Ni Picasso ni Andy Warhol fueron los artistas que más vendieron en subastas el año pasado. Tome nota: los chinos Qi Baishi y Zhang Daqian superaron al pintor malagueño y al autor pop. Un fenómeno que se explica por el aumento de millonarios en ese país dispuestos a pagar grandes sumas por obras locales, pero que tiene variadas aristas; algunas, bastante oscuras.

  • 12 abril, 2012

Ni Picasso ni Andy Warhol fueron los artistas que más vendieron en subastas el año pasado. Tome nota: los chinos Qi Baishi y Zhang Daqian superaron al pintor malagueño y al autor pop. Un fenómeno que se explica por el aumento de millonarios en ese país dispuestos a pagar grandes sumas por obras locales, pero que tiene variadas aristas; algunas, bastante oscuras. Por Jessica Atal

No será de extrañar que en poco tiempo más –si es que ya no está pasando– los coleccionistas chilenos no tan sólo se contenten con tener un Matta, un Tacla o un Dittborn en sus casas, sino que quieran también una obra de alguno de los artistas chinos que están dando de qué hablar en el mundo.

Qi Baishi, Zhang Daqian, Xu Beihong, Wu Guanzhong, Fu Baoshi y Li Keran son algunos de los nombres que suenan fuerte no sólo en el mercado del arte chino, sino en las principales ciudades del planeta, como Nueva York, París y Londres, situándose entre los diez artistas que más dinero lograron en subastas realizadas el año pasado. Un dato importante: las casas de remates como Sotheby’s y Christies’s aumentaron sus ventas en un 300% –sólo entre 2009 y 2010–… y siguen creciendo.

China, sin duda, está revolucionando el mercado del arte con records jamás antes vistos. De hecho, el mercado del arte allí creció un 49% en 2011, según explica la consultora Artprice en su estudio Art market trends 2011. Pero hay más: la nación oriental concentra el 41% de todos los ingresos generados en subastas a nivel mundial.

La verdad es que China corre con zapatillas de clavos y lo que está ocurriendo es inédito. Ya está presente en la escena de las grandes galerías y museos como el MoMa de Nueva York o la Tate  Gallery de Londres. Y algunos de sus grandes artistas han logrado desbancar incluso a Pablo Picasso.

Desde 1989, el malagueño ha sido 17 veces el artista más valorado en subastas. En los últimos catorce años ocupó el primer lugar en 13 ocasiones. Pero ahora no sólo fue superado por dos artistas chinos que no dicen mucho al público promedio occidental –como Qi Baishi y Zhang Daqian–, sino también por  Andy Warhol. Así, por primera vez en 21 años el autor de Las señoritas de Avignon ni siquiera  obtiene medalla de bronce en este podium monetario (que no necesariamente implica calidad). Los españoles están en shock.

Más allá del valor de los artistas chinos, algunos observadores piensan que las cosas están yendo demasiado lejos. El famoso crítico australiano Robert Hughes, por ejemplo, cree que el arte, convertido en mercancía o en objeto turístico, ha perdido su esencia. “Pertenezco a la última generación que al visitar un museo no pensaba en el precio de las obras expuestas”, ha dicho. Para Hughes es un síntoma perverso que la valoración de las obras ahora sea establecida por las subastas. Y cita como ejemplo la moda por Gustav Klimt, cuyo Retrato de Adele Bloch-Bauer fue vendido por 135 millones de dólares al magnate Ronald Lauder, quien declaró que se trataba de “la Mona Lisa contemporánea”. Hughes ardió de rabia: “es una pieza encantadora, pero no una obra maestra y está muy lejos de poder ser comparada a la Gioconda”.

Fuera de esta polémica, conviene analizar el fulgurante ingreso de la potencia asiática en el mercado internacional del arte. ¿Qué ocurrió para que intempestivamente artistas chinos salieran al mundo y lograran vender sus obras en cifras millonarias? ¿Qué ha ocurrido para que por primera vez en la historia Pablo Picasso y Andy Warhol pierdan el podio del que se pensaba eran inamovibles?

Un cambio de proporciones
Vamos primero a las cifras duras. El año pasado se pagaron 550 millones de dólares por obras de Zhang Daquian (1899-1983) y  510 millones por trabajos de  Qi Baishi (1864-1957). ¿Quiénes fueron los compradores? Los propios coleccionistas chinos. Es decir, la demanda interna del país es la que explica en gran parte el boom de sus artistas locales.

En las últimas décadas ha nacido una camada de multimillonarios en la potencia comunista: tienen los bolsillos llenos y están dispuestos a gastar barbaridades por una obra de arte. Y si es china, mejor. No es raro entonces que las principales galerías y ferias de arte estén abriendo sucursales en la tierra de Mao: Pace Gallery en Beijing y Gagosian y ArtBasel, en Hong Kong.

El fenómeno no sólo ocurre con artistas chinos modernos, sino que se ha expandido al arte clásico. El caso más emblemático es un jarrón del periodo Qianlong que fue subastado en 83 millones de dólares en Londres, en 2010. Lo extraño es que hasta ahora se dice que esta cuenta sigue impaga. Más adelante nos aventuraremos a saber por qué.

Lo que hay detrás
Los chinos, obviamente, tienen una cultura milenaria. Son grandes observadores y aprenden rápido. Lo que han hecho es usar la misma estrategia –una manipulación competitiva– que se ha dado en Occidente: casos emblemáticos han sido los de Damien Hirst en Inglaterra y Jeff Koons en Estados Unidos, que se expusieron a una valorización artificial y exagerada de sus obras por un grupo de coleccionistas que buscaba valorizar a los mismos artistas que ellos coleccionan, es decir, que pertenecen a su patrimonio.

Los chinos entendieron rápidamente el negocio, ya que la ecuación es simple: lo mismo puede pasar con las acciones de la bolsa o el negocio inmobiliario. Pero hay diferencias. Una es que el negocio del arte se mantiene casi exclusivamente a nivel de millonarios que pueden desembolsar sumas importantes de dinero.

La otra diferencia es que en el mundo occidental esta práctica –la sobrevalorización artificial– fue detectada y perseguida por las autoridades y hoy se considera una forma de corrupción. Sin embargo, en China no hay regulaciones claras: es el mismo gobierno el que está involucrado en lograr valores records para sus artistas con el objetivo de sobrepasar incluso los montos por los máximos exponentes del mundo artístico occidental. ¿Una nueva clase de guerra fría?

¿Dónde está el dinero?
En un mercado en el cual ya casi no es noticia que una obra se venda en 20 o 30 millones de dólares, a menudo sucede que las grandes cifras no siempre son tales.  En muchos casos, tras formular sus estratosféricas ofertas sobre piezas en subasta, los compradores chinos han sido muy lentos a la hora de efectuar los pagos. Este fenómeno ha llevado a las casas de subastas a exigir depósitos previos a los potenciales compradores.

Si bien estas garantías de pago podrían proteger a los vendedores, también podrían provocar un descenso de las transacciones y, en consecuencia, un enfriamiento en los precios. De este modo, el mercado quedaría expuesto a una situación que muchos no están dispuestos a asumir; menos, ahora que Bloomberg ha valorado el stock de las antigüedades chinas en torno a los 10 mil millones de dólares.

Veamos algunos ejemplos: Chassaing-Marambat en Toulouse, Francia, subastó una piedra blanca con acero del período Qianlong, con dragones tallados en su superficie, por 12,4 millones de euros a otro postor chino en marzo de 2011. La pieza reapareció el 31 de marzo de este año con una revaloración de 16 millones de euros. De todas maneras, sólo 2,2 millones de euros de la cuenta original han sido pagados, declaró el francés Pierre Ansas, especialista en arte asiático.

Uno de estos nebulosos e inesperados casos llevó a Sotheby’s a entablar una demanda por el no pago de la obra Self portrait in the Yellow Mountains –un pergamino realizado en tinta del maestro Zhang Daqian–, que alcanzó la suma de 4,7 millones de dólares en octubre de 2011. Otra orden judicial interpuesta por Sotheby’s fue por una pintura abstracta de 1968 de Zao Wou-Ki, que había alcanzado los 8.9 millones de dólares el día anterior.

Se sabe que hay una importante cantidad de casos de obras de menor valía que tampoco se han pagado. Ante esto, el requerimiento de Sotheby’s dirigido a los postores de loteos premium exige un depósito previo de 130 mil dólares sólo por adjudicarse el derecho a participar en la subasta.

Por cierto, algunos inversionistas chinos han tratado de vender piezas incluso antes de pagar por ellas. El negocio, de ese modo, se torna oscuro, pierde credibilidad –sin mencionar la posibilidad de que algunas transacciones provengan de lavado de dinero–, y se parece a una burbuja a punto de explotar. En tal escenario, el pesimismo de Robert Hugues no parece exagerado.