¿Por qué nos cuesta tanto cantar en público? Allí se esconde nuestro temor al qué dirán.

  • 10 junio, 2009

 

¿Por qué nos cuesta tanto cantar en público? Allí se esconde nuestro temor al qué dirán. Por Mauricio Contreras.

El otro día en la oficina, alguien osó proponer, como panorama, ir a esos locales de karaoke. Su iniciativa no tuvo mucho quórum, no porque la idea no fuera atractiva, sino porque nosotros tenemos muchas patas para todo, hasta que nos dicen que cantemos. Ahí se acaba el jaguar chileno y quedamos reducidos a una mínima expresión. Ante esta sorpresiva invitación para ir a cantar que surgió en un día laboral, todos miramos para el lado o chequeamos si teníamos alguna llamada perdida. Nadie tomó el guante.

Dicen que Chile es tierra de poetas y quizá sea cierto. Aparte de nuestros grandes autores, como Neruda, Parra o Mistral, no falta el que se pone a recitar con un par de copas en el cuerpo. Pero vaya que nos cuesta cantar. El propio ministro de Hacienda, Andrés Velasco, confesó que era incapaz de tararear los pollitos dicen sin desafinar.

Creo que en este temor se esconde alguna clave de nuestro carácter. En Chile tenemos muy poco sentido del espectáculo y nos cuesta un mundo ser artistas, aunque sea por un rato. Existe una inseguridad atroz ante la idea de convertirnos en la figura del momento (le llaman pánico escénico), todo por culpa del nefasto qué dirán.

El inicio de esta vergüenza y poco entusiasmo musical nace en el colegio: es en la etapa escolar donde las burlas se multiplican si uno es desafinado. En vez de enseñar a cantar, que es algo que se puede aprender, se ridiculiza al inexperto. Los amigos no ayudan en nada cuando uno es chico. ¿Alguno de ustedes recibió una palabra de aliento cuando hizo el loco cantando en la sala? Difícil. Y de los profesores, menos.

Un diagnóstico que podría arrojar luces sobre este tema es que hay pocas oportunidades de practicar. Aparte del cumpleaños feliz, ¿en qué otra instancia nos invitan a entonar? ¿las fiestas patrias? Hace poco, en una ceremonia oficial, llegado el momento de interpretar el himno nacional, el 80 por ciento de los asistentes no cantó… y del resto, varios hicieron la mímica. Falta de ganas y también temor al ridículo.

Poco hemos avanzado en este terreno en los últimos años. Ya es hora de que dejemos de lado los prejuicios y nos arriesguemos a una cantadita, aunque sólo sea para relajarnos y no tomarnos tan en serio, tal como lo hizo Cameron Díaz en la película La Boda de mi Mejor Amigo: partió horrible y terminó de forma decente. Es sólo un tema de confianza. Parece que la sugerencia de mi compañera de trabajo deberá ser analizada de verdad y habrá que ponerse a prácticar, en el auto o en la ducha.