A días de que Mario Vargas Llosa reciba en Estocolmo el máximo galardón de las letras, conviene revisar las razones extra literarias que muchas veces han interferido en la elección de la Academia Sueca. Por Alejandro San Francisco

 

  • 30 noviembre, 2010

A días de que Mario Vargas Llosa reciba en Estocolmo el máximo galardón de las letras, conviene revisar las razones extra literarias que muchas veces han interferido en la elección de la Academia Sueca. Por Alejandro San Francisco

Cuando Alfred Nobel creó en 1895 el premio que lleva su nombre, precisó que la recompensa se daría a quienes hayan “llevado a cabo el mayor servicio a la humanidad”, en las respectivas disciplinas. Para el caso de literatura incluía una precisión: se concedería a quien “haya producido lo mejor en sentido ideal”.

En la práctica, la historia del premio Nobel de Literatura ha tenido vaivenes y discusiones, que van desde lo nacional hasta lo político, pasando por estilos literarios, géneros y hasta la edad del posible galardonado. Cuando Mario Vargas Llosa obtuvo el premio este año –la ceremonia oficial será el 10 de diciembre–, numerosos medios latinoamericanos destacaron su calidad literaria y algunos también se refirieron a su compromiso con la libertad. Granma, el periódico de la dictadura cubana, señaló que el escritor peruano merecía el “anti nobel de la ética”, argumentando que “no hay causa indigna en esta parte del mundo que M.V.Ll. deje de apoyar y aplaudir. Si los pueblos votaran en Estocolmo, lo habrían hecho por el Anti nobel”.

¿Por qué obtuvieron el galardón nombres poco conocidos como Eucken o Deledda y no Tolstoi, Ibsen o Joyce? Esa pregunta es la que intenta responder Kjell Espmark en un estudio sobre el premio Nobel de Literatura, en el que analiza documentación original y reservada, repasando los aspectos literarios y de otro tipo que condicionaban la decisión de cada año. Durante la guerra fría, argumenta el autor, las consideraciones políticas y geoestratégicas eran discusiones habituales y, por lo tanto, cabe analizar si la elección sobre el máximo galardón universal de las letras tenía también una “intención” política.

Numerosos casos demuestran que, efectivamente, los libros tenían una importancia crucial a la hora de las decisiones. Pero también las agencias de inteligencia, la prensa internacional, los partidos y las adhesiones hacia los gobernantes de turno. Así ocurrió, por ejemplo, en el bienio 1970-1971, cuando obtuvieron sus respectivos premios el ruso Alexander Solzhenitsyn, quien denunciaba el régimen comunista de su país, y el chileno Pablo Neruda, quien trabajaba en América latina precisamente para lograr el triunfo de la causa marxista.

El Politburó versus Solzhenitsyn

La larga tradición literaria rusa tuvo expresiones de alto nivel en el siglo XX, muchos de ellos reconocidos con el Nobel, como fueron el autor de Doctor Zhivago, Boris Pasternak (1958), luego Mijail Shojolov (1965) y finalmente Alexander Solzhenitsyn (1970). Este último, autor de Un día en la vida de Iván Denisovich, El primer círculo y Pabellón de cáncer, entre otras obras, formaba parte de esa extensa lista de escritores rusos que sufrieron la persecución política y literaria en los años del totalitarismo.

En la década de 1960 había denunciado la falta de libertad ante la Unión de Escritores Soviéticos, de la que pronto fue expulsado. El Politburó y la policía tenían al escritor entre sus objetivos, como ilustra el excelente trabajo de Michael Scammell, The Solzhenitsyn fi les. El momento clave llegó en octubre de 1970, cuando la noticia recorrió el mundo: Alexander Solzhenitsyn había recibido el Nobel de Literatura.

Las reacciones no tardaron. Inmediatamente el departamento de Cultura y Propaganda del Comité Central expresó la necesidad de comunicar que se trataba de una decisión “política más que de naturaleza literaria”; el Politburó hizo ver que la decisión de la academia sueca era un acto inamistoso hacia la Unión Soviética. Finalmente, Solzhenitsyn no pudo viajar a Estocolmo a recibir su galardón.

La CIA contra Neruda

Neruda era, como lo dice Volodia Teitelboim, un comunista “convicto y confeso”. Había obtenido el premio nacional de Literatura en 1945, mismo año en que fue electo senador y que comenzó a militar en el Partido Comunista de Chile. En ese tiempo Stalin, el autócrata del Kremlin, era un hombre admirado en todo el mundo por su lucha contra el nazismo, en compañía con las democracias occidentales. Sin embargo, pronto comenzó la guerra fría, y el poeta tomó posición y compromiso. En su Canto general de 1950 cantó al “padrecito Stalin”, recordando que “el mundo y la patria no le dan reposo”. Recibió el premio Stalin por la Paz y la Amistad entre los Pueblos y lamentó amargamente la muerte del sucesor de Lenin en 1953: “¡Stalinianos! Llevamos este nombre con orgullo/ Stalinianos! Es esta la jerarquía de nuestro tiempo!”, resumió Neruda.

Mientras el Partido y sus camaradas procuraban ensalzar a Neruda, muchos se oponían a él por razones políticas. Había que evitar que el poeta comunista chileno obtuviera el premio Nobel, tarea que desarrolló con entusiasmo el Congress for Cultural Freedom de los Estados Unidos, como explica Frances Stonor Saunders: el galardón no podía llegar a un autor que usaba su poesía como instrumento de proselitismo comunista.

Como explica Espmark en su estudio Artur Lundkvist –elegido en la academia sueca en 1968– se convirtió en el principal aliado del autor de Los veinte poemas de amor y Residencia en la tierra, preparando su camino al Nobel, reduciendo “el aspecto político de la producción del poeta” y explicando su distanciamiento respecto de Stalin.

En 1971, cuando Neruda supo que había obtenido el Nobel, de le comunicó inmediatamente la noticia a Salvador Allende. El poeta y la política eran inseparables.

Churchill, Borges y Milosz

Uno de los premios más curiosos fue el que recibió en 1953 el primer ministro británico Winston Churchill, artífice de la victoria sobre Hitler. Gran orador, que logró sumar al pueblo contra el nacionalsocialismo, también era autor de numerosas obras literarias (autobiográficas, históricas, ensayos). ¿En qué medida fue una maniobra política o diplomática? Había un reconocimiento amplio hacia los talentos literarios del líder inglés, así como su Historia de la segunda guerra mundial aparecía como una obra precursora y de gran calidad. En el contexto de la guerra fría, entregar el premio a un gobernante y no a un escritor propiamente tal parecía más un gesto político que un ajustado galardón literario. Junto con valorar su talento de orador, el discurso de reconocimiento precisó que Churchill era “un César que ha recibido también el don de manejar la pluma de Cicerón”.

Sucedió exactamente al revés con Jorge Luis Borges. Ya en 1967 “había sonado” para compartir el galardón con Miguel Angel Asturias (finalmente, único ganador ese año). El autor de El aleph sería siempre un eterno candidato y nunca recibiría el Nobel. ¿Por qué? La respuesta la advierte Lundkvist, el gran defensor de Neruda: a pesar de su aprecio por el “poeta Borges”, aseguró en 1979 que “los impulsivos actos en dirección fascista [sic]” del escritor argentino lo hacían en todo caso “inapropiado para el premio por razones éticas y humanas”.

El tercer caso que podría ilustrar los vaivenes del Nobel es el de Czeslaw Milosz, el poeta polaco que recibió el galardón en 1980. Si bien sus méritos literarios eran importantes, también su vida manifestaba algunas situaciones dignas de considerar, muchas de ellas narradas en Otra Europa, un notable libro autobiográfico. Por ejemplo, había servido al gobierno comunista de su país en los comienzos de la guerra fría, como diplomático en los Estados Unidos. En 1951 tomó la decisión de abandonar el servicio, tras lo cual solicitó asilo en Francia. Cuando recibió el reconocimiento, muchos vieron un sesgo ideológico en la decisión de la academia, considerando que sólo dos años antes había asumido en Roma un Papa polaco, Carol Woytila, y que se iniciaba un proceso de apertura del régimen a través del famoso sindicato Solidaridad.

En realidad, las letras y la política son expresión tanto de las posibilidades de la literatura como del compromiso cívico de los escritores. Y esa mixtura es parte del análisis que hacen los miembros de la academia sueca cada año para definir al ganador.

Para leer
– Kjell Espmark, El Premio Nobel de Literatura. Cien años con la mision (Palencia, Nordica, 2008). El libro más completo y documentado sobre el galardón universal de las letras. Su autor fue hasta 2005 presidente del comité encargado de decidir el premio Nobel: evalúa documentación inédita, reflexiona sobre los casos más polémicos, algunos de los no premiados y analiza críticamente los logros y omisiones durante un siglo.

– Alejandro San Francisco, Neruda. El Premio Nobel chileno en tiempos de la Unidad Popular (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2004). El texto trata sobre la vida de Pablo Neruda en el camino de construcción del socialismo en Chile (1970-1973). En 1971, y a pesar de la división existente en el país, el reconocimiento al poeta como premio Nobel generó un gran consenso y orgullo. Incluye el discurso del vate en Estocolmo y los homenajes que recibió en el Senado y en la Cámara de Diputados.

– Frances Stonor Saunders, La CIA y la Guerra Fria cultural (Madrid, Debate, 2001). La guerra fría enfrentó a la Unión Soviética contra los Estados Unidos en la lucha por la supremacía. Uno de los ámbitos de discusión fue la cultura, y este libro muestra el esfuerzo de la CIA por influir a favor de la “causa occidental” a través de diversos organismos y fundaciones, luchando también contra sus enemigos en la literatura y las artes.

– Michael Scammell (editor), The Solzhen itsyn Files: Sec ret Soviet Documen ts Re veal One Man’s Fight Ag ainst the Monolith (Chicago, Edition Q, 1995). El editor, autor de una reconocida biografía sobre el escritor ruso, analiza el trabajo sostenido por la Unión Soviética, sus comités de cultura y la KGB para evitar que Solzhenitsyn, crítico del totalitarismo comunista, recibiera el Nobel. Contiene más de cien documentos que vieron la luz después de la caída del régimen.