Una muestra en el Bellas Artes es la más contundente prueba de la magnitud del aporte que el colombiano Rogelio Salmona legó a la arquitectura de nuestro continente.

  • 4 abril, 2008

 

Una muestra en el Bellas Artes es la más contundente prueba de la magnitud del aporte que el colombiano Rogelio Salmona legó a la arquitectura de nuestro continente. Por Luisa Ulibarri.

Amaba plantas tan colombianas y sacadas del realismo mágico como amarrabollos, trompetos y sietecueros. Nacido en Francia pero bogotano como él solo, Rogelio Salmona cambió el vocabulario y el sentido de la arquitectura en nuestro continente, al unir el realismo cartesiano y funcional aprendido durante diez años trabajando junto a Le Corbusier, con la poética precolombina del ladrillo de barro en destellos de luz y sombra de sus ancestros; los ecos de las plazas de Teotihuacán, Uzmal y Chichen Itzá, de donde tomó el uso de alfajías, cenefas y ventanas, así como la cultura andaluza de Sevilla, Toledo, los paraísos del Magreb y las aguas. Siempre el agua como elemento conector mediante canales, piscinas y estanques en los jardines, las pasarelas de casas, edifi cios y proyectos urbanos que realizó en 50 años. Y que le valieron dos premios nacionales de arquitectura y el único latinoamericano de los ansiados nueve galardones Alvar Aalto.

 

 

Rogelio Salmona, fallecido en octubre del año pasado a los 78 años en la Bogotá cuyos rostro y paisaje humanizó, entrega en la muestra Espacios abiertos/ Espacios colectivos –que se exhibe en la Sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes hasta el 29 de marzo– un sólido ejemplo de un credo donde “la arquitectura es poesía que se traduce mediante una metáfora construida; donde las ciudades son, junto al lenguaje, las más grandiosas creaciones del espíritu humano, y un lugar abierto de encuentro estético y cultural en beneficio de la calidad de vida, el goce y el bienestar de sus habitantes cuando respetan su pasado y no se entregan al abuso de la prepotencia tecnócrata de algunos urbanizadores sumada a la pésima gestión de los administradores”. Nacido de una familia de ancestros sefardíes y occitanos instalados en Bogotá, una vez egresado del Liceo Francés y alumno de la Universidad Nacional, fue elegido traductor de Le Corbusier en el viaje de éste a Colombia. Y luego, fue su alumno y ayudante en proyectos tan decisivos como el Plan Piloto para Bogotá, el edificio de Unesco en París, junto a Marcel Breuer, y el complejo gubernamental de Chandigarh, en India. Le decían “le petit Salmona”; era parco y soñador, y aunque amó el ordenamiento racional de su maestro, optó por Lloyd Wright y por su propia mirada poética al regresar en 1959 a Bogotá.

 

De entonces que esa ciudad gris empezó a tomar el tono ancestral del ladrillo, a usar la curva y los espacios de encuentro, convivió siempre con mucho verde y un respeto sacrosanto por el lugar y la naturaleza que lo acogía. Entre las obras hoy exhibidas junto a maquetas, audiovisuales, planos y dibujos, conmueven la belleza de la Casa de Huéspedes Ilustres en el puerto de Cartagena; el Museo Quimbaya, en el distrito de Armenia, y uno de sus últimos proyectos, el Centro Cultural García Márquez, del Fondo de Cultura Económica. También están la vivienda social y el conjunto residencial El Parque de Bogotá, con torres rodeadas de verde vecinas a la plaza de toros (ver foto). Considerado el arquitecto más importante de América, Francia lo homenajeó en la reciente Cité de l’Architecture et du Patrimoine de Paris, e Italia exhibió la muestra que hoy disfrutamos en Chile, y que sirve para entender y admirar al “petit Salmona” que recitaba de memoria El cementerio marino, de Valéry, y cuya biblioteca Virgilio Barco es un verdadero respiro del alma.