• 18 mayo, 2007

 

Aunque efectivamente se advierte mucho desencuentro, tanto el gobierno como la oposición están operando básicamente con gran candor.

 

Las encuestas nos dicen que si la elección fuera hoy, Sebastián Piñera sería el próximo presidente de Chile. El punto es que la elección no es hoy, sino en más de dos años, tiempo demasiado largo para predecir resultados en cualquier ámbito, especialmente la política. A pesar de ello, las fuerzas políticas comienzan alinearse y proyectarse como si la foto de hoy fuera la realidad de mañana.

En todo este escenario hay una constante: la ingenuidad. Tanto por parte del gobierno como de la oposición. Por el lado de la derecha, parece claro que su gran activo es apostar por el desgaste del actual gobierno. Se presume que el período de la Bachelet será malo, y por ende que la ciudadanía no tendrá otra opción que votar por la alternancia en el poder. En otras palabras, la derecha llegaría al poder no por sus ideas, sino por descarte. Simplemente, porque los otros lo hacen mal. El problema es que cuando se apuesta de esa manera, el tener éxito no depende de uno, sino del otro. La derecha, en este contexto es un simple observador.

Pues bien, hay mucha ingenuidad en jugarse por que el gobierno de Bachelet será malo. Por lo pronto, en términos económicos puede terminar muy bien. Chile parece estar retomando tasas de crecimiento aceleradas, al tiempo que el desempleo alcanza sus mínimos en años.

También es un tanto ingenuo pensar que problemas puntuales como el Transantiago podrían alejar al electorado permanentemente de la Concertación. Porque si bien este es un problema serio, de gran impacto, la actual administración tiene dos factores a su favor para resolverlo: tiempo y recursos. Por ello creer que el caos actual se mantendrá, no parece real. Por el contrario, desde la oposición pareciera más razonable suponer un escenario donde, para la próxima elección, el país cuente con un sistema de transporte moderno y eficiente.

Tampoco se entiende una derecha que, para mostrar poder, vote en contra de proyectos emblemáticos del sector –como la depreciación acelerada– o rompa relaciones con un grupo tradicionalmente amigo, como lo son los empresarios. Más que poder, lo que se muestra es inconsistencia, porque todos saben que ningún sector puede pelearse permanentemente con los empresarios, cosa que tienen clara incluso los gobiernos de la Concertación. Pensar lo contrario es ser ingenuo. Por la inversa, estas acciones lo único que han provocado es la apertura de un debate sobre el modelo de mercado, que se supone está en el ADN de la propuesta de la derecha.

Del lado del gobierno actual también hay mucha ingenuidad. Pretender gobernar con caras nuevas, con paridades de género, y con equilibrio de partidos, era a todas luces una irrealidad. Los resultados están a la vista y los tres cambios de gabinete son una prueba concreta de ello. Por otra parte, tener un ministro de Hacienda muy capaz e inteligente, pero con poco carisma y juego político, es simplemente no entender el peso que tiene esta figura en el país y en la mayoría de los países. Finalmente, improvisar cosas como el Transantiago, es sin duda la ingenuidad mayor.

Pero el punto es que el gobierno parece estar dejando rápidamente la ingenuidad de lado. Sin pudor alguno, la presidenta se olvidó de las caras nuevas, la paridad de género y de su gobierno ciudadano, y los cambios de gabinete han fortalecido el equipo de gobierno. El ministro de Hacienda, por su parte, parece haber entendido el mensaje y hoy busca alianzas políticas más profundas, blindado ahora por el buen desempeño de la economía.

¿Y la derecha? Bueno en este escenario, seguir esperando que otro se caiga parece ser una estrategia muy arriesgada. Y entonces no le quedará otra que buscar el arduo camino de mostrarse como una alternativa mejor de poder, y eso no se consigue con otra cosa que con ideas. Ideas nuevas, constructivas. Y esto sin esconder lo que son, como lo hizo Sarkozy en Francia, quien ganó con un discurso ultra conservador. O reinventándose con una propuesta coherente, como lo está haciendo Cameron en el Reino Unido. Dos caminos distintos, pero con un patrón común: hay que hacer la pega y no esperar que el otro la deje de hacer.