La serie House of Cards, estrenada este año por Netflix, se ha transformado en un suceso. El relato de la vida cotidiana del Capitolio y de la Casa Blanca a través de la figura del personaje Frank Underwood, ficticio diputado demócrata por Carolina del Norte y jefe de la mayoría de ese partido en […]

  • 18 marzo, 2013

 

La serie House of Cards, estrenada este año por Netflix, se ha transformado en un suceso. El relato de la vida cotidiana del Capitolio y de la Casa Blanca a través de la figura del personaje Frank Underwood, ficticio diputado demócrata por Carolina del Norte y jefe de la mayoría de ese partido en la Cámara de Representantes, ha cautivado multitudes.
Underwood es representado por el destacado actor Kevin Spacey y la serie, como tanta buena televisión norteamericana, es una adaptación de una producción de la BBC y está dirigida por directores de peso, encabezados por David Fincher (Red Social). El propósito de la plataforma de video digital Netflix –que transmite audiovisuales para ser consumidos en soportes distintos a los tradicionales (celulares, tabletas, computadoras, PSP y Play Station, pero también en televisores con conexión a internet o Smart TV)–, era generar un producto que fuese extremadamente afín al paladar de personas ajenas a las audiencias cautivas en la televisión abierta y por cable. Y lo logró.

La historia parte por una traición. Se inicia un nuevo mandato gubernamental demócrata, el nuevo Presidente ha sido elegido y el diputado Underwood, que lo ha apoyado activamente en las primarias internas, espera que este le retribuya designándolo secretario de Estado, cargo de inmensa visibilidad y poder que en la vida real han ocupado personajes como Henry Kissinger, Colin Powell y Hillary Clinton. El Presidente no nombra a Underwood. La excusa, que tiene algo de verdad, pero que no evita el fastidio del protagonista, es que se requiere su colaboración en el Congreso para asegurar el éxito del gobierno en la agenda legislativa. De allí en adelante se construye un antihéroe que sólo busca acrecentar su poder y que nos aproxima de modo pedagógico a los mecanismos de cómo funciona la política: a la manera de un castillo de naipes (House of Cards) que de pronto, por la falla de un solo elemento, se puede desmoronar completamente. Capítulo a capítulo, el diputado Underwood va confirmándole al espectador las peores fantasías que las personas alimentan respecto de la actividad política y que explican su desprestigio.

La lealtad y la traición, esos dos materiales básicos con que se constituye el juego del poder y que han sido tema de la dramaturgia desde William Shakespeare en adelante, son los que dan la base a la estructura de House of Cards. La serie pone el foco donde más duele, con un guión a ratos exagerado y con textos grandilocuentes que la genialidad de Kevin Spacey procura aplacar.

El uso de los medios de comunicación en las disputas de poder –en especial de la prensa– ocupa un espacio singular. Esta relación entre periodistas y políticos se presenta como un vínculo sin reglas, donde no hay costos ni consideraciones morales a la hora de levantar o hundir personajes o temas. Los medios de comunicación son el espacio donde, en una conspiración sin fin, se fusionan políticos y periodistas activando sus profundas y secretas relaciones.

El peso del dinero en las decisiones, no a la manera de sobornos para los administradores del poder, sino como instrumento de definición de campañas políticas, es parte del sombrío paisaje que muestra la dramatización televisiva. El cabildeo ronda las oficinas parlamentarias en todo momento y mete su cola en cada paso, modificando de modo fáctico la agenda y diseñando el futuro, a espaldas de los ciudadanos. Y también los grupos de presión, representados en un capítulo de la serie por los sindicatos de maestros (grandes protagonistas de la crisis del sistema escolar norteamericano), tienen su parte, intentando impedir por mezquinos motivos una gran reforma. Los lobistas y grupos de interés actúan blandiendo la amenaza que pesa sobre todo parlamentario: el inestable apoyo a su reelección.

Las historias de vida de los protagonistas, su vida sexual y sus adicciones presentes y pasadas son auscultadas hasta el más mínimo detalle como arma para conseguir la eliminación del adversario. Esposas, amantes y primeras damas aparecen –bajo un crudo lente no apto para feministas– como los verdaderos motores del engranaje político, dando cuenta de una fusión total entre vida pública y privada, un drama mayor de la política norteamericana.

House of Cards está orientada a satisfacer la curiosidad popular respecto de cómo funciona efectivamente la política. Es una ficción, excesiva y simplificada, pero que ciertamente tiene todos los insumos del producto real.
La pregunta es cuánto de todo lo que la producción de Netflix revela corresponde particularmente a la pintoresca norteamericana y cuánto a lo esencial de la actividad política moderna, independientemente del lugar donde se ejerza.

La respuesta resulta evidente: la lealtad y la traición, la filosa relación entre medios y fines, la erótica del poder, el peso del dinero, la influencia desde y hacia los medios de comunicación, la importancia de la reelección como factor determinante de la conducta parlamentaria, trascienden la realidad particular en que se ancla House of Cards. Son los elementos constitutivos de esta actividad. Allí y en la quebrada del Ají. Chile incluido. •••