A la edición de un libro de Cortazar, con descartes y borradores, se suman textos póstumos de Roberto Bolaño, Vladimir Nabokov, David Foster Wallace y Raymond Carver. La temporada de “revival” de autores fallecidos recién comienza.

  • 23 junio, 2009

 

A la edición de un libro de Cortazar, con descartes y borradores, se suman textos póstumos de Roberto Bolaño, Vladimir Nabokov, David Foster Wallace y Raymond Carver. La temporada de “revival” de autores fallecidos recién comienza. Por Marcelo Soto.

Como si se tratase de la guarida de un capo mafioso, el departamento donde vivió Mario Benedetti, en el centro de Montevideo, permanece fuertemente custodiado por la policía. No están protegiendo joyas ni dinero mal habido, sino algo mucho más difícil de cuantificar: los papeles que dejó el uruguayo antes de morir, entre los que puede haber alguna novela o poemario inéditos.

El mundo de las letras no es ajeno al interés mórbido que genera una celebridad recién fallecida. Igual que buitres, apenas el cuerpo del escritor descansa en tierra, aparecen agentes, herederos y editores que se disputan los últimos restos.

La escena es típica: muere X y en su velador se encuentran misteriosos papeles, que incluyen esa gran novela póstuma que todos están esperando. Alta repercusión en la prensa. Se suceden los artículos sobre el legado del escritor. El libro se encumbra en las lista de ventas. La crítica se divide. El público sigue la polémica hasta que un nuevo texto “encontrado” despunta entre los archivos de otro escritor muerto.

Hay algo enfermizo en este proceso, que se repite cada temporada. Y casi siempre entra en escena un personaje que hasta ese momento vivía fuera de los focos: la viuda. Antes desconocida, ahora se torna en la celosa guardiana de la memoria de su extinto marido. Como transfigurada en médium capaz de velar por los deseos de ultratumba del fallecido, ella decide qué publicar, aunque el propio escritor haya especificado que tal texto jamás debería ver la luz.

El caso más patente es el de María Kodama, quien una vez muerto Borges ha editado muchas de las obras juveniles del escritor de las que éste había renegado. Textos que le avergonzaban y que decidió eliminar de sus Obras Completas. Los amigos del autor han puesto el grito en el cielo, pero la decisión de Kodama se ha mantenido imperturbable.

La industria editorial necesita de estos lanzamientos póstumos como un adicto de un pinchazo y este año ha sido especialmente fecundo en este campo. A la aparición de Papeles inesperados, de Julio Cortázar (un cóctel bastante irregular de cuentos inéditos, versiones alternativas y descartes) se anuncian bombazos como una obra inédita de Roberto Bolaño de la que no había noticia y la edición final, tras años de incertidumbre, de una novela que Nabokov dejó antes de morir a su esposa, con la orden expresa de quemar esos originales.

Asimismo, la última pareja de Raymond Carver desata una controversia al publicar los cuentos “sin editar” del autor de Catedral que develan al autor desnudo, con todas sus fallas al descubierto, mientras se aproxima el arribo de un novela sobre el aburrimiento, encontrada junto al cadáver de David Foster Wallace, quien se suicidó el año pasado.

¿Quién gana con todo esto? No siempre el lector, que muchas veces se ve forzado a conocer el lado menos amable de un autor admirado y a descubrir las imperfecciones, los bosquejos fallidos, las repeticiones. Hay quienes postulan, no sin razón, que tal material es valioso para la academia, que puede diseccionar así el estilo del creador, como en una autopsia. Fuera de las excepciones en que el corpus póstumo es de indudable calidad y del justo interés de los herederos por una retribución económica, lo único claro es que el escritor no escribe su última palabra. Veamos.

 

 

La sorpresa de Bolaño

Aparte de dejar una cuantas obras notables (2666 y El secreto del mal), una de las mayores sorpresas que deparaba el autor ha sido el papel protagónico –y bastante audaz– que ha tenido su viuda y madre de sus dos hijos, Carolina López, en el manejo de su legado. De muy bajo perfil (hasta ahora no acepta entrevistas), el celo con el que ha administrado la cada vez más cotizada herencia del autor ha dejado boquiabiertos a muchos de los amigos del novelista, quien –ya separado, en los hechos, de Carolina– en sus últimos años tuvo como compañera sentimental a la catalana Carmen Pérez de Vega. Al parecer López decidió sacar las alusiones a Pérez en el libro de crónicas Entre paréntesis y ha optado por alejarse del círculo cercano a Bolaño, que frecuentaba la pareja. Probablemente la primera víctima fue el crítico español Ignacio Echevarría, quien dejó de ser el encargado de ordenar literariamente las obras póstumas del narrador chileno, tarea que, por lo demás, hizo de manera admirable. López ha tomado algunas decisiones discutidas, como editar 2666 como si fuese un solo libro (y no dividido en cinco novelas, como pretendía Bolaño). Es probable que esta última opción se haya revelado como la correcta, pero no es tan claro si lo mismo puede decirse del alejamiento de Echevarría como albacea literario y, sobre todo, del inesperado cambio de agente, desde la conocida Carmen Balcells al controvertido Andrew Wylie, a quien no sin motivo llaman “el chacal”. Conocido por sus rimbombantes estrategias comerciales, lo primero que hizo Wylie fue anunciar el hallazgo de una novela inédita, El tercer Reich. La sorpresa fue mayúscula, aunque Echevarría señaló que dicha narración “es parte arqueológica de la obra”. El libro, que tiene todos los ingredientes para convertirse en un batatazo y será lanzado en enero de 2010, ha sido descrito por la prensa española como “puro Bolaño”: hay un detective, personajes extravagantes y muchas referencias literarias. El protagonista, Udo Berger, es un escritor frustrado y campeón de juegos bélicos de mesa (una de las aficiones favoritas de Bolaño), quien vaga por la Costa Brava, junto a su amante, preparando un torneo internacional, cuando desaparece un misterioso alemán a quien conocen. Como si fuera poco, se anuncian otros dos libros inéditos, Diorama y Los sinsabores del verdadero policía. Más sorpresas. Ni que el propio Bolaño hubiese escrito el guión de su fama póstuma.

 

Salvada del fuego

Que se publique el material desechado por un autor ya muerto parece discutible, pero que se edite algo que un escritor tan meticuloso y exigente como Vladimir Nabokov pidió eliminar ya bordea la ingratitud. Aunque los admiradores del creador de Lolita están de fiesta (y es difícil pensar que algo de su autoría pueda ser mediocre) no son pocas las dudas que deja la decisión de publicar El original de Laura. Poco antes de morir, en 1977, Nabokov estipuló en su testamento que esta obra debía ser destruida. Pero su viuda, Vera, fallecida en 1991, no le hizo caso y guardó el manuscrito, sin decidirse a publicarlo. Dimitri, hijo del escritor, se negó por mucho tiempo a hacerlo, pese al clamor de los lectores, y en algún momento pensó en donar el manuscrito a una fundación o universidad que permitiera un acceso restringido al material. “Ni Vera ni yo hemos tenido el coraje de destruirlo”, explicaba Dimitri en 1999, “pero sabíamos que, si no lo hacíamos, alguien acabarían encontrándolo y publicándolo”. Ahora, en medio de una gran polémica, se anuncia que el editor Jorge Herralde, de Anagrama, podrá publicar finalmente la obra póstuma de Vladimir Nabokov, de la que solo llegó a escribir 138 fichas. Aunque Dimitri sigue jugando al misterio (dijo en un programa de TV que su padre se le había aparecido para decirle que no quemara el manuscrito), todo parece indicar que la obra finalmente verá la luz. “El original de Laura, el manuscrito no terminado de una novela que empecé a escribir antes de caer enfermo –contaba Nabokov en una carta– está acabada en mi cabeza: debo haberla repasado cincuenta veces”. ¿Qué hizo cambiar la decisión de Dimitri? Detrás de esta operación, otra vez aparece Andrew Wylie, quien negocia la obra del ruso.

 

Carver al desnudo

Aunque era una palabra que Raymond Carver podría detestar, muchos de sus relatos –ajenos a todo adorno, esenciales, donde no sobra una coma– han sido considerados piezas ejemplares de “minimalismo”. ¿Cómo llegó el autor de Catedral a tamaña perfección? La mayoría de los lectores pensaba que era fruto de su genio y esfuerzo, pero ahora se ha instalado una sombra de duda. Con la publicación de sus primeros relatos, antes de ser editados, se ha evidenciado lo que antes era un secreto a voces en el mundillo literario neoyorquino. A saber: que el verdadero creador de un estilo que ha influenciado a generaciones de escritores no habría sido Carver, sino Gordon Lish, un experto editor conocido como Captain Fiction, quien tomó los relatos del estadounidense y los hizo pasar por una auténtica máquina de podar. “Cortar, cortar y cortar aún más”, sería su consigna. A fines de los 70, Carver le pasó a Lish una colección de 17 relatos, titulados Los principiantes. El editor suprimió casi 5 mil palabras, varió las estructuras de las historias, suprimió pasajes, añadió frases de su propia factura y cambió nombres de personajes. El libro se llamó De qué hablamos cuando hablamos del amor, fue publicado por Knopf y convirtió a su autor en una celebridad de la narrativa norteamericana. En cartas conservadas en la Universidad de Indiana, Carver le suplica a Lish que no cambie sus relatos, pero tampoco se atreve a desafiarlo directamente. Como último recurso le advierte que puede sufrir una recaída –luchaba contra el alcoholismo– si el editor seguía haciendo modificaciones. Lish hizo caso omiso y el tiempo le dio la razón: el libro se convirtió en un sonoro éxito. Cuando Carver publicó De qué hablamos… venía saliendo de su matrimonio con Maryann Burk y había conocido a la poeta Tess Galagher. No es casual que hace un tiempo Burk haya publicado unas memorias en que no deja muy bien parado al escritor: en ellas afirma haber soportado las penurias económicas y sentimentales junto a Carver sólo para que éste la abandonara, justo antes de tener éxito. Es la misma Gallagher quien decidió publicar los textos originales. Y aunque parezca el cuento del lobo, de nuevo el “cerebro” de la operación no es otro que Andrew Wylie. Los cambios que hizo Lish no son cosméticos y han llevado a muchos a preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de Carver. Por ejemplo: el relato Dile a las mujeres que nos vamos, termina cuando dos amigos de infancia, Bill y Jerry, dan una vuelta en coche. Ven a dos chicas en bicicleta y coquetean con ellas. De manera letal, Carver termina así: “No entendió nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego sobre la que debería ser de Bill”. La versión original era muy distinta e incluía seis páginas más. Carver describía el pasado de Jerry, marcado por la violencia, y en la escena final detallaba cómo perseguía a las muchachas, violaba a una de ellas y luego a la otra, antes de asesinarlas. ¿Cuál versión prefiere usted?

 

Legado de un suicida

Fue una de las noticias más impactantes del año literario de 2008. El estadounidense David Foster Wallace, uno de los escritores más talentosos de su generación, se ahorcó en el patio de su casa de California, en septiembre pasado. Tenía 46 años. Su mujer, Karen Green, encontró 200 páginas de The pale king, una novela en que su marido llevaba trabajando ocho años. Sería la tercera novela del autor después de La broma infinita y La chica del pelo raro, y era protagonizada por varias docenas de funcionarios de Hacienda en el Medio Oeste norteamericano, incluyendo, como botón de humor posmoderno, un David Wallace «renacido» que también labora en el fisco. Detallista hasta la locura, el libro bucea en las trivialidades de estos trabajadores, que se mueren de aburrimiento. Por lo mismo, hay críticos que se preguntan si The pale king no será la novela más aburrida de la historia. La narración, de la que llegó a cortar 400 páginas, fue un trabajo arduo y el resultado estaba lejos de dejarlo satisfecho. El escritor sentía que no estaba siendo auténtico a la hora de retratar las emociones de los personajes. “Creo que no quería usar los viejos trucos que la gente esperaba de él, pero no tenía ni idea de cuáles serían los nuevos”, ha declarado su viuda. A las 200 páginas corregidas que dejó de la novela, se sumará parte de las notas, borradores y perfiles preparados por Wallace, un tipo obsesivo por donde se mire (basta leer su colección de relatos Entrevistas breves con hombres repulsivos, donde las notas a pie de páginas pueden ser más largas que los propios cuentos). El autor tomó clases de contabilidad, investigó el lenguaje de las publicaciones de Hacienda y analizó cientos de estudios sobre el aburrimiento. Según sus editores The Pale King se sumerge en “la irrelevante complejidad de la vida diaria”. Habrá que ver si la decisión de publicar tiene asidero en las virtudes del relato y no pasa de ser otro modo de aprovechar la tan preciada categoría de autor maldito (en la que los norteamericanos ponen al propio Bolaño), que suele usarse como anzuelo en las contratapas de los libros.