La cinta Slumdog millionaire, que recrea los contrastes de la India moderna, es la gran candidata al Oscar a Mejor Película este año, pero su manipulador punto de vista da asco y rabia. En serio.

  • 19 febrero, 2009

 

La cinta Slumdog millionaire, que recrea los contrastes de la India moderna, es la gran candidata al Oscar a Mejor Película este año, pero su manipulador punto de vista da asco y rabia. En serio. Por Christián Rámírez.

Respecto de Slumdog millionaire debería tener sentimientos encontrados, pero la verdad es que no tengo ninguno. Es cierto que mirando las aventuras de Jamal –el chico que de mendigar en la calle pasa a estar a punto de ganar 20 millones de rupias en la versión hindú de Quién quiere ser millonario– uno se entretiene, se acelera y puede que quede hasta el borde del asiento, pero francamente no tengo estómago para digerir toda la basura prefabricada que la cinta –que figura como la principal candidata a ganar el Oscar a Mejor Película– trata de hacerme tragar a cada minuto de metraje.

Todo mi respeto para los realizadores que se interesaron por narrar una historia ambientada en algunos de los sectores más pobres de la India (donde la gente no sólo vive en medio de los desperdicios sino que se los come); más todavía, porque el período que cubre Slumdog es fascinante: la transformación de Bombay en Mumbai, la metrópoli india para el siglo XXI, donde el cambio social producido en cuestión de breves años –lo que dura la adolescencia del protagonista– disfraza una pobreza centenaria con las ropas de una riqueza instantánea, donde rascacielos, fortunas y enormes call centers surgen no se sabe si como rentables negocios o como simples espejismos. El filme se hace cargo de ese torbellino arrollador, pero –de la mano de su director Danny Boyle– no duda ni un momento en explotar calculadamente todas las estaciones por las que pasa. De modo que las travesuras de los misérrimos niñitos van a ritmo de video clip, con temas pop remezclados de fondo y perfectos ángulos de cámara en que mugre, quiltros y coloridos trajes se combinan como si fuesen una linda postal digital, de esas que se mandan por mail, msn o facebook.

Glamorizar la pobreza, el hambre y –en último término– el sufrimiento del prójimo es una de las más comunes distorsiones audiovisuales. A veces la tentación de hacer que la miseria se vea “bonita” es tremendamente poderosa (como bien puede atestiguarlo la infame y taquillera Ciudad de Dios), pero si Slumdog resulta especialmente indigesta es porque en ningún momento sus protagonistas alcanzan una mínima dimensión humana, por lo que más vale considerarlos como cosas, como meros objetos que se integran al ya barroco decorado.

En lo que a imagen de pobreza se trata, uno podría comparar al filme de Boyle con el testimonio de horror y miseria post Segunda Guerra captado por Rossellini en Paisá y Alemania año cero, pero, ¿para qué? Si hay algo a lo que se parece el endemoniado ritmo de Slumdog millionaire es al reality show The Amazing race, salvo que en este último la mugre que se alcanza a ver en las calles del tercer mundo es real y no parece alterada por los encargados de la producción.