• 15 mayo, 2008

Urge un claro llamado a reconocer el valor de la actividad política. Por Fernando Chomali.

 

 

 

Es lamentable que la actividad política esté tan desprestigiada ante la opinión pública. No hay estamento civil que no se vea severamente castigado por la gente al preguntarle su opinión acerca de ellos. Me llama la atención el escaso interés de los jóvenes por querer dedicarse a la vida pública en general y política en particular y, lo que es más grave, que miren con cierto desprecio a quienes se dedican a ello. Es doloroso constatar que no se vislumbran nuevas generaciones de servidores públicos porque, bajo estas condiciones, prever un cambio significativo en el modo de hacer política es difícil.

Hemos de hacer algo hoy. No podemos quedar pasivos frente a una sociedad que, por un lado, pretende ser moderna, auténticamente democrática, eficiente y transparente; pero que, al mismo tiempo, es incapaz de generar un marco de referencia y las instancias adecuadas para ir preparando a políticos y servidores públicos del mañana. Si no emprendemos este camino, se verán socavados los cimientos de nuestra sociedad. Para evitarlo, sin embargo, han de tomarse algunas medidas. Enseñar desde la infancia que el servicio es la categoría fundamental del hombre que tiene autoridad y poder. Reconocer que en la ética, es decir el buen actuar conforme al bien, es desde donde se han de leer y discernir todas las decisiones, y no desde los intereses particulares, por muy legítimos que sean. También hay que darse cuenta de que los jóvenes tienen mucha dificultad para asimilar esto a la luz de un galopante relativismo ético que hunde sus raíces en la carencia de un pensar metafísico y del reconocimiento de una verdad absoluta independiente de lo que cada uno desea u opina. Benedicto XVI planteaba en un discurso que “al no reconocer nada como definitivo, se deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado en su propio yo… y cada persona queda condenada a dudar de la validez de su esfuerzo por construir, con los demás, algo en común”.

Urge un claro llamado a reconocer el valor de la actividad política.

La Iglesia Católica la valora y la tiene en alta estima. La considera como una de las artes más nobles y difíciles a la vez. Santo Tomás decía que la política es “la principal de todas las ciencias prácticas y la que dirige a todas, en cuanto considera el fin perfecto y último de las cosas humanas pues se ocupa del bien común, que es mejor y más divino que el bien de los particulares”. Con esta defi nición se entiende la razón por la cual Aristóteles hablaba de la política como de una ciencia arquitectónica.

El quehacer político está en el ADN de la vocación del católico. En efecto, en 1927 el papa Pío XI dijo a la Federación Universitaria Italiana que “el dominio de la política mira los intereses de la sociedad entera, y bajo este aspecto es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la que podemos decir que ninguna otra supera, salvo la de la religión. Y así deben considerar la política los católicos”. Por lo, tanto cuando el quehacer político se ve entrampado en meras decisiones tecnócratas o burocráticas en un contexto en el que se considera lo político como un mero instrumento operativo, significa que no vamos por buen camino, porque la falseamos en sus raíces y vaciamos de contenido su ser en la sociedad. Eso es grave, porque nos deja sin timón.

La razón última por la que un Estado se atrofia, los políticos y funcionarios públicos hacen mal las cosas y se comienza a ser indolente frente a la cultura de la mediocridad y la corrupción, está en que esta dimensión de la caridad que ha de impregnar la cosa pública ha quedado olvidada. Urge educar políticamente al pueblo y, sobre todo, a la juventud, nos recuerda el Concilio Vaticano II. Esta educación no se puede disociar de una sólida formación en la virtud, el heroísmo y el sacrificio por los demás.

Invito a quienes tienen responsabilidades públicas a que se den el tiempo de pensar acerca de sus verdaderas motivaciones al asumir tan noble tarea. Los invito también a que se dejen iluminar siempre por la verdad, hagan de su vida un ejemplo y actúen siempre de modo transparente. Los invito también a que sean siempre muy libres y no se dejen arrastrar por los caminos fáciles para alcanzar el éxito o la adhesión popular. En ese sentido, una sana independencia siempre es necesaria para no deber favores que pueden costar muy caros. Su trabajo es relevante y de él depende el bienestar de muchas personas. Recuerden siempre que la función pública es para servir y no para ser servido. Quien ejerce un cargo público se debe en primer lugar a la Nación, a los ciudadanos y no a ciertas personas, partidos políticos u otra institución.

Por último, quisiera hacer un reconocimiento público a todos los parlamentarios que, por lealtad a su más profunda convicción de que el derecho a la vida es el más primordial, originario y fundamento de todos los demás derechos, y a la Constitución y al Estado de derecho, han defendido el derecho a la vida del que está por nacer. Ello les ha signifi cado, desgraciadamente, una serie de incomprensiones y malos ratos; sin embargo, han seguido adelante con la fi rme convicción de que es la fuerza de la razón la que los anima y no la razón de la fuerza de quienes quieren imponer sus ideologías incluso pasando a llevar la Constitución. Ustedes, inspirados por la caridad respecto de los más débiles, han hecho auténtica política. De aquella que tanta falta nos hace.