Director ejecutivo de Feedback

Lo de Lagos en Icare no fue un relato, sino una experiencia. Dicen quienes lo vieron que fue algo sorpresivo, empezó apoyado por su laptop, tranquilo, pero rápidamente fue subiendo de tono. Llegó un momento en que se olvidó de sus notas y fue pura inspiración, lo más cercano a la levitación. La verdad, no dijo nada muy sobrenatural, junto con blanquear con humor su gobierno, dijo que había que resolver el problema de los tag en las carreteras para evitar las crisis de los 18, que había que apurar la infraestructura de los puertos porque Callao estaba ganando la puerta del Pacífico, que éramos muy pocos y que había que darle curso a la inmigración… cosas así, pero lo dijo de forma tan convincente, que trasladó a las 1.500 personas presentes en Casa Piedra al año 2045.

Y logró representar una imagen plausible para el país. En otras palabras, fue un golpe de liderazgo. Una mirada de futuro. Como si ésta hubiera estado faltando.

Sucede que está costando mover al país. Y no es por culpa de la desaceleración o la reforma tributaria. En esto, los estudios de opinión son tajantes. La gente tiene una preocupación particular por la situación económica y, por supuesto, manifiestan que ésta los afecta y que hay señales de deterioro, pero no se percibe una crisis o algo dramático. El debate sobre las reformas se considera transitorio: un gallito entre empresarios y Gobierno. El país es rico en relación a la región y la percepción es que, tarde o temprano, los empresarios volverán a invertir. Los proyectos están, pero están detenidos.

Así, para la opinión pública las dificultades para mover al país no comienzan con las reformas del Gobierno, sino que ven un estancamiento generalizado, que abarca lo económico, lo social, lo ético y también lo creativo. La imagen es la de un país que perdió dinamismo hace rato: uno con la energía más cara de la región, con serios problemas de productividad, que no aprovechó el ciclo de bonanza del cobre, donde la delincuencia no para –para qué hablar de los bombazos–, en el que cambiar la educación es más complicado de lo que parecía, y en el que se percibe un ambiente de aprovechamiento generalizado, como si fuera un ébola que contamina las venas de nuestra sociedad.

En principio, esto tiene relación con la desconfianza hacia las instituciones y en particular a quienes ejercen el poder. Pero el problema ha evolucionado hacia la incertidumbre. Las personas hace rato dejaron de esperar mucho de “las instituciones” y optaron por confiar en sus propias capacidades, en la autonomía y movilidad social. Pero hoy sienten que sus esfuerzos no bastan; que no están llegando a la otra orilla.

Así, el  estancamiento es también personal, con lo cual se difumina definitivamente la posibilidad de futuro. Y es esto lo que genera “la real” incertidumbre. Sienten haber caído en un pantano de trampas; pero también se sienten cómplices de estas trampas. El problema no es la tarjeta de crédito: es cómo la usan. En defi nitiva, las clases medias sienten que se estancaron por seguir las prácticas de un mundo que hoy está estancado. Sienten que viven de una manera que “no quiero para mis hijos”. Ven que Chile ha perdido autoestima y sentido de identidad. Por eso valoran enormemente a futbolistas como Medel o Vidal, o bien a personajes como Peñailillo, que han logrado el éxito sin dejar de ser lo que son. Estos nuevos líderes no sólo generan identifi ca•ción, sino que enaltecen el valor de no per-der a los tuyos, a tu grupo, a tu familia. Es la necesidad de recuperación de una identidad colectiva. No soy nada sin los míos. Es la ética de no venderse y el deseo de crecer dentro de un colectivo con identidad propia.

A nivel país, tienen la incertidumbre de no saber muy bien hacia dónde vamos como sociedad, como si hubiéramos perdido nuestro ser y norte. Este cuadro genera una ausencia de representación de futuro. Las reformas, por cierto, no son fácilmente representables. Un país más igualitario en el horizonte es todavía muy difuso. No hay imágenes. Por eso lo que subyace en este momento socioeconómico y cultural es la pregunta por el futuro como sociedad.

Es probable que al actual Gobierno no se le exija por ahora esta pregunta. Quizás se considere que su tarea sea hacer el trabajo pesado y romper las brechas. La opinión pública, y en particular las clases medias, pueden estar confundidas con las reformas, pero mayoritariamente las consideran necesarias. El valor del liderazgo de Bachelet está en su determinación, en la confianza de que ella no tiene intereses propios en su propósito de llevar adelante las reformas. Por algo se mantiene en el 50%, a pesar de todo el enredo. Sin embargo, está más vigente que nunca la demanda por un liderazgo que nos saque del día a día estancado y nos lleve a una forma de vivir y crecer más propia, donde lo público y lo colectivo sea un respaldo y no una amenaza. Así, el país después de las reformas no está instalado.

Hoy, en pleno estado de estancamiento societal  y personal, y con el actual escenario de incertidumbre por delante, el uno mismo es muy poco. Por lo tanto, el liderazgo exigido para responder a la pregunta del futuro no es ni cercano ni autoritario: es visionario y colectivo.  Crecer con entusiasmo… recuperando el valor de lo público.