El financiamiento ilegal de la política, los casos judiciales en Carabineros y el Ejército, lo de Caval, así como una serie de situaciones irregulares en diversas instituciones, han llevado a muchos a pensar que la corrupción campea en el país y que nos hallamos en una crisis de proporciones. Los casos son graves y han puesto en duda no solo la fama de la que gozaba Chile en el ámbito internacional, sino que en riesgo la legitimidad del orden político e institucional en su conjunto. Parecen necesarias reformas profundas. Una renovación de los espíritus. Ni la Comisión Engel luce haber surtido el efecto de apaciguar el clamor y, sobre todo, la desconfianza ciudadana.

El viaje del presidente Piñera a China y el lamentable episodio de sus hijos en una reunión con empresarios, vienen a fortalecer esa molesta sensación de estar bajo autoridades que no separan con nitidez su interés personal o familiar del interés general de la nación.

Una consideración pertinente del fenómeno de la corrupción exige, empero, efectuar las necesarias ponderaciones. Lo de los hijos de Piñera, por ejemplo, fue antes torpeza que corrupción. Y a nuestros parlamentarios pueden enrostrárseles muchos defectos, pero el asunto del financiamiento ilegal de las campañas, que afectara a tantos de ellos, era para campañas y no iba a su patrimonio personal. Nuestra clase política, en general, no acusa todavía los niveles de descomposición a los que nos tienen acostumbrados otros países. Aún en 2017, Chile aparece en el lugar 26 (de 180), en el índice de percepción de corrupción que elabora Transparencia Internacional, en el segundo lugar latinoamericano y por sobre varias naciones europeas.

En este contexto, el estudio de Patricio Silva, profesor de la Universidad de Leiden, publicado recientemente, La república virtuosa. Probidad pública y corrupción en Chile (Ediciones UDP 2018), permite poner el asunto en perspectiva. En un masivo y acucioso análisis, que abarca desde la Colonia hasta nuestros días, el profesor Silva muestra que la corrupción ha sido, entre nosotros, un fenómeno comparativamente menos en relación con otras naciones de nuestro lado del Atlántico.

Al inicio de la conclusión del libro, se indica: «Es necesario comenzar recordándole a todos los chilenos que viven en uno de los países más probos del continente americano». La afirmación sonará a provocación.

La provocación puede ser el mejor acicate para llevarnos a la lectura de los capítulos del libro. Ocurre que, constata el autor, junto con afincarse en el país una cultura más cercana a la honestidad en la conducción de los asuntos públicos, los chilenos desarrollamos una franca intolerancia a la corrupción. Asuntos que en otros países dibujarían sonrisas, entre nosotros son materia de escándalo.

En el texto, el profesor Silva plantea que las bases de la actitud de gobernantes y gobernador respecto a la corrupción tienen sus raíces en la Colonia. Desde el inicio, la distancia, la pobreza del territorio y la guerra de Arauco obligaron a la corona a contar aquí con autoridades competentes, conscientes, por necesidad casi de supervivencia, de la importancia de poseer sistemas eficaces de administración. Estas mismas condiciones priviligiaron la llegada de contingentes españoles preocupados de los asuntos militares, dotados de una mentalidad más ocupada del honor que de las riquezas.

A poco andar, se conforma una clase dominante dotada de un carácter sencillo, poco ocupada del Estado para hacer su fortuna. En fin, la misma guerra, el aislamiento y el efecto al suelo producen un marcado patriotismo, vigoroso desde la primera ocupación, y cuya persistencia Patricio Silva destaca con una amplia documentación.

Estos factores traspasan su influencia a la era republicana. Silva discierne el orden portaleano, la «república parlamentaria», el «orden mesocrático», la dictadura, el tiempo de la Concertación y los gobiernos de Bachelet y Piñera. En todas las épocas, salvo en dictadura, con más fuerza en los inicios y vaivenes en algunos períodos, la impronta colonial de honestidad y apego a la regla es lo que ha tendido a prevalecer.

Indagar en esos factores determinantes de una trayectoria larga que parece acusar síntomas en crisis, es condición de cualquier propuesta de solución a los problemas de corrupción y legitimidad que nos aquejan, que pueda tener resultados eficaces. Pues probablemente sean el debilitamiento de la virtud en sectores dirigentes, un adelgazamiento del sentimiento nacional, una mayor abundancia económica y la incorporación del país al tráfico internacional, donde haya que hurgar para encontrar, también, los remedios a cuestiones que es menester abordar de manera frontal.