codicia opere, sacará sus cuentas en Excel, hará sus reuniones con inversionistas, contratará personal, reunirá directorios, pedirá asesorías a consultoras y, finalmente, una vez que la producción esté en marcha, mirará sus balances. Y, entonces, primará la objetividad de las cantidades por sobre los iniciales impulsos del corazón. Por el solo hecho de comprobar que los números son azules, le parecerá al codicioso que ha generado riqueza.

Efectivamente, quizás habrá generado valor y podrá medirlo en gráficos de crecimiento de ventas, en salarios pagados, en actos culturales financiados; pero, a esas alturas del éxito, el corazón del que nació toda la inspiración puede estar –no siempre pasa así– lo suficientemente apagado como para no darse
cuenta de otro efecto que esa actividad ha producido, no en los mercados, sino en la propia alma: la codicia ha hecho codicioso al que la practica. A partir de lo que se hace se crece.

Y entonces, con total independencia de los balances, si la conciencia sigue despierta, se comprueba que la codicia ha ido dejando una costra dura en el corazón humano. Sus parientes próximos piden pista: la envidia (otros tienen riquezas que yo no tengo), la soberbia (a mí me irá mejor que a ellos en el futuro), la ira (no acepto esas actitudes), la avaricia (atesorar, atesorar, que el mundo se va a acabar) y la lujuria (qué rico, puedo darme gustitos) avanzan por las praderas del alma y se instalan a vivir en amplios parajes.

Y todo eso tuvo su origen porque el corazón no comprendió que la codicia –mala fémina– no ha pretendido nunca crear riqueza, sino que ha buscado que el codicioso se haga rico. Esa es toda la diferencia; y es una distinción ciertamente clave. Generar riqueza es una actividad profundamente humana, porque implica desarrollar la magnanimidad, la generosidad, la solidaridad, la creatividad, la paciencia, la fortaleza, la prudencia y todo lo demás que los occidentales han llamado siempre virtudes. Humanizarse.

Al contrario, hacerse rico consiste en medirse por los dígitos de muchos ceros, proyectarse a mayores cantidades, para compararse desde ellas frente al propio pasado y frente al presente de los demás. Codiciar y más codiciar. Los occidentales han llamado a eso, siempre, vicio. Materializarse.

Notables novelistas del siglo XX, desde muy diversas perspectivas filosóficas, se hicieron cargo del codicioso como personaje central. Francois Mauriac en Nudo de víboras, Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades y Martin Amis en El dinero. En los tres casos, cuánta soledad, cuánta desesperación, cuánta frustración incluso económica, en personajes inicialmente exitosos por fuera y finalmente fracasados por dentro.

En cada una de esas obras se muestra que, en suma, la codicia es pobreza: pobreza del corazón, pobreza de los hábitos, pobreza de los ideales, pobreza de la mirada última ante la muerte, un mirada que sólo podrá anhelar otros bienes, los del espíritu; porque no hay corazón humano tan, tan tonto, como para no percibir el despojo que se avecina.

Ya lo decía Unamuno, refiriéndose al campesino ese que, moribundo, no quería abrir la mano empuñada para que la ungieran, porque dentro estaba la moneda atesorada, “sin percatarse de que muy pronto no sería ya suya su mano ni él de sí mismo; y así cerramos y apuñamos, no ya la mano, sino el corazón, queriendo apuñar en él al mundo”. Sí, porque la codicia es una de las oscuridades del corazón.