• 8 noviembre, 2018

Hasta que Sebastián Piñera se rindió. Lo que no pudieron conseguir sus asesores, lo consiguió una auditora radial que llamó a un programa para aconsejarle al presidente –en el mejor de los tonos– que no siguiera haciendo chistes machistas, a propósito de la llamada “ley de la minifalda” que contó recientemente en Iquique. Piñera se comprometió, en lo sucesivo, a no insistir. Hace lo correcto el presidente de la República. Su investidura impone ciertas restricciones y deberes de abstinencia. Al fin, entendió que hacerse el gracioso a costa de ciertos grupos no va con el cargo. 

Sin embargo, sus críticos no quedaron contentos. Dicen que no se mostró muy convencido respecto de los argumentos que motivaron la queja del feminismo. El problema, según manifestó Karol Cariola, es que Piñera todavía no comprende la gravedad de sus expresiones. En palabras de la diputada comunista, estas serían “profundamente violentas”. Piñera, parece, todavía está al debe. 

Solo que no lo está. En el presidente Piñera confluyen dos personas, una pública y una privada. La persona pública se acaba de comprometer –correctamente– a controlar su temperamento de comediante. A muchos no creyentes nos gustaría, también, que dejara de invocar a dios en cada alocución oficial. Sin querer, el propio presidente establece la diferencia entre la persona pública y la privada. Quejándose del clima de corrección política imperante, reivindica cierta familiaridad en el trato, una forma de relacionarse entre viejos conocidos, como estamos acostumbrados entre amigos. Para bien o para mal, no somos amigos. Somos conciudadanos. En lenguaje rawlsiano, somos parte de una estructura de cooperación social. Pero en ella no hay intimidad. Por lo mismo, Piñera-presidente no puede actuar como si fuésemos de la misma familia. Así, por ejemplo, no era necesario que declarara que, junto a Cecilia, se juramentaran rescatar a los mineros como si fuesen hijos suyos. Los mineros atrapados tenían un derecho a ser rescatados que es completamente independiente de la paternidad unilateral que decretó Piñera. Los chilenos eligen presidente, no eligen un padre, ni un amigo, ni un compadre bueno para la talla. En ese sentido, es razonable distinguir entre los chistes que se pueden hacer en público y los que pueden hacerse en privado. 

En privado, en su fuero interno, en el ámbito de su conciencia, el Piñera-individuo tiene todo el derecho de pensar –y seguir pensando hasta que se vaya a la tumba– que las críticas a su chiste son exageradas. Tiene el derecho de pensar que a veces nos ponemos demasiado graves. Tiene el derecho de pensar que no es cómplice de ningún continuo de violencia machista. Tiene todo el derecho, en su sincera perplejidad, de quejarse porque “pareciera que ya no se puede decir nada”. En ese sentido, no le debe a la comunidad política ninguna explicación. Basta con su rendición pública. 

Esto no quiere decir que el feminismo u otras identidades históricamente vulneradas no deban aspirar a erradicar ciertas expresiones simbólicamente discriminatorias de la convivencia social. Es parte de su misión: transformar progresivamente la cultura. Transformar el lenguaje y la forma en la cual nos relacionamos. Pero esa misión se despliega en los espacios de la cultura y no constituye automáticamente razón pública. Porque los cambios culturales se negocian a través del tiempo antes de ser adoptados como criterios compartidos. En este sentido, Chile no es un caso aislado. En todo el mundo, se enfrentan dos campos. A un lado, un grupo que cree en el progreso moral de los pueblos y actúa como vanguardia de los cambios. Al otro lado, un grupo que se resiste, ya sea porque no vislumbra el progreso en los cambios, ya sea porque vive con nostalgia del pasado, ya sea porque no reconoce sus propios privilegios en el statu quo.  

La diputada Cariola, sin duda, pertenece al primer grupo. También pertenece al primer grupo el progresismo bienpensante de las redes sociales, el feminismo de campus universitario, el mundo millennial sobreducado y, en general, todos los circuitos cosmopolitas e intelectualmente sofisticados de la población. Pero ahí no se acaba Chile. En el segundo grupo está el presidente Piñera y casi toda su generación, para la cual es un poco tarde para la deconstrucción. También el chileno varón promedio, maduro-heterosexual-bueno para compartir porno por WhatsApp. Ese que todavía no entiende qué tiene de malo decir maricón, mongólico y maraca. Por supuesto, entre ambos campos hay muchos y muchas que tratan de hacer sentido de lo que ocurre a su alrededor. Ahí se decidirá la batalla cultural. 

Por eso es contraproducente apuntarlos con el dedo y tratarlos de misóginos al primer micromachismo. Los activistas que mejor entienden su labor saben que educar es mejor que funar. Porque forzar el antagonismo es regalarle un soldado al campo rival. Son miles los que se han pasado al bando de la reacción conservadora porque en lugar de sentirse invitados, se han sentido asfixiados. Son los que engrosan políticamente las filas de Trump y en Chile se unen a José Antonio Kast. Esto no quiere decir que el populismo de derecha avance exclusivamente porque las identidades vulnerables se movilicen para exigir igualdad de trato, como a veces se sugiere. Pero la narrativa contra la “tiranía” de la corrección política ha sido indudablemente combustible del fenómeno. 

Por todo lo anterior, la prudencia política aconseja que el presidente modere su incontinencia verbal, especialmente cuando se trata de expresiones que pueden ser interpretadas como ofensivas o perpetuadoras de estereotipos negativos. En eso la crítica ha sido justa. Pero resulta un tanto autoritario exigirle, además, que tome partido por el bando de la vanguardia cultural que no lo representa. La política aún no adjudica sobre una disputa cultural en marcha.