• 14 noviembre, 2008

Imposible no comparar nuestras recientes elecciones con el triunfo de Obama. El mensaje es claro: requerimos innovación de instituciones y mejorar la oferta para que los ciudadanos vuelvan a las urnas y tomen opción.

La evaluación final de la elección municipal del 26 de octubre quedó a la espera del resultado de la elección presidencial norteamericana. Es que cuando hace más de un año Obama, McCain, Hillary Clinton, Giuliani, Edwards y todos los competidores en las rudas primarias demócratas y republicanas iniciaron sus campañas, algo en el ambiente decía que una gran transformación estaba en marcha en la política de la principal potencia mundial y que –de una cierta manera– eso impactaría en todos los rincones del planeta.

Y también en Chile. Por la cercanía de su ocurrencia y por la alta cobertura, dos elecciones tan distintas, separadas por apenas nueve días, se transformaron en absolutamente necesarias de comparar. Porque la democracia aquí y allá, pese a la complejidad del sistema norteamericano de elección indirecta a través de un colegio electoral y a la originalidad de nuestro diseño de mesas separadas por sexo, estampillas y lacre, utilizan el mismo expediente: recurrir a las preferencias de los ciudadanos para fijar los rumbos de la nación.

Conocemos de sobra los resultados de ambas elecciones. El triunfo de Obama, que inicia un nuevo ciclo histórico. La primera derrota de la Concertación, que anticipa la alternancia en 2009 o la exigencia de una radical reformulación.

Lo que falta, sin embargo, por revisar son algunas tendencias políticas más profundas de países tan distintos pero que viven en el mismo mundo global, de incertidumbre y sociedades mediáticas.

En las elecciones norteamericanas los ciudadanos y sus dirigentes buscaron, en una intensa contienda, el liderazgo presuntamente capaz de enfrentar los problemas de su economía en crisis y los dramas de guerras interminables.

La tasa de participación electoral norteamericana subió de 52% en el año 2000 a 66% en las elecciones recientes, alza explicada básicamente por una masiva asistencia a las urnas de jóvenes escolarizados y de minorías habitualmente automarginadas. Y ambos partidos en pugna, demócratas y republicanos, aumentaron
su votación como resultado del incremento de electores. Esto se explica no sólo por el difícil contexto. La cuestión clave fue la movilización del liderazgo, que recorrió el país en las múltiples etapas competitivas, debatiendo en iglesias, universidades, centros comunitarios y medios de comunicación. Respondiendo preguntas directas de vecinos y periodistas. Así, al final de una larga jornada, los ciudadanos norteamericanos eligieron un presidente para encarar los tiempos que se vienen.

En el caso de Chile, la cosa fue distinta y, aunque es fue una elección municipal y no presidencial, las cifras están claras. El padrón de electores inscritos se incrementó sólo en un 1,2% respecto de la elección de 2004, la tasa de abstención pasó de un 14% en 2004 a un 16,1% en 2006, lo que debería sumarse al 8,5% de electores que anuló o votó en blanco. Esto significa que uno de cada cuatro electores inscritos no emitió un voto válido el 26 de octubre. Y si agregamos a los no inscritos, podremos afi rmar sin exagerar que por lo menos el 50% de los ciudadanos potenciales no ejerció su condición en la pasada elección.

Hay una tendencia demasiado acentuada de caída en la participación electoral que hace que esta cifra no sea simplemente un promedio que nos ponga en la misma situación que algunos países europeos o sudamericanos. Existen problemas institucionales que jamás se resuelven: la inscripción automática (porque evidentemente en este país el voto es voluntario), el derecho de los chilenos a votar fuera de Chile o en el lugar en que estén. Pero también hay problemas de “oferta”: muchos de los candidatos que se consideraban ganadores seguros en las pasadas elecciones se negaron ir a los foros que ofrecían los canales de televisión. Los tres más probables candidatos presidenciales (Piñera, Frei y Lagos) fueron ya postulantes a senadores hace 20 años, cuando la competencia democrática volvió a Chile. Nada nuevo bajo el sol. Y eso era aceptable en los años 50, pero no en los tiempos de Internet y televisión en todos los hogares. Requerimos innovación de instituciones y mejorar la oferta para que los ciudadanos vuelvan a las urnas y tomen opción. Sin embargo, y más allá de los lapidarios números de la desafección, en la votación de muchos candidatos descolgados o en el surgimiento de movimientos ciudadanos como el que representó Terrazas en Vitacura, existen gérmenes de evoluciones positivas de involucramiento en cuestiones públicas.

Es deber de la política abrir espacio a estas realidades, permitir que se desplieguen y consoliden. Esa era una promesa de la presidenta Bachelet, que no se pudo materializar por otras prioridades. Ahora es urgente. Todas las transformaciones que el país requiere para seguir avanzando necesitan el aval legítimo de los ciudadanos. En la democracia eso es así. Lo otro es el autoritarismo o la revuelta.