• 18 mayo, 2008

A la mayoría de los políticos les gustaría situarse en la ribera de las grandes causas. Pero son pocos los que lo consiguen. Por Héctor Soto

 

 

Podrían existir buenas razones para pensar que hace 20 años fue la última vez que la política mantuvo una relación de abierta cercanía con los sueños. Puesto que para nosotros los chilenos la derrota del gobierno militar en el plebiscito fue coincidente con la caída del Muro de Berlín, aquí tuvimos aun mejores razones que el resto del mundo para reivindicar la pertinencia de los ideales de libertad y ciudadanía. La euforia de esos días hizo que muchos políticos pudieran tocar el cielo con las manos. Pero, como en todo orden de cosas, el tiempo hizo su desgaste y con los años, tanto aquí como afuera, la política volvió a mostrar sus facetas más duras, menos idealistas y más brutales. Hoy por hoy, la conexión entre el mundo de la política y el de los sueños posibles en el mejor de los casos es circunstancial y, por lo general, extremadamente débil.

Débil pero no enteramente inviable. Quizás en Estados Unidos el fenómeno de Barack Obama no se entendería sin su exhortación al pueblo norteamericano a soñar con un país mejor, menos dividido internamente y menos paranoico en su relación con el resto del mundo. En la campaña presidencial estadounidense, por lo menos hasta ahora, quien efectivamente lleva la bandera de los ideales es él. Al lado suyo, Hillary Clinton parece la quintaesencia de la política entendida como lobby o trenza negociada entre los poderes establecidos y, al frente, John McCain no pasa de ser un candidato razonable llamado a salvar las camas ante la emergencia del naufragio del gobierno republicano.

Obviamente, a la mayoría de los políticos les gustaría situarse en la ribera de los ideales y las convicciones. Es un terreno más noble que el de la real politik. Pero en la práctica sólo a unos pocos le resulta. La gran mayoría termina enredada en juegos de poder que desde afuera se ven tan ventajeros como triviales. El fulgor de los ideales alumbró sólo por excepción la  gura de nuestros últimos dos presidentes. Hay un cierto consenso, por ejemplo, en que Ricardo Lagos irradió con indiscutible aplomo la fuerza de los principios republicanos en la conmemoración de los 30 años del golpe de Estado. Tampoco se discute que, durante algunos pasajes de su campaña, en la mirada de Michelle Bachelet se pudo reconocer el fuego abrasador de la justicia social. Pero fueron percepciones y momentos aislados. Lagos concluyó bastante bien su gobierno en términos de aprobación popular, pero con los entuertos del MOP-Gate y con la estela de operaciones maniobreras a que quedó asociado su gobierno, cuando salió de La Moneda ya no era el paladín del Chile republicano y meritocrático que quiso ser. Con una gestión gubernativa difícil y más bien desafortunada, por su parte, hace ya mucho rato que Michelle Bachelet dejó de ser un icono de idealismo o inspiración política.

Todo indica que la próxima elección presidencial en Chile tampoco se va a jugar en esa arena. Ninguno de los nombres que  guran en estos momentos en el imaginario electoral –ni Piñera ni Lagos, ni Insulza ni Alvear– es fácilmente asimilable a los caracteres del liderazgo visionario y carismático. Piñera es una  gura que tiene grandes proyecciones políticas según las encuestas, pero nadie diría que sea emblema de grandes causas. Su propia trayectoria como empresario e inversionista lo coloca más cerca de las conveniencias del aquí y del ahora que del linaje de los grandes soñadores. El caso de Lagos al  nal también es parecido. Si es que el ex presidente se decidiera en de nitiva a levantar su postulación, tampoco pasaría a representar un paradigma de convicciones. Y no lo sería porque su candidatura más que nada vendría dictada por la necesidad de reinstalarse ante el juicio histórico, luego de que muchas de las luces con que concluyó su administración duraran poco y se apagaran antes de tiempo.

Por su parte, José Miguel Insulza ha sido por años en Chile la viva representación de la política entendida como negociación –dimensión que es muy respetable y necesaria a lo mejor, pero que tiene poco que ver con los ideales– y, después de desatinos como el acarreo de niños en el acto de desagravio a Yasna Provoste en Quilicura, todo hace pensar que Soledad Alvear se está convirtiendo en cualquier cosa, menos en una  gura política conectada a un sentido misional o a destinos mayores.

Aunque no hay actor político que no haya apelado en Chile a la fuerza de los grandes sueños nacionales, curiosamente la política ahora último se ha vuelto cada vez más cruda, realista y pragmática. Con frecuencia incluso da la impresión de estar encanallándose. El hecho bien podría estar indicando que en el ámbito público somos un país que, además de haber perdido la épica, se está quedando también sin cuento. Podría ser. Parece difícil que en los próximos meses los candidatos levanten un relato político atravesado por el rayo de las grandes causas. Más difícil todavía es que para entonces la ciudadanía se lo crea, porque nos hemos vuelto escépticos.