El proceso que vive el Partido Socialista de Chile es, a la vez, un problema plenamente local y absolutamente generalizado. Por supuesto hay asuntos coyunturales que la tienda debe resolver, que surgen de problemas de registro de militantes, posibles influencias externas, y decisiones electorales frente a las distintas elecciones que se realizarán en los próximos dos años. El nuevo sistema electoral, tan añorado por sectores de la actual oposición desde el retorno a la democracia, terminó siendo un caballo de Troya, creando situaciones imprevistas (o, en realidad, totalmente previsibles, pero que algunos fueron incapaces de prever). Como consecuencia, varios de los partidos que tanto reclamaron por eliminar el sistema electoral antiguo no supieron adaptarse al nuevo, el que ellos mismos diseñaron.

Los partidos políticos pueden ser muchas cosas. Pueden ser herramientas para representar alguna ideología, o máquinas para ganar elecciones y llegar al poder. Estas dos cosas pueden ser complementarias, o no.

También son conglomeraciones de distintos grupos, o facciones, que optan por unirse porque comparten intereses, hasta cierto punto. Es por esta razón que muchas veces se observa el mismo nivel de conflicto dentro de estos que entre tiendas opuestas; tal como en la política en general, como observa el politólogo italiano Ángelo Panebiano, las facciones compiten por recursos, influencia y poder. Cuando dicha competencia es intrapartidaria, el “premio” es el poder a través del control de la organización interna, la determinación de políticas y la dirección ideológica. Por lo tanto, si un partido cae en un exceso de faccionalismo, hay un efecto sobre la estabilidad del sistema de partidos como tal, y como consecuencia, en la estabilidad democrática. Cuando la democracia chilena fue estable y duradera, era porque tenía partidos que sabían manejar sus conflictos internos. Pero cuando los conflictos internos sobrepasaron la capacidad institucional de canalizarlos, el país entero sufrió las consecuencias.

Todos los partidos chilenos han tenido una tendencia hacia el faccionalismo. El Partido Radical parte su vida como una facción del antiguo Partido Liberal, y la Democracia Cristiana, que a su vez surge del Partido Conservador, crea el MAPU.

Al mismo tiempo que no debiera sorprendernos que haya facciones compitiendo por poder dentro de los partidos, tampoco es sorprendente observar la crisis más generalizada del Partido Socialista. Es cosa de mirar en qué situación se encuentra la centroizquierda en el mundo. Sí, el PSOE pudo navegar las aguas turbulentas del período postcrisis español, y especialmente la amenaza que representaba el surgimiento de Podemos, para volver al poder. Pero en general, ni en Chile ni en el resto del mundo se ha podido repensar el rol del socialismo democrático en el siglo XXI, de la forma que sí se hizo durante los 70 y 80.

El hecho de que en el conflicto actual del PS no se escuche más sobre las ideas que ofrece cada uno de los distintos bandos sugiere que en realidad se trata de personalismos y rencores, más que un desacuerdo fundamental en cuanto a la ideología. Pero el desafío real del partido es precisamente ese. Al igual que el Partido Demócrata en EE.UU., el Partido Laborista en Gran Bretaña, el Partido Socialista francés, el SPD alemán, el partido Laborista en Israel, y tantos otros que dominaron la política mundial durante la segunda mitad del siglo XX, el PS de Chile tiene la tarea de reconsiderar lo que le ofrece al electorado. No sería la primera vez.

En la década de los 70 y 80, en los años posteriores al golpe de Estado, el Partido Socialista emprendió una profunda transformación, repensando temas ideológicos y estratégicos. En parte, dicha renovación, liderada por personajes como Ricardo Lagos, Jorge Arrate, Carlos Altamirano, Ricardo Núñez, y muchos otras y otros pensadores y militantes, surgió de una reflexión sobre el proyecto histórico fracasado. Pero también fue un proceso firmemente arraigado a los procesos históricos de la época: el eurocomunismo y su replanteamiento de la influencia soviética, la caída del Muro de Berlín, una revaloración de las formas formales de la democracia liberal, la hegemonía del capitalismo.

La renovación de la izquierda chilena ocurrió durante momentos difíciles, fuertemente marcados por la muerte, la división y el exilio. Pero de algún modo, también pudo realizarse separada de las presiones impuestas por consideraciones electorales, una prensa pendiente de cada declaración o pelea, y redes sociales que reflejan las frustraciones de una ciudadanía dudosa de los frutos de la democracia.

La tarea que enfrenta el PS hoy es, por lo tanto, igual de importante y aún más difícil. Repensarse no desde el fracaso, sino desde un incuestionable éxito, para un futuro aún más incierto, donde una ciudadanía cada vez más exigente cuestiona no solamente las posturas del partido, sino las lógicas detrás de todos los partidos. La nueva renovación, para el PS y otros partidos, implica también repensar la democracia en un mundo en que las identidades se mezclan con las ideologías y la voluntad popular se confunde con populismo.