El proceso de definición del candidato de la centroderecha fue tan largo y tormentoso, que traspasó una espesa tensión a todo el ambiente eleccionario. Sobre todo, la ansiedad de que de una vez se iniciara la carrera presidencial. Son las ganas de experimentar la adrenalina que se activa en el momento en que el […]

  • 5 septiembre, 2013

 

El proceso de definición del candidato de la centroderecha fue tan largo y tormentoso, que traspasó una espesa tensión a todo el ambiente eleccionario. Sobre todo, la ansiedad de que de una vez se iniciara la carrera presidencial.

Son las ganas de experimentar la adrenalina que se activa en el momento en que el partidor de los 100 metros planos alza su pistola, los corredores se ponen en sus puestos y el silencio antecede al movimiento del gatillo. Había un indudable deseo de ver a los candidatos definitivos en la línea de partida y salir raudos con el sonido del detonador, a codazos y corriendo a como dé lugar hasta el día mismo de la elección. Pero cuando ya estaba todo listo, con Matthei al frente y otros ocho candidatos con luz verde, algo pasó: todo comenzó a perder interés, a apagarse, y la política se fue directo al congelador. Y no sólo fue por el predecible final de la carrera.

De primera, la irrupción de Matthei fue casi portentosa; eludió todos los bultos que le tiraron, entró por los palos y, con su mejor sonrisa, empapeló todos los medios con su rostro. No quedó duda de que sería la candidata y entusiasmó rápidamente a muchos de su vereda. En la contraria, no pocos se pusieron nerviosillos. Matthei le incluyó una energía notable a su puesta en escena; andaba guapa, simpática, articulada y sorprendentemente refreshing en sus planteamientos.

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Pero fue demasiado lejos: algo pasó que se engolosinó con su discurso y, como veremos, el derrotero que éste tomó hoy nos arroja una insospechada luz para entender el apagón político que se nos vino encima.

La tensión eleccionaria se mantuvo mientras la centroderecha instaló que sí había algo en juego: había que elegir entre la continuidad de la obra del presidente Piñera o hacerle caso irrestricto y fatal a la calle. Esta disyuntiva la pregonaron con matices tanto Golborne como Allamand y Longueira. Pero Matthei, probablemente viendo que corría contra el tiempo, tomó un atajo y para empatarse con el mainstream se arrimó al discurso de la calle: aquélla que ha hecho manifiesto su malestar contra las malas prácticas de un amplio rango de instituciones públicas y privadas.

Por algunos días, el discurso se tomó la agenda y resurgió la noción de que todavía sería posible un escenario de mayor competencia frente a Bachelet. Pero no duró mucho. Había pasado algo inesperado para la calle. Todos los candidatos, de una u otra manera, Matthei incluida, habían terminado por enunciar lo que la propia gente había gritado con mucha antelación:  “Los chilenos están demandando con urgencia cambios (…) Igualdad, equidad, educación, deudas, Transantiago, derechos de los trabajadores y jubilaciones, son los temas de la calle que hay que escuchar con mucha fuerza”;  “hay un clamor por mayor equidad” que pide, por ejemplo, “que el que más gana no gane 40 veces más que el que gana menos”… Es Matthei, pero sin duda podría ser Bachelet o Enríquez-Ominami.

Cuando Bachelet aterrizó en el país y marcó a fuego sus tres reformas (política, educación, impuestos), las personas en su mayoría no las vieron en absoluto como algo radical y menos como revolucionario. No era ni siquiera un discurso de izquierda. Era el discurso de la gente, lo que la gente había pedido en la calle y que ahora ella hacía propio.

Pero cuando ya todos terminaron refrendando el discurso de la calle, paradojalmente lo que ocurre es que las personas dan por terminada una parte importante de su tarea.

Sin embargo, no están para nada convencidas de que sus anhelos se van a llevar adelante. Lo que sigue perdurando es la falta de confianza. La gente está definitivamente descreída de la clase política. No porque todos los candidatos se hayan enrielado según el dictado de la calle, las personas van a creer que sus problemas se resolverán. Lo que sí sienten es que los candidatos han sido llevados al corral de sus problemas y es en este punto que perciben que al menos los han logrado neutralizar, que han recuperado algo del poder que durante años les transfirieron.

Pero lo sienten como una situación forzosa. Perciben el carácter y el tono impostado de las voces de los candidatos. Expuestos como en una vitrina, develados y obligados a poner los intereses de la calle en el centro de su discurso y de la campaña.

Pero hoy no está instalada la pregunta por el futuro, cosa muy extraña, pues es esencia de toda campaña. Quizás post 18 algo pase al respecto. Por ahora, los distintos liderazgos no instalan idea alguna de un nuevo proyecto o visión de país.

Ahora –dice la gente– hay que esperar, los políticos han estado obligados a escucharnos y saben lo que hay que hacer. Que ocurra, pues, lo que tenga que ocurrir. Que lo hagan lo mejor posible. Pero no quiere decir que las personas les darán un cheque en blanco, sino que esperarán a que cumplan la promesa sin hacerse ilusiones. La gente se ha sentado en la galería a mirar, pero no está emocionalmente involucrada con las elecciones.

Esperarán la asunción del nuevo Presidente en marzo próximo, y empezarán a cobrar y a exigir pruebas. Mientras tanto, reconducirán su subjetividad política hacia otros espacios, como ya lo han venido haciendo. Así, hemos pasado de la política de la calle, a la denuncia desatada y extasiada en la televisión y donde sea. A una política ajena al relato-país, anclada en lo específico, en lo cotidiano. Lo público invisible –las malas prácticas– ya están develadas y neutralizadas; ahora lo visible y relevante son las malas prácticas que afectan la vida diaria. Ahí se instala, por ahora, la política y el malestar. La otra política, mientras se mantenga indiferenciada y anclada en el relato de la calle, sólo amerita una tenue observación. Pero, por ahora, lo cierto es que ésta está en el congelador.  •••