El 20 de julio, Pablo Allard (49) partió con su familia a instalarse en Boston, donde será el profesor visitante de la cátedra Robert Kennedy del centro de Estudios Latinoamericanos de Harvard. Esta es la historia de cómo se fue armando este arquitecto tras su infancia en Venezuela, su paso por la UC, su rol en el origen de Elemental junto a Alejandro Aravena, la enfermedad de su hijo mayor y su experiencia en la reconstrucción tras el 27F.

  • 15 agosto, 2018

Soy el tercero de seis hermanos. Cuando yo tenía seis meses, mis papás se fueron a Venezuela y viví ahí hasta los doce años. Era un país completamente distinto del que es ahora. Un país lleno de colores, de olores, de música, de sabores, de gente muy linda, transparente, honesta y alegre. De ahí pasamos una temporada en Boston y me acuerdo de que paseando por Harvard, mi papá nos dijo ojalá algún día alguno de ustedes pueda venir a estudiar acá. 

Volvimos a Chile el 81, a mí me gustaba el dibujo, me gustaba armar y desarmar cosas. Estudié en el colegio Manquehue por accidente. Mis papás eran miembros en Venezuela del Opus Dei y cuando nos vinimos, la idea era que mi hermana entrara a Los Andes y nosotros al Tabancura. Yo no tenía cupo y así entré al Manquehue. Y lo pasé increíble, jugaba rugby y fui presidente del Centro de Alumnos del colegio. El 85 tenía que ir a las reuniones con el Centro de Padres para ver si el colegio adhería o no a los paros de esa época. Y mis hermanos estaban en el Tabancura en un mundo totalmente distinto. 

No era bueno para las matemáticas, pero me esforzaba. Yo pensaba estudiar publicidad y un profesor me habló de la arquitectura Y ahí le empecé a dar vueltas. Cuando entré, me di cuenta de que no había otra opción. Es impresionante lo apasionante que ha sido, porque desde el primer día que entré a la facultad se convirtió no solo en mi vocación y en mi profesión, sino que también en mi hobby, mi pasión, mi entretenimiento, mi dolor. Como arquitectura, respiro arquitectura, viajo arquitectura, me fascina. 

Entré a la universidad el 87. Estaba en tercer año cuando la Bienal de Venecia realizó una convocatoria a 50 escuelas de arquitectura para que fueran a exponer con pabellones propios. La Católica hizo un concurso entre los estudiantes y los seleccionados fueron Alejandro Aravena, Sebastián Irarrázaval, Álvaro Salas y yo. No los conocía y durante un semestre trabajamos los cuatro junto a Rodrigo Pérez de Arce, que era el profesor a cargo, preparando el pabellón. Yo congelé ese semestre y nos instalamos en Venecia, y ahí se forjó una amistad con Sebastián y Alejandro que hasta el día de hoy sigue muy potente. 

Hasta ahí yo iba cantado para dedicarme a hacer arquitectura de casas a todo trapo. Pero trabajando en la oficina de Cristián de Groote se abre un concurso para la ampliación del Museo del Prado y ahí empecé a meterme en temas urbanos. Estaba recién casado y decidí irme a estudiar afuera en algo que me ampliara la visión: el máster en diseño urbano en Harvard. Postulé a la beca Presidente de la República, quedé aceptado y me vine. Fue como si se me abriera todo un mundo. Fue una apuesta y me pasó lo mismo que en la UC. Me volví loco. Tomé cuanto curso había, me tocaron profesores increíbles y además Harvard tiene esta cosa increíble que atrae a talentos de todas partes del mundo. Viajé a Singapur a un taller, después a Israel, donde trabajé en un proyecto en la Franja de Gaza, fueron cosas alucinantes. 

Entre el 98 o 99 era plena crisis asiática y no había pega en Chile. Y desde la Católica me preguntan si me interesaba seguir el doctorado en Harvard. Justo estaba la polémica de la Costanera Norte, la primera autopista urbana a la que los vecinos se oponían. Y me metí en el diseño urbano de las grandes obras de infraestructura concesionadas en Chile. Ahí se me abrió el mundo de lo público-privado, las concesiones y las megaobras. 

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El año 99 invitan a Alejandro Aravena a hacer clases a Harvard. Justo yo estaba haciendo una pequeña investigación sobre la toma de Peñalolén y Alejandro estaba en lo mismo. Estábamos un día comiendo en mi casa con Andrés Iacobelli, ex director de Servicio País  –después asumió como subsecretario de Vivienda–, que estaba haciendo el Máster en Políticas Públicas en la escuela de gobierno y Alejandro, súper embalado, decía “tenemos que hacer una exposición de la arquitectura chilena. Nosotros estamos en Harvard, Smiljian Radic está publicando en las revistas internacionales, Mathias Klotz también…”. Iacobelli nos escuchaba, hasta que hizo la pregunta que cambió la historia: “Oye, pero si la arquitectura chilena es tan buena ¿por qué las viviendas sociales son tan malas?”. Alejandro y yo quedamos completamente descolocados y nos dimos cuenta de que la arquitectura había abandonado la vivienda social hace muchos años. Decidimos llevar toda la energía y capacidades a enfocarnos en la vivienda social. Así surgió Elemental.

Hoy, 15 años después, Elemental y Alejandro son reconocidos mundialmente por todas las innovaciones que han hecho. Yo dejé de ser socio activo en 2004 porque se enfermó Pablito, mi hijo mayor, tuvo una recaída y tuve que venirme para acá. Mantuve eso sí una participación en la propiedad de la sociedad, pero en 2010, Andrés y yo hacemos una cesión de nuestra participación porque entramos a trabajar al gobierno. Desde ahí que ya no tenemos vínculo formal con Elemental. 

Todo el mérito y el esfuerzo que puso Alejandro en todos estos años son de él. Nosotros colaboramos, pero creo que el Pritzker es un premio que es de él, y Elemental hoy día tiene mucho más de los cinco socios actuales que han pasado más tiempo que Andrés y yo. Y probablemente es por eso que no aparecemos tanto en la foto. Así que no ando llorando por el crédito, sería muy patudo.

Con Alejandro seguimos siendo amigos. De hecho, antes de venirme, nos juntamos a almorzar los tres con Andrés para despedirnos y me siento súper contento por el reconocimiento que le han dado. Alejandro se rompió el lomo en momentos súper difíciles. En 2005, estuvo casi a punto de quebrar porque el ministerio se demoraba meses en pagar y no había cómo parar la olla. Alejandro vivía 100% de Elemental y mascó lauchas mucho tiempo hasta que la cosa despegó. Me siento más bien un testigo privilegiado de su inicio, pero todos los premios son 100% mérito de Alejandro y los muchachos. 

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Pablo, mi hijo mayor, nació el 98. Yo estaba terminando el primer año del magíster en Harvard y estábamos felices. A mediados del 2000, lo estaba bañando y le siento un cototo en la guata. Era un tumor del tamaño de un melón en el riñón izquierdo. Se nos cayó el mundo encima. Lo operaron y ahí viene la noticia mala: era un sarcoma de células claras, un cáncer súper desconocido y muy agresivo. Nos metimos en la radiación y la quimio y estuvimos prácticamente todo 2001 a full peleándola con Pablito. Y salió adelante, sobrevivió y fue dado de alta después de nueve meses de tratamiento. 

En 2002, un año después de ese capítulo, decidimos volver a Chile. A Pablito le hacíamos chequeos regulares cada tres meses, pero empieza con una jaqueca y vómitos. Le hacen un escáner y tenía una pelota de tenis en la cabeza. Ahí sí que el mundo se nos fue a piso. En el Instituto de Neurocirugía nos dicen: está demasiado grande, traten de viajar lo antes posible a EE.UU. Esa noche, la Ale partió con Pablito con lo puesto y no volvió en un año a Chile. Max había nacido recién, tenía nueve meses y se quedó con mis papás. Y fue fuerte. Cuando lo trajeron a EE.UU. nos dimos de cuenta que había aprendido a caminar con los abuelos. 

2004 fue un año del terror. Primero vino la operación en el cerebro y efectivamente era el sarcoma de células claras, había que resetearlo por completo. Se le hizo un autotrasplante de médula y una quimioterapia súper agresiva que le borraba todas las defensas. Estuvo metido en una burbuja en una zona de aislación con atmósfera invertida para que no entrara ningún bicho y fuera recuperando sus defensas. Pablito la peleó, casi lo perdemos en el trasplante de médula porque le vino una infección feroz, pero salió adelante y logramos salir de esta. Por suerte nos tocó una doctora que hasta el día de hoy le prendemos velitas porque tuvo una precisión tal, que el milagro de Pablo no es que haya vencido al cáncer, es que no quedó con ninguna secuela. Pablito quedó impecable.

Tenemos una foto del día que salió de la burbuja y por fin pudo ir a un parque, y la semana pasada fuimos todos juntos al mismo lugar y nos sacamos la misma foto, 14 años después. 

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En 2005 volvimos a Chile. Y en la UC me piden hacerme cargo del proyecto Observatorio de Ciudades, para empezar a generar análisis territoriales con data. Estando en eso me empiezo a involucrar en temas de desastre. En 2008 viene Chaitén y ofrecimos nuestra ayuda al gobierno para hacer un estudio de escenarios de relocalización. Fue una experiencia intensa y compleja. Los chaiteninos querían volver, pero el riesgo se mantenía vigente y había una localización mucho más adecuada: Santa Bárbara. El sueño del urbanista es hacer una ciudad desde cero, para mí era el Nirvana, y la presidenta Bachelet tenía previsto inaugurar la maqueta en Puerto Montt el 28 de febrero. Y vino el terremoto, cambiaron todas las prioridades. 

Me llamó el presidente Piñera el 28 de febrero. “Necesito tu ayuda”, me dijo. Le pregunté a la Ale, mi señora, y ella me dice: “Un año, te dejo un año”. Y me fui como coordinador nacional de reconstrucción urbana a cargo de todo lo que no era vivienda, sino espacio público. Estuve ahí un año y medio, y es una de las pegas más lindas pero más duras que me han tocado. Desde afuera se veía una épica de la reconstrucción, pero teníamos que lidiar con el dolor de la gente, la complejidad y diversidad del daño eran una tarea feroz, había que actuar rápido y las expectativas eran enormes. Pero el factor más duro para mí fue la política. Obviamente la reconstrucción era un canal para hacer operación política y soy un técnico, un académico, no opero con las armas de la política y el fuego amigo y el fuego enemigo eran feroces. Ahí uno se da cuenta de que la política es un arte, como una guerra. Pero, pese a todo, y eso es lo impresionante, se logró hacer y es una de las razones por las cuales estoy acá: el 27F se convirtió en un referente de recuperación postdesastre global. 

Salí pesando 130 kilos de pura ansiedad, con una depresión heavy. Yo tenía cierta fe y confianza en dominar algunos temas, pero no estaba preparado para la mariconada política, para ponerlo en buen chileno, y me afectó mucho. Salí hecho una vaca del gobierno, súper estresado. Y venía con coletazos de lo de Pablito y del 27F que nunca me había tratado. Entre 2013 y  2014 empiezo a somatizar mucho el estrés, el cansancio y el agotamiento, y decidí pedir ayuda a un siquiatra y un sicólogo que me ayudaron mucho a ordenar mis prioridades. También me encontraron hígado graso, hipertensión, había bajado hasta 97 kilos, pero me quedé pegado, así que me hice una cirugía bariátrica, me corcheteé y bajé 16 kilos. Me sentía mucho mejor. Fue como dejar de cargar a un niño en brazos, y mejoraron todos mis indicadores, fue una ventana de oportunidad para cambiar hábitos y rehacer mi vida. 

 

Para mí, llegar a la Universidad del Desarrollo fue un regalo. Yo no la conocía y me fue conquistando. Es una universidad mucho más diversa de lo que se cree, mucho más pluralista también y además con un proyecto académico bien potente, de largo plazo, de hacer una universidad compleja. Y ahora se han portado un siete conmigo.

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Jamás habría imaginado que podría ser sujeto de esta cátedra, que antes habían tenido personajes como Mario Vargas Llosa, Felipe Larraín, Raúl Zurita. Fue en una conferencia acá en Harvard en 2016 sobre recuperación postdesastre, que el entonces director del centro de estudios latinoamericanos David Rockefeller me dice: “¿Has pensado alguna vez venir como el Robert Kennedy Visiting Professor a Harvard?”. No me veía en esas ligas, pero me quedó dando vueltas. Me junté con Diane Davis, la directora del departamento de planificación de diseño urbano del Harvard Graduate School of Design y me postularon. En febrero me llegó la carta más linda de mi vida académica: estaba aceptado.  

Llevaba seis años en la Universidad del Desarrollo como decano de Arquitectura, súper comprometido con el proyecto y por otro lado como coordinador del grupo ciudad, vivienda y calidad de vida de la campaña de Piñera. Y estaba muy nervioso de que si llegaba a ganar Piñera, me iban a llamar. Tenía un compromiso con mi familia de no volver a la política por un tiempo. Y entonces se empezó a fraguar esta invitación y fue el mejor plan B para decir que no estaba disponible. 

El curso al que me invitaron a hacer acá es comparar cuáles son los distintos modelos para gobernar ciudades complejas como Santiago, en Latinoamérica, pero lo interesante es que justo se da en un momento en que en dos años más, se abre en Chile el proceso de elección de intendentes y gobernadores por la vía democrática. El 4 de septiembre parten mis clases y estoy aterrado porque mis alumnos saben más que yo en todos estos temas, pero es parte del desafío. Además, voy a estar colaborando en un proyecto de investigación que se llama Recupera Chile: un proyecto multidisciplinario que apoyó a las comunidades del borde costero de la zona norte del Bío Bío después del 27F, que ya está en su etapa de cierre, y voy a dedicar un par de horas a eso. 

Sigo también con los temas de la oficina que tengo con mi hermano Francisco. Estamos trabajando con la intendencia de Santiago en Corazones de Barrio, nos ganamos el concurso del diseño del puerto de Valparaíso, que está en stand by, y estamos con varios proyectos de conservación, uno de los fuertes de nuestra oficina, donde desarrollamos planes maestros. 

La cátedra puede durar un año o un semestre. Eso lo elijo yo, pero también lo decidimos con el rector de la UDD, Federico Valdés, y me quedo seis meses. Tengo tres hijos. Pablo tiene 19 y estudia sicología en la UDD y congeló el semestre para acompañarnos, y acá va a tomar algunos cursos de sicología en el Harvard Extension School y además va a trabajar. Max tiene 15 y está en primero medio, y Antonio tiene 11 y está pasando de quinto a sexto. 

Llegamos en plenas vacaciones. Agosto es como febrero en Santiago, no pasa nada. Hay un calor de locos, 36 grados y 90% de humedad.