En el número de Capital de marzo de este año, consultado el Presidente Piñera sobre la posibilidad de su repostulación al cargo en 2017, sostuvo vehemente que aquello estaba totalmente fuera de su análisis. “No está en mi plan, ni me gusta planificar de esta forma mi vida. No he pensado ni siquiera lo que voy a hacer el 12 de marzo de 2014”, dijo. Sin embargo, pese a sus declaraciones, las líneas que continúan ponen en duda la afirmación de Su Excelencia.

Chile es un país de pocos presidentes, pero de muchas postulaciones y repostulaciones. En el siglo XX, lo hicieron el general Ibáñez y Arturo Alessandri; Salvador Allende y Frei Montalva, y el otro Alessandri, don Jorge. En la naciente democracia, Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos, Joaquín Lavín y ahora, Michelle Bachelet. ¿Cómo podría sustraerse de esta regularidad el actual Presidente? ¿Pensará acaso Piñera que todos sus sueños para Chile se han concretado?

No hay Presidente que no opine que los gobiernos de cuatro años son demasiado breves. Aunque las facultades constitucionales son presidencialistas, el sistema binominal le da un gran peso a las dos mitades del Parlamento. Es difícil constituir mayorías. El sistema apunta al empate. A un molesto inmovilismo.

Y si la derecha pierde el gobierno, lo que es probable, ¿habrá carta más fuerte que Piñera para el 2017? No lo sabemos. Todo depende de cómo se cierre este periodo presidencial.

Las intenciones del mandatario apenas pueden intuirse a propósito de sus movidas actuales. Por de pronto, en la entrevista citada, Piñera anuncia su decisión de no volver a los negocios. Se observa allí la lección aprendida. Los conflictos de interés han sido el cáncer de este gobierno y el lugar en donde todos sus logros se han tornado opacos. Fue en ese territorio donde, por ejemplo, el “despido” de Bielsa le robó los laureles alcanzados por el rescate de los mineros.
Es evidente que una cuestión prioritaria para la actual administración es cerrar la brecha entre su popularidad actual y la votación histórica de la derecha. Un segundo desafío es insuflarle algo de vuelo a las candidaturas presidenciales del sector para que la medición de noviembre con Bachelet sea lo más estrecha posible. Si el gobierno consigue estos dos propósitos, el temor de su gente respecto de otro largo ciclo de la centroizquierda se diluye. No les parecerá que Chile esté inexorable e insoportablemente destinado a ser gobernado por las ideas y las concepciones progresistas. Habrá voluntad de competir.

Piñera es un hombre de apuestas. Acostumbrado a desafiar el destino, él no querrá que su gobierno sea apenas un breve paréntesis entre dos ciclos de la centroizquierda.

Su gran ilusión es que la expansión económica, el crecimiento de los salarios y del empleo, eleven la popularidad gubernamental y nivelen la cancha en la disputa con Bachelet. Los bonos y los reajustes del salario mínimo que tanto indignan a los puristas de Libertad y Desarrollo, no son sino parte de este plan de lograr un cierre popular del gobierno y darle un gran empujón a su coalición para este año tan electoral. También hay iniciativas contra la discriminación y se espera se reactive la discusión del Acuerdo de Vida en Pareja. En la suma de éxitos, se incluye un esfuerzo comunicacional para transformar las menores cifras de victimización por delitos en grandes logros gubernamentales.

Pero lo crucial para el Presidente consiste en “derrotar el pesimismo endémico del sector”. Esto implica superar la decisión de los caciques derechistas de dinamitar a los nuevos liderazgos que levantan cabeza y de cuestionar las innovaciones (como ahora ocurre con las primarias, que significan ampliar el espacio de las decisiones). Si en el pasado éste era un dolor circunscrito a RN, hoy se ha extendido hasta en la UDI.

Y hay una oportunidad para Piñera. Definitivamente la idea de ser y parecer distinto, moderno y modernizador, respecto de una derecha que en lo político sigue viviendo los resabios de la tradición oligárquica –que nunca ha querido al Presidente, que lo ha resistido y que ha cuestionado su gobierno–, constituye para él una tremenda ventaja.

Es de esperar que su estrategia no golpee demasiado la caja fiscal, ni las reglas del juego, ni que abuse de la comunicación a cargo de los recursos públicos. Pero convengamos que estas no son sino vanas esperanzas de quien mira esta disputa del otro lado del mesón. Lo único claro, es que el actual Presidente está construyendo los argumentos para entrar en esta pelea. Y tiene todas las ganas. •••