El cine del futuro probablemente tendrá más registros, hebras y circuitos de los que le hemos conocido hasta ahora.

  • 27 julio, 2007

 

El cine del futuro probablemente tendrá más registros, hebras y circuitos de los que le hemos conocido hasta ahora. Por Héctor Soto.

 

La crítica de cine ha estado en los últimos años quizás demasiado preocupada de definir las fronteras entre el mundo fílmico y el mundo digital, en verificar cuánto aportan y cuánto quitan las nuevas tecnologías a la expresión cinematográfica tradicional, pero ha descuidado el frente donde la revolución tecnológica está generando mayores cambios, que es en la forma en que el público, y especialmente los cinéfilos, se están relacionando con el cine. Seguramente no va a pasar mucho tiempo antes que un YouTube cinematográfico ponga en la red a disposición de todos parte importante del catálogo clásico y los más soñadores ya están hablando del día en que sea posible ver las películas en el celular. ¿Van a ser las mismas películas o muy diferentes de las que estamos acostumbrados a ver? ¿Hasta dónde puede aguantar el séptimo arte la diversidad de soportes? ¿Es tan cierto que el viejo Edison, que inventó el kinetoscopio, máquina desde la cual un solo espectador podía ver pequeñas imágenes en movimiento recortadas contra una cámara oscura, en una de ésas podría terminar ganando la batalla que a fines del siglo XIX perdió contra los hermanos Lumiére, cuando estos inventaron un aparato que permitía proyectar las películas contra un telón para una audiencia numerosa? Gracias a los Lumiére, el cine fue un rito social, pero si en el futuro las películas serán vistas sobre todo en el PC o en el celular obviamente la relación se va privatizar y el esqueleto de Edison se va a sonreír en su tumba. Algo de eso ya está ocurriendo. La gente que realmente está interesada en no perderse los desarrollos del cine contemporáneo no está esperando en la taquilla de las multisalas que le traigan la producción más de punta. Nada de eso. Accede a ella a través de los DVD o del tráfico cada vez más intenso de películas asiáticas, iraníes o de la Europa Central a las cuales el digital da acceso. En estos casos, la relación con el cine ya cambió y definitivamente pareciera haber bajado a las catacumbas.

Pero como en las puras catacumbas cuesta sobrevivir, entre otras cosas porque en su interior las oportunidades para socializar una película todavía son lentas, muy lentas, el circuito de los festivales se está fortaleciendo en medio mundo, eso sí que ya no como vitrina de exposición del cine de grandes espectáculos –puesto que en rigor esta producción no necesita mayor visibilidad– sino como instancia de contacto con las cintas que por su contextura están en mayor desventaja para ingresar a la cartelera comercial. El Sanfic que se anuncia para mediados de agosto próximo, y que ya va en su tercera versión, se inscribe en esta línea y anuncia una programación del orden de los 120 títulos. La cifra habla por sí misma. Equivale casi a la mitad de lo que se estrena en un año en Chile. Hay muchos Sanfic, por así decirlo, en el mundo y cumplen un rol que es importante en términos de rescate de cinematografías o autores emergentes. El cine del futuro probablemente tendrá más registros, hebras y circuitos de los que le hemos conocido hasta ahora. En ningún caso menos. El desconcierto actual obedece tal vez a que estamos en la fase más dura de la transición, cuando la luz del cine clásico se está apagando en la producción hollywoodense y todavía no iluminan gran cosa los faros del cine de la marginalidad. El momento es malo porque las brechas entre una y otra ribera son demasiado profundas y aún no hay en medio obras ni voces que tiendan puentes de continuidad. Por separadas que estén las distintas vertientes que están acudiendo a la producción contemporánea, y por contradictorias que parezcan, todas ellas se necesitan entre sí. Lo más probable es que la multisala de popcorn nunca pacte con la catacumba, que el celuloide siempre mire con sospecha al digital y que el cine de masas no lleve ni de apunte al de vanguardia. Pero en adelante el que quiera entender algo de cine tendrá que cruzar cada una de estas hijuelas. No para hacer la síntesis –porque será imposible– sino para entender que la aventura de la pantalla podría ser en el futuro, aparte de más impredecible, variada y compleja, también más fascinante.