• 18 mayo, 2007

 

La calidad de la política importa. Y suponer que el país está al otro lado solo porque se mantienen los equilibrios macro es un error.

 

La satisfacción y el entusiasmo con que diversos sectores empresariales hablan de la nueva disociación entre el mundo de los negocios y el mundo político plantea uno de esos temas que es mejor conversar tocando madera. Efectivamente, en relación a otras épocas, la actividad productiva se desenvuelve al margen de lo que ocurre en los escenarios más faranduleros de la política. Ningún empresario vive el resultado de las elecciones como una amenaza y, a diferencia del Chile de los años 60 y 70, a nadie –absolutamente a nadie, ni al empresario ni al trabajador, ni al profesional ni al vecino del frente– se le va la vida si triunfa el candidato de allá o el de acá. Obviamente, esto habla bien de la madurez del país y, sobre todo, de la solidez del consenso forjado tácitamente en los años 90 por la dirigencia chilena en torno a la democracia como sistema político, al mercado como instancia de asignación de los recursos de la economía, a la apertura externa como respuesta a la globalización y al Estado de derecho como fórmula para regular la convivencia. Son cuatro cuestiones muy básicas pero que hacen toda la diferencia entre el país que es y el que fue, entre otras cosas porque nada de esto era tan nítido, por decirlo muy diplomáticamente, en el Chile de antes.

Sin embargo, es muy relativo, y más que eso, muy aventurado, pensar que el gobierno y los políticos puedan hacer lo que les dé la gana o darse los lujos que quieran frente a la galería suponiendo –sí o sí– que la economía seguirá teniendo un buen desempeño en cualquier escenario o que el clima de negocios no debiera hacer otra cosa que mejorar en adelante. De hecho, las cosas no han sido así. El año pasado el desempeño de la economía fue muy insatisfactorio y es discutible que las expectativas y la confianza hayan evolucionado en los últimos meses para mejor.

No solo en esto varios de nuestros grandes empresarios muchas veces se equivocan. Porque si bien un crecimiento económico a tasas del 4 o del 5% anual genera espacios importantes para que las corporaciones de mayor tamaño tengan balances estimulantes e incluso para ver ciclos espectacularmente lucrativos en la bolsa, la calidad de la política es y seguirá siendo una condición fundamental para que el país pueda hacer efectivas sus potencialidades y entrar a una fase de desarrollo cualitativamente superior. El problema de este momento es que hay razones para pensar que esos estándares de calidad se están deteriorando en términos de liderazgo y responsabilidad. Las dificultades que ha estado teniendo el gobierno para recomponer consensos no ya con la oposición sino dentro del propio ofi cialismo dejan pocas dudas al respecto. La falta de proyecto y de agenda de La Moneda, al margen de unas cuantas iniciativas suyas resueltamente extraviadas, abonan la misma percepción.

El reportaje incluido en esta edición con los planteamientos de McKinsey sobre el Chile que sigue sin atreverse a dar ese salto del que se viene hablando desde hace años, va incluso más allá e identifi ca que la pérdida del impulso modernizador no es privativa del aparato público. La complacencia, el dejarse estar, el conformismo a la hora de establecer ambiciones y metas un tanto arratonadas, también es un sopor que se hace sentir en el sector privado. Está bien que cuando el empresariado más próspero va a conversar bajo los auspicios del CEP con el ministro de Hacienda, varios de sus más connotados próceres salgan agradeciendo los equilibrios macros y la responsabilidad en el manejo de las cuentas fiscales. Pero –perdón– a estas alturas eso es lo mínimo. A los gobiernos hay que exigirles bastante más y desde luego hay mayor autoridad moral para reclamar mayor atrevimiento cuando los interlocutores se están exigiendo a sí mismos también al máximo. Tal vez porque no es este el caso, la autocomplacencia por lado y lado en estos encuentros da lugar a reconocimientos que, desde afuera, se ven algo ridículos y versallescos.

Cuando hace algunos años un dirigente empresarial le pidió al presidente de la República que los dejara trabajar tranquilos probablemente fue porque sintió que había hostilidad gubernativa hacia el sector. Pero de ahí a suponer que el ideal es que el gobierno haga lo menos posible para que la gente de empresa pueda dedicarse de lleno a sus operaciones y negocios hay un error. Justamente porque las últimas administraciones han hecho muy poco –poco en lo que importa, poco en modernización del Estado, poco en las reformas modernizadoras que faltan, poco en reingeniería a las políticas sociales vigentes– es que el país ha estado perdiendo competitividad. Y la ha estado perdiendo –hay que reconocerlo– no obstante los estimulantes balances de las sociedades anónimas y de los jugosos retornos de la bolsa en los últimos dos años. Que nadie se llame a engaño: estas dos golondrinas no han hecho verano.